Por NELLY ARATA (*) El 16 de enero, antes del 2002, era para mí de fiesta y regocijo por ser el cumpleaños de mi hijo Fabián y que desde su asesinato se convirtió para mí y para mi familia en una jornada de recordación y profunda añoranza. Esta vez, al drama del recuerdo, por no tenerlo y extrañarlo, se sumó el horror de que la pesadilla vivida aquel fatídico 2 de junio de 2002 se volviera a repetir con Sergio, mi otro hijo, que estuvo junto a Fabián cuando ocurrió el asalto en la calle Ecuador de Ituzaingó donde mi hijo resultó asesinado. Alrededor de la una y media de la madrugada del domingo, junto a mi esposo, mi hijo Sergio, su esposa y la madre de ésta, nos retiramos de una reunión familiar y mi hijo nos alcanza a nuestro domicilio en su camioneta Eco Sport y continúa su trayecto, dirigiéndose a su domicilio. Avanza por la avenida Ratti y dobla en Posta de Pardo, allí percibe que un coche Gol blanco, con todas sus luces apagadas y con cuatro individuos a bordo, lo siguen. Para asegurarse, dobla en la esquina próxima y, en la siguiente también, siempre perseguido. Allí atina a volver a Ratti y, a toda velocidad, se les escapa llegando a la estación Ituzaingó desde donde se dirige a su domicilio. El me cuenta que, al acelerar, el Gol que los perseguía se detiene un momento y aparentemente desisten de continuar. En el trayecto hasta Ituzaingó no encontró Sergio a ningún patrullero, gendarme o policía a quien pedir ayuda. La esposa de Sergio, embarazada de 6 meses, muy alterada por lo ocurrido, comienza a sentir contracciones que, afortunadamente, cedieron al llegar a salvo a su casa. Con todo el espanto que el relato de los hechos me produce, me doy cuenta que por azar, designio divino o pericia en los reflejos de Segio, o quizás por todo esto junto, estuvimos cerca -ocho años después- de perder a mi querido Fabián, a punto de ser otra vez pasajeros de una pesadilla. También que la zona era cercana a la que fuera escenario de lo más atroz que tuve que ver en mi vida: mi hijo asesinado. Que la zona estaba tan poco protegida y vigilada como aquel fatídico 2 de junio de 2002. Y que faltó muy poco para que la pesadilla volviera a repetirse. Si, efectivamente este 16 de enero no fue como el de los últimos años, recordar con mucho dolor otros festejos y alegrías, alguna lágrima vertida a escondidas, ahora también se nos añadió el espanto de lo que pudo haber ocurrido. Quizás el alivio de lo que no ocurrió. Pero, ¿y la próxima vez? (*) Integrante de la Asociación de Madres y Familiares de Víctimas.