Aún con el aire que le dio la victoria de Nigeria 2-0 sobre Islandia que le permite a la Selección soñar con clasificar a octavos el próximo martes, todo indicaría que a Jorge Sampaoli no lo va a salvar nadie del default futbolístico que experimenta la Selección. Esto no se discute. Ni él lo debe discutir. Es el conductor que hasta el momento no logró conducir. Que fue un manojo de inseguridades y dudas desde el primer partido en que asumió hasta la caída 3-0 ante Croacia, configurando un perfil despojado de identidad, cuando él parecía expresar una identidad futbolística.
Pero no se pueden enfocar todas las responsabilidades en Sampaoli. Porque hay responsabilidades específicas que lo trascienden largamente. En primer plano, el análisis hay que depositarlo en los jugadores. Y en la cumbre de los jugadores, en el número uno de la actualidad: Lionel Messi.
¿Qué se podía esperar de Messi? Que tuviera rendimientos acordes a su estatura de jugador excepcional. Sin embargo fue uno más. Le pesó el Mundial. Le pesó anímicamente el desafío de erigirse como la figura central que es. Le pesó el contexto, en definitiva.
Por supuesto no es nuevo este escenario. Messi, con la camiseta de la Selección, casi siempre fue un manual de excusas: que le falta encontrar sociedades que estén a su altura, que los compañeros no se le mueven, que el entrenador no lo interpreta como debería interpretarlo, que no tiene los socios que necesita, que está rodeado de jugadores que no le devuelven una bien, que el equipo no juega en función de sus características, que si todo eso no funciona entonces se deprime…
La lista de justificaciones puede extenderse según la imaginación más o menos frondosa de cada uno. La realidad inapelable es que Messi en la Selección amenazó mucho y concretó muy poco. ¿Por qué? La respuesta debería brindarla el propio Messi. Respuesta que no tiene o que no se le conoce.
Lo que se ve sin demasiado esfuerzo es su evidente claudicación. Y esto va más allá de las distintas capacidades de los técnicos que dirigieron a la Selección desde que Messi integra los planteles. Porque es muy fácil descargar toda la artillería en los técnicos y ubicarlo a Messi afuera del círculo rojo. El es un factor fundamental en las buenas (que fueron muy pocas) y en las malas.
Precisamente, en la alta complejidad, Messi viene revelando hace varios años que no logra superar adversidades. Que las adversidades lo asfixian. O lo bloquean. Por eso es un líder sobreactuado de la Selección. Un líder impuesto por su entorno para complacerlo pero de ninguna manera un líder genuino. Porque un líder no se borra como se borró él en las circunstancias en que más se lo precisa. Un auténtico líder no deja al equipo en banda como lo dejó frente a Croacia y como lo dejó en tantas otras oportunidades decisivas.
Esa naturaleza ausente de Messi para interpelar el paisaje futbolístico de todos los días con sus bonanzas y desventuras siempre presentes, llegó en Rusia 2018 a una instancia límite. Nigeria es la próxima parada de la Selección. Es cierto, tiene que aparecer Argentina brindando un testimonio efectivo de su historia y de su potencial. Y más bien que tendría que aparecer Messi para resolver lo que hasta ahora no resolvió.