El 10ª aniversario de la muerte de Néstor Kirchner y el primero de la victoria electoral de la fórmula Fernández-Fernández, en el análisis del consultor político Carlos Fara.

Un dirigente político peronista de Formosa le preguntó a su empleada doméstica a quién iba votar para presidente el 27 de abril de 2003. La señora le dijo: “A Menem, en mi familia todos vamos a votar a Menem. Además, don Orlando, a ese ´Criker´ ¿quién lo conoce?”. Así de cuesta arriba la tenía Néstor. Ni siquiera su apellido era fácil de recordar para el sector popular. Pero cualquiera que conociese su manera de hacer política, no le cabían dudas de que el personaje no iba a pasar desapercibido, llegase o no a presidente. Diecisiete años después, así está la política argentina: dividida mayormente entre kirchneristas y anti kirchneristas. Una de las tantas grietas de la historia argentina.

Alberto dijo que venía a cerrar la grieta. No está pudiendo. No es una tarea fácil, teniendo en cuenta que el país no solo tiene una gran zanja política e ideológica, sino que también es social y cultural. Si a eso se le agregan los zarandeos de los problemas corregidos y aumentados, la cuestión se vuelve una misión imposible. Cerrar esa profunda división también fue uno de los tres grandes objetivos que se impuso Macri, quien tampoco lo logró y terminó usándola a su favor para sacar ventaja política.

El presidente, además de cerrar la grieta, se impuso encender la economía. Claro, tampoco sabía que iba a convertirse en el gobernante de la pandemia y la peor crisis económica desde 1929. Lo que sí sabía es que 1) la herencia era complicada, 2) conducir la heterogeneidad del Frente de Todos no iba a ser sencillo, y 3) el novedoso experimento de “el liderazgo fuerte fuera de la Casa Rosada” generaba interrogantes. Acostumbrados los argentinos a que las cosas salen mejor si hay un solo piloto –Perón decía que era “preferible un mal general a dos buenos”- la tormenta nacional tiene 3 patas: a la económica originaria se le agregaron la sanitaria y la política.

Visto en perspectiva estos 12 meses desde el triunfo electoral en primera vuelta de Fernández – Fernández, la presidencia de Alberto atravesó 3 fases: 1) desde la victoria hasta el inicio de la cuarentena; 2) desde la cuarentena al caso Vicentín, y 3) desde ese intento de estatización hasta acá. La primera fue la de la esperanza mayoritaria: “ojalá le vaya bien y saque el país el adelante”; “ahora hay que darle tiempo, le dejaron un fierro caliente”. Las sociedades no son tontas, saben que problemas de larga data no se resuelven de la noche a la mañana.

La segunda fase se podría resumir en las palabras del opositor Mario Negri: “El Presidente es el comandante en esta batalla… Tienen todo nuestro respaldo para las medidas que deban tomar”. Alberto vive una luna de miel con aprobación del 70 al 80 % durante dos meses y medio. La política argentina parece Uruguay. Solo faltaba José Gómez Fuentes diciendo “Vamos ganando”.

La tercera fase se inició el 8 de junio con el anuncio de la estatización de Vicentín. A partir de ese momento el presidente fue perdiendo la moderación, tanto desde el punto de vista del estilo como desde lo ideológico, mandato clave de su triunfo electoral. A eso se le fueron sumando temas polémicos como la reforma de la justicia, la relación con la Corte Suprema, la toma de tierras, el súper cepo, la quita de fondos a la CABA, además del creciente hartazgo con la cuarentena. Se volvió más confrontativo de manera sistemática y eso a esta altura desembocó en una paridad entre la aprobación y la desaprobación a su gestión.

Alberto con Néstor duró 4 años y medio como jefe de gabinete. Con Cristina 7 meses. Pareciera que la relación con ella siempre está signada por conflictos de gestión terribles. Hace 12 años fue la crisis del campo. Ahora la pandemia con todas sus consecuencias. Es como si el destino los pusiese siempre en situación de tensión extrema.

En 2008 ella era presidenta y él se fue. Ahora él es el presidente y ella es la vice. El ya no está a tiro de decreto, pero lo institucional es relativo cuando el poder no encaja. En estas últimas semanas corren todo tipo de rumores sobre desavenencias en el binomio. Seguro que son exageraciones interesadas. El problema es cuando hasta los propios actores relevantes de la coalición lo creen.

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