La capacidad de hablar y comprender el lenguaje es un privilegio y un don de nuestra especie humana, permite comunicar ideas que van más allá del aquí y ahora.

Con palabras, las personas declaran amarse, cuentan historias de viajes, informan noticias y se escriben notas como esta. El lenguaje de las palabras constituye uno de los rasgos humanos más distintivos.

Aunque la mayoría de las especies animales tienen alguna forma de comunicación, la característica del lenguaje humano difiere cualitativa y cuantitativamente de estas.

Por ejemplo, permite comunicar ideas que van más allá del aquí y del ahora, por medio de infinitos mensajes elaborados a través de un número finito de elementos (los signos lingüísticos y las reglas de combinación). Además, funciona a partir de complejísimas redes cerebrales, e involucra dos centros clave: el área de Broca, asociada a la producción de lenguaje, y el área de Wernicke, asociada a la comprensión del lenguaje.

Los seres humanos somos muy aptos para la adquisición de un nuevo idioma hasta los siete años; luego existe una sistemática declinación en esta habilidad.

Esto no significa que, a partir de esa edad, no se pueda aprender un idioma nuevo, sino que cuesta mucho más. Un buen ejemplo de esta cualidad excepcional es que bebés de cualquier parte del mundo pueden discriminar entre diferentes sonidos de cualquier idioma (no importa de qué países sean y qué idioma se evalúe). Esta sofisticada habilidad se pierde ¡antes del primer año de vida!

Por su parte, en una investigación realizada en Francia, a partir de la utilización de neuroimágenes, se observó que bebés de tres meses, cuando escuchan su lengua materna (y no sonidos sin sentido), activan áreas similares a las relacionadas con el lenguaje en el cerebro adulto. Estos datos sugerirían que la corteza cerebral del bebé se encuentra estructurada en varias regiones funcionales similares a las de los adultos, incluso mucho antes de que ellos puedan hablar.

En cuanto al desarrollo del lenguaje de niños y niñas bilingües, se observa un patrón algo diferente al de los monolingües. Los bilingües tempranos tienen más probabilidades de procesar el lenguaje de forma bilateral, a diferencia de los monolingües que suelen tener dominancia en un hemisferio. Es por eso que la adquisición simultánea de dos (o más) lenguas no debe ser pensada en términos de una lengua principal y otra secundaria que puede interferirla, sino en relación a dos componentes que completan un sistema lingüístico complejo.

Además, se considera que hablar más de un idioma puede implicar un retraso en el comienzo de síntomas de deterioro cognitivo.

Así, el bilingüismo provee una forma de reserva cognitiva que contrarrestaría el efecto perjudicial del paso del tiempo en nuestro cerebro.

La capacidad de hablar y comprender el lenguaje es un privilegio y un don de nuestra especie humana. Y, a diferencia de la consigna que signó épocas oscuras de nuestra historia, hoy sabemos bien que la palabra es salud.

Facundo Manes es neurólogo y neurocientífico. Presidente de la Fundación INECO.

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