Los grandes equipos que recoge la historia tuvieron como único límite sus propios tiempos. Le pasó al Real Madrid, al Santos, al Ajax, al Milan y ahora la dinámica del fútbol atrapa al Barcelona. Todo lo que ya hizo y le regaló al fútbol durante una década forma parte de un legado imposible de relativizar. Reivindicarlo y agradecer esa construcción es un acto impostergable.

Ahora que se multiplican las críticas y que se alzan las voces para someter y en algunos casos intentar humillar al Barcelona a partir de la caída en Champions ante Juventus y de una marcha futbolística despojada de grandes luces, es imprescindible reivindicarlo. Y agradecerle.

Algún día iba a ocurrir. Los grandes equipos de la historia, como aquel Real Madrid de Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento de los 50 y el arranque de los 60, Santos de Pelé en los 60, el Ajax de Cruyff en los 70, el Milan de Gullit, Van Basten y Rijkaard en los 80 y el Barcelona de los últimos 10 o 12 años, también estuvieron sujetos a la finitud. No fueron interminables esas orquestas sinfónicas del fútbol mundial. No lo es el Barça. Ni ningún otro.

"Los que siempre viven escondidos están esperando la oportunidad para matarlo", declaró hace unos años Angel Cappa, enfocando esa desesperación hipócrita de algunos sectores del ambiente del fútbol que deseaban el derrumbe del Barcelona como si fuera una victoria propia. Estas palabras de Cappa se remontan a agosto de 2009 cuando estaba en Huracán y todavía en etapa de duelo por aquel campeonato que le sacaron del bolsillo. Pasaron los años y las conquistas del Barça y su fútbol extraordinario no se tomaron un descanso prolongado.

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La idea del juego circular, inspirado en ese hombre desbordado de talento que fue Cruyff (el pasado 24 de marzo se cumplió un año de su muerte), se mantuvo como un símbolo tangible para afrontar todos los partidos. Brilló como un diamante loco el Barcelona. Brilló tanto que hasta logró naturalizar la excelencia. Ver al Barça era esperar la excelencia. De las individualidades y del equipo. La comunión perfecta. El sabor del encuentro que irradiaba. La celebración explícita del juego. La síntesis que desalojó de las canchas cualquier registro de indiferencia. Era imposible ser indiferente. Era imposible mirar para otro lado. Salvo que se cultivara la sobreactuación. O el resentimiento.

Siguió el Barcelona abriendo todas las puertas y demoliendo todos los cerrojos. Primero con Frank Rijkaard ejerciendo el rol de técnico. Después, la plenitud que alcanzó con Pep Guardiola. Esa etapa fue la cumbre. El fútbol total. Con Xavi, Busquets e Iniesta armando la escenografía criminal del toque sin urgencias que después desata el vendaval. Con Messi inalcanzable. Un rayo en la noche catalana. Y los golazos de todos los colores que parecieron de ficción. Pero eran de verdad.

No perdió el rumbo Barcelona sin Guardiola, pero poco a poco fue resignando agresividad, presión y convicción para elaborar fútbol de manera artesanal. Lo vivió Gerardo Martino cuando tomó la conducción del equipo. Y aunque los buenos resultados continuaron siendo fieles al entrenador Luis Enrique con la influencia determinante de Messi, Luis Suárez y Neymar, el panorama ya era diferente.

Le faltaba construcción colectiva al Barça. Lo que antes, precisamente, le sobraba. Con menos construcción hay menos juego, menos armonía, menos sorpresa. Y mayor dependencia a las inspiraciones individuales y a los imponderables como en la remontada histórica en el 6-1 al París Saint Germain. Se fue sosteniendo el equipo con los aportes muy valiosos de las individualidades y con algunas señales del pasado que por supuesto perduraron.

Pero sin dudas no alcanzó. Quizás alcanza para seguir ganando una liga, una Copa del Rey o venciendo al Real Madrid este domingo, pero no para promover carnavales fecha tras fecha. La eliminación frente a Juventus por los cuartos de final de la Champions, en definitiva, no es lo que confirma que algo vital pudo haberse quebrado. Perdió feo 3-0 en Turín, empató 0-0 de local y quedó afuera como le ocurrió en otras oportunidades.

Lo que no puede ocultarse es que Barcelona pareció vacío. Y el mensaje que dejó trasciende a ese partido. Por eso en este momento de vacas flacas y de gritos en el cielo, hay que mirar hacia atrás y darle las gracias al Barça por todo lo que le ofreció al fútbol. Por todo lo que nos regaló. Y por todos los sueños de fútbol que convirtió en realidad.

Por Eduardo Verona

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