A Alberto Fernández, Espartaco principal, lo veían decidido a liberarse del régimen de esclavitud de La Maléfica.

La rebelión de Espartaco, el Gladiador de Tracia, en la Antigua Roma, duró dos años. Del 73 al 71, antes de Jesucristo.

En el Siglo XXI, transcurrió la breve rebelión de los Espartacos de Alberto, El Poeta Impopular. Duró dos días (con generosidad tres).

Fueron dos días que no “conmovieron al mundo”, como aquellos diez de la Rusia de John Reed.

Ocurrió en la Argentina irreal. Una metáfora pasional que contiene el atributo sublime del ridículo.

“Jubilémosla de una vez, no la aguantemos más”. Lo dijo un actual ministro del gobierno de La Doctora que preside Alberto.

Un rebelde reubicado que hace letra redondita en la madrugada. Junto al Premier Juan Manzur, El Menemcito.

1.- Independencia de La Maléfica

A Alberto, Espartaco principal, lo veían decidido a liberarse del régimen de esclavitud de La Maléfica.

El sometimiento lo “estresaba” al Poeta. Cohibido, casi irreconocible, por las presiones tiránicas se veía obligado a equivocarse. A meter reiteradamente la pata. A «comer dulces de más». A estar captado por problemáticas de manicuras tensas, peluqueros enternecedores, sensibles «sugar dadys».

Junto a sus escuderos, La Maléfica lo tenía corto. A pura congoja.

No lo dejaban -al pobre- en paz. Le marcaban la cancha.

“Aceptemos la renuncia de Wado y los conjurados y la jubilamos de la política para siempre. Va a tener que exilarse en Santa Cruz”.

De pronto los Espartacos se aliviaban de la carga de tanta opresión. Sentían el abandono del yugo cotidiano que los paralizaba y les impedía gobernar. Nadie estampaba una firma por temor a las reacciones.

La patria entera iba a agradecer si triunfaba la rebelión de los Espartacos.

Era tan fácil. Ni siquiera hacía falta llamar a ninguna conferencia de prensa. Bastaba con un comunicado emitido por El Nietito.

Para notificar que «el señor presidente aceptaba las renuncias presentadas y en las próximas horas se iban a comunicar los nombres de los reemplazantes».

En simultáneo, los Espartacos agotaban las baterías de los celulares. Reclamaban el apoyo de los minigobernadores y de los sindicalistas hartos de los escuderos.

Diagramaban, los Espartacos, marchas populares de piqueteros para apoyar a Alberto.

Los Espartacos se juramentaban no fumársela nunca más y jubilarla. «A vencer a vencer, a v…».

Alberto había habilitado a los Espartacos de Parte, a sus innumerables aliados, para crear “musculatura política”.

Se ilusionaban con el juramento próximo de un gobernador en reemplazo de Wado.

“Es ahora o nunca. Basta ya de tortura psicológica”.

Hablaban también, los Espartacos, en extendido off, con los comunicadores de los potentes medios críticos.

Pero estos hombres duros ya se habían quemado. Distaban de emocionarse otra vez con la emancipación de Alberto.

“Crean que ahora es distinto, está jugado, se hartó y no la aguanta más”.

Les contaban que el líder decía: “Ya va a saber quién soy. Conmigo no se juega, se equivocó”.

Los Espartacos se endurecían. Crecía la esperanza liberadora que deparaba la sensación placentera de la independencia.

2.- Juana de Arco y Paul Eluard

La catastrófica derrota en las PASO, al fin y al cabo, purificaba a la nación entera.

Los opresores no lo iban a apretar, a Alberto, con una vaciada de gobierno. Habían pasado un límite.

Aparte “¿a quién c… le ganaron?”. Los Espartacos se confortaban. Si todos habían perdido.

“¿O acaso no perdió también el sobredimensionado heredero Máximo?”. Lo reprochaba otro ministro que hoy se somete a la salvación de Manzur.

“Ahora resulta que nos quieren encajar a Sergio como superministro. Que se vayan a c…”.

La derrota no era solo de los Espartacos que se rebelaban y tramitaban los telefónicos apoyos.

Los destinatarios de las llamadas eran los curtidos equilibristas del peronismo. Los que escuchaban, y a veces los alentaban.

«Denle para adelante». Aunque en general, por las dudas, insistían. lo mejor era mantener la ficción de «la unidad».

El entusiasmo colectivo de los críticos opositores les demostraba a los Espartacos que no estaban solos. Los acompañaba la sociedad.

Mientras tanto, Juana de Arco, la gran heroína, denunciaba que con el vaciamiento del gobierno, La Maléfica producía un “coup de etat”. “Golpe de estado” pero en francés. Entonces Juana de Arco se mostraba decidida a inmolarse por Alberto, jefe de los Espartacos.

Y aquí fue cuando un arrastrado Espartaco del montón, un vulgar subsecretario, tomó conciencia culposa. Para exponer la idea que se le atribuye al poeta Paul Eluard. “¿En qué me equivocaré para que los enemigos me aplaudan?”.

3.- As de cartón

La Maléfica y el heredero Máximo le exigían a Alberto con urgencia «cambios de gabinete».

Alberto pensaba hacer los cambios, sí, “pero cuando lo considerara pertinente”.

“Se les paró de manos a la Reina y al heredero”, divulgaban.

Alberto era el presidente que “manejaba los tiempos”. Agrandado, hasta provocaba a los monarcas autoritarios.

Se mostraba al lado de los apuntados para el pelotón de fusilamiento. Los bancaba.

A esta altura, los incautos creían que la rebelión de los Espartacos ya no podía detenerse.

“Las brevas estaban maduras”, como decía don Cornelio.

Entonces no fue obra del Espartaco Biondi, El Pantalla.

Fue Alberto el que se comunicó con el trovador de las mañanas radiales. Para contarle, confidencialmente, que iba a aceptar la renuncia de Wado y los conjurados.

En media hora había trascendido la invariabilidad de la rebelión.

Pero de inmediato Alberto instruyó a la señora Vilma, que mantenía la carga molesta del sentido común y no era Espartaca.

Vilma debía desmentir la información instalada por el trovador. “El señor presidente no consideraba la renuncia de nadie”.

Aquí fue cuando los Espartacos comprometidos con la liberación se dieron cuenta que el guapo, al que seguían, vacilaba.

El líder emitía mensajes contradictorios que los desconcertaba.

Pero la vacilación se convirtió en arrugue de barrera justamente cuando La Maléfica lanzó la misiva para conocimiento de la Argentina irreal.

Los Espartacos, que estaban dispuestos a cobrar o morir, quedaron perplejos porque el jefe arrugaba. Que era un «As de Cartón» (tango).

“Por las buenas me sacan cualquier cosa”, decía, «pero por las malas…».

Ante los pucheritos tiernos del jefe, los Espartacos, en plena ofensiva, con el GPS debieron relocalizarse.

Entonces se conformaron con permanecer en el gabinete de Manzur.

En el que iba a permanecer, para colmo, Wado, el “sobredimensionado” que de repente volvía a ser un “cuadro".

Un funcionario con futuro. «Discreto, medido, cauteloso, resolutivo y buen compañero”.

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