Las PASO del 11 de agosto tuvieron un impacto decisivo en el mapa político argentino aunque todavía no hayan definido formalmente quien es el próximo presidente. La magnitud inesperada del triunfo del Frente de Todos generó una conmoción en el gobierno que alentaba un escenario más competitivo. También los mercados compartían esa visión. A partir de allí y de las reacciones ciclotímicas del oficialismo se fue conformando un escenario de mayor incertidumbre económica evidenciando vulnerabilidades preexistentes.

Estas últimas tres semanas presentan el desafío de combinar la lógica competitiva de cara a las elecciones con la necesidad de encontrar un espacio de colaboración para detener la espiralización de la crisis. Saltan a la vista las dificultades que presenta esta alquimia que no registra antecedentes con transiciones anteriores. Aún no contamos con un presidente electo como en 1989 ni nos separan dos años de la finalización del mandato como en 2001. Todo parece estar muy cerca y muy lejos a la vez.

Las acciones implementadas por el presidente Macri en los últimos 20 días, cambio de ministro incluido, no se muestran suficientes aun para encauzar la situación. Quizás la reacción del candidato a Presidente es más fuerte que la del Presidente candidato conspirando así contra la eficacia en el proceso de toma de decisiones. La opinión pública - y en buena medida la opinión publicada- comparte la idea de la alta improbabilidad de revertir el resultado. Desde el vértice de la pirámide gubernamental se trasmite lo contrario. La distancia entre ambos puntos parece solo crecer dando un aire de irrealidad a las expectativas del gobierno.

Mientras tanto la austeridad de gestos por parte del FMI, hasta hace poco entusiasta sponsor del programa económico, multiplica las dudas. Su papel en estos días también resulta crucial. Por acción u omisión su reputación está en juego junto con el destino económico de la Argentina. El proyecto de ley que impulsa el gobierno para alcanzar un reperfilamiento voluntario de la deuda bajo legislación argentina permitirá auscultar la destreza de la principal fuerza de la oposición. El enigma a resolver es cómo contribuir positivamente en un escenario de extrema fragilidad sin desdibujar su rol de alternativa ni asociarse a la mala praxis de la gestión cambiemita considerando que todavía debe enfrentar el camino a las próximas elecciones del 27 de octubre que son "las de verdad".

Claro que para que el Congreso pueda debatir en un entorno razonable se requiere que las próximas semanas no repliquen en lo financiero las características de lo vivido hasta aquí. Si el drenaje en el nivel de las reservas y los depósitos en dólares no se detienen o se ralentiza sensiblemente muchas discusiones pueden devenir abstractas. Lograr ese objetivo requerirá quizás de medidas más drásticas y coordinadas que las anunciadas hasta ahora por las autoridades económicas. Una cuenta de capital abierta irrestrictamente que facilita la salida de divisas del sistema es confundir convicciones con necedad. También se requiere de cierto impasse en la campaña electoral y una austeridad de gestos y palabras por parte de los principales referentes partidarios. La aceleración de la crisis sobre una sociedad lacerada por un largo estancamiento y las consecuencias del desempleo y la inflación tendría consecuencias difíciles de delimitar.

(*) Gustavo Marangoni (Politólogo)

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