En horas pico la lentitud del tránsito exaspera, los conductores pierden tiempo y dinero. Se acrecienta el peligro en las banquinas y hubo fuertes críticas de quienes utilizan la autovía desde Quilmes, Bernal y Berazategui.
Esperas, embotellamientos indescifrables, marchas a paso de hombre por kilómetros y un concierto de bocinazos que remite a la Capital o La Plata, o simplemente para unir Berazategui con Quilmes o Bernal, es el panorama habitual en la Autopista La Plata-Buenos Aires. Inclusive, hay vehículos que convierten las banquinas en improvisados carriles adicionales, y camiones con acoplado que parecen infinitos y se encadenan uno tras otro. En las horas pico, aseguran los especialistas, se quejan los usuarios -y lo admite su concesionario-, la autopista entre las capitales está comenzando a “quedar chica” para su enorme flujo automotor. Los momentos críticos se registran entre las 7 y las 9 y de 18 a 20. Desde Coviares, la firma que explota la autovía, se atribuye el fenómeno al “crecimiento del parque automotor”, las “deficiencias en el transporte público” y “el bajo costo comparativo del peaje”. En otra vereda, usuarios, representantes de instituciones y Organizaciones No Gubernamentales de defensa de los consumidores sostienen que “faltan obras”, especialmente en el tramo entre Berazategui y Dock Sud. “Ante todo, de ninguna manera el peaje puede considerarse barato”, se señaló desde la Comisión Nacional de Defensa del Usuario Vial (CONADUV). “La concesionaria no puede quejarse de eso cuando cobró en forma adelantada la tarifa plena por una autopista a la que le faltaba un tramo importante, y aún hoy está incompleta”, se acotó.
“Mal diseño” Si bien admitió que los embotellamientos en horas pico “están sucediendo en todos los accesos”, se puntualizó que “hay un mal diseño, que no previó los posibles congestionamientos, y a su vez éstos tienen que ver no solamente con la cantidad de carriles disponibles, sino con la conectividad en los puntos de ingreso y egreso a las autovías”. Por ejemplo, en ese sentido, se aludió a la “postergación indefinida de la autopista ribereña -cuya construcción el gobierno le ‘perdonó’ precisamente a Coviares-”. “El usuario se pregunta con razón para qué paga el peaje -que presupone en esencia obtener un beneficio adicional al de transitar por una calle común o una colectora- si va a perder tiempo, gastar embrague y combustible”, afirmó uno de los expertos consultados. Mientras tanto, entre los usuarios habituales las quejas van en aumento. Uno de ellos, Andrés, dijo que “siempre me encuentro con un cuello de botella entre los peajes de Hudson y Avellaneda” y que “usar la autopista es cada vez más estresante; los camiones no respetan la velocidad máxima -van a 110 promedio-, y hay quienes hacen zigzag para ganar posiciones”. “Debido a la reactivación económica y las ventajas comparativas que les brinda un peaje congelado desde hace más de diez años, los transportistas se volcaron masivamente al uso de la autovía” se reconoció desde Coviares, y que “cada camión ocupa el espacio de siete automóviles”. Los voceros aclararon que “no estamos ajenos a una realidad común a todos los accesos”, y consideraron que “en verdad somos los que menores problemas de congestión tenemos”.