Es sabido que ante la sensación de hambre, una vez saciado con una comida apetitosa, la sensación posterior sin dudas es placentera. Así, se va estableciendo un tipo de relación con la comida, una relación de emoción positiva con la comida que buscamos.

Nuestra alimentación se basa en agentes biológicos, como el hambre, la saciedad y las necesidades orgánicas, pero está condicionada también por factores culturales, geográficos, históricos, religiosos, económicos y emocionales. Estos influyen mucho en nuestra dieta cotidiana y en nuestro comportamiento frente a la comida, todos podemos dar cuenta de algunos desarreglos que coinciden con épocas de angustias.

Es sabido que ante la sensación de hambre, una vez saciado con una comida apetitosa, la sensación posterior sin dudas es placentera. Así, se va estableciendo un tipo de relación con la comida, una relación de emoción positiva con la comida que buscamos, muchas veces, incluso cuando no tenemos hambre.

En general, los seres humanos estamos acostumbrados a relacionar a la comida con los acontecimientos de la vida, casamientos, cumpleaños, reuniones con amigos, navidades, y muchas otras situaciones en las que giramos en torno a la comida.

Por otro lado, a los niños muchas veces se los castiga con irse a la cama sin el postre, o nuestra pareja nos espera con el plato favorito como agasajo; la comida siempre está en el centro. Por eso, no es tan extraño que cuando nos sentimos mal emocionalmente busquemos un poco de placer al comer aquello que consideramos rico.

El problema aparece cuando la comida se vuelve el vehículo para canalizar emociones. Según los especialistas, cuando nuestras emociones son positivas estamos mejor predispuestos en realizar y sostener una alimentación saludable, más sana, más nutritiva y más equilibrada. Pero cuando los sentimientos son negativos aparece una inclinación hacia las comidas menos saludables, a las harinas y azúcares refinados.

Es como si quisiéramos compensar las emociones negativas con el placer inmediato y fugaz que provoca la comida, sentir aquellas emociones positivas que añoramos. El problema aparece cuando esta situación, o este reemplazo se prolonga en el tiempo, cuando, de algún modo, se va de control. No es el típico "me doy un gustito", es una asociación mental entre ciertos alimentos
y la sensación placentera inmediata posterior. Repetido en el tiempo, cuando es un hábito, es una trampa.

Puede ocasionar problemas graves de alimentación, obesidad y las consecuencias lógicas de respuesta del organismo. En definitiva, no produce placer, por el contrario, terminamos sumando más malestar al que ya teníamos al empezar a comer.

Sí, es un problema de adicción, y como tal, lo mejor será buscar ayuda profesional. De todos modos, es bueno poder identificar el malestar que nos está llevando a no poder parar. Si logramos esto, sería muy bueno realizar un relevamiento diario en el que podamos ver en qué
momentos del día o a partir de qué situaciones se disparan estas comilonas emocionales. Una vez identificado el problema será más fácil controlarlas.

La información respecto de los factores emocionales que influyen en nuestra alimentación es muy útil para comprender la importancia de identificar problemas e intentar controlarlos, en la medida de lo posible, y de buscar la ayuda pertinente.

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