En todas las familias, más grandes o más chicas, existen conflictos. No asustarse y saber resolverlos apuntando al bien común parece ser la mejor salida. Actuar por el lado positivo es vital para que la solución sea duradera.
Todos sabemos que los conflictos, más tarde o más temprano aparecen. Es imposible que en el seno de una familia no existan. Lo importante es saber resolverlos antes de que la escalada de malestar crezca, y sin que los miembros salgan lastimados. Apuntar en lo posible a lograr un acuerdo o una solución que conforme a todos.

Los conflictos que se dan en el interior de una familia, a veces, no pueden eliminarse ya que tienen su origen en la misma estructura familiar, pero sí pueden ser reducidos y cambiados de rumbo. Lo importante para tratar de resolverlos es que los miembros de una familia comparten necesidades y un puñado de valores, aunque pueden no compartirlos todos. Contener una situación más profunda puede ser bastante.

A la hora de resolver problemas, lo mejor sería escucharse, porque de otra manera dejaríamos paso a una mera imposición. Poner en palabras de manera clara y sin vueltas es el primer paso. Plantear el problema sin juicio de valor, como ponerle un título es muy importante para que ningún miembro se sienta mal de ante mano. En la acción de escucharse se ponen de manifiesto las razones de cada parte en cuestión.

Todas las razones pueden ser vistas desde diferentes ángulos, por eso, y sobre todo entre padres e hijos, lo que para unos es un problema para otros no.

Ponerse en el lugar del otro, es un rol importante en esta instancia, pero requiere de un esfuerzo. Al explicar las razones, esos puntos de vistas pueden comprenderse sin imponerse y aliviar la  sensación de malestar. Detectar puntos en común o acuerdos, posibles flexibilizaciones son un muy buen inicio y da lugar al pedido de colaboración.

Llegados a este punto, la creatividad de las partes puede aportar soluciones alternativas. El problema entre padres e hijos es un conflicto de poder. Muchas veces los padres queremos que los hijos hagan algo y punto, sin escuchar sus razones, sin ver que a veces, no pasa nada si los dejamos hacer a su manera.

Esto también es una forma de evitar conflictos menores, plantear alternativas es un punto a favor. Estamos acostumbrados a ver las situaciones en dos polos: blancas o negras. Esta dicotomía es engañosa y muchas veces nos empuja a la inflexibilidad y a profundizar la falta de diálogo y el conflicto. Es la manera más segura de que no sepamos nada de nuestros hijos con el riesgo que eso implica. Escuchar las razones de los chicos con menta abierta puede enseñarnos mucho, sobre nosotros mismos, y fundamentalmente sobre ellos.

Después de todo, la educación y crianza son un enfrentamiento de intereses, todo lo contrario. Lo importante es tener en cuenta que a resolver conflictos se puede aprender, independientemente de la edad que tengamos, y ese aprendizaje también será parte de la enseñanza que podemos brindar a nuestros hijos.

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