Lo que decimos es la traducción de lo que pensamos. Palabras y frases completas repetidas hasta el cansancio que, por mucho que cueste creerlo, influyen en nuestras vidas porque como pensamos actuamos, y la acción determina los resultados.
Pensamientos, palabras, acciones, resultados; éste sería un hilván posible, parece que la mente no da puntada sin hilo, y así suceden muchas cosas. En el medio, las palabras. Decimos muchas frases que afirman por la negativa, de manera mecánica, sin tener en cuenta la desprolijidad en la costura que dejan.
“No puedo”, “te vas a caer”, “no te olvides”, mucho de lo que hacemos en la vida está condicionado por lo que creemos, si se nos inculcó cierta idea, ella será parte de nuestras creencias, y nuestros pensamientos y acciones estarán determinados por esas creencias. Entonces, la transmisión de esas ideas no es inocente. Si alguien nos dice que no tenemos cierta aptitud, si se nos graba esa idea y lo incorporamos como real y forma parte de nuestras creencias, así será aunque no sea real.
Cuando nos repetimos a nosotros mismos o alguien nos dice que no somos capaces de hacer algo, es diícil de cambiar, porque muchas veces se asume ese rol.
Entonces, las palabras tienen poder. Los adultos tenemos ideas y creencias mentales inamovibles que se muestran en nuestras palabras, en frases negativas e incluso autodestructivas: “no soy capaz”, “yo no sirvo para tal cosa”, expresiones limitadoras que con la repetición se convierten en profecías cumplidas. Cuántas veces escuchamos a una madre o un padre decirle a su hijo pequeño cuando algo no le sale, “¿Sos tonto?” o alguna otra palabrota; esas palabras quedan grabadas en la mente del niño y lo condicionarán sin más.
Por todo esto, es muy importante elegir las palabras que decimos, es necesario para superar esto y aprender a afirmar en positivo. Por ejemplo, decir “no te olvides de llamar”, no es lo mismo que decir “recuerda llamar”. En lugar de decir “te vas a caer”, decir “tené cuidado”.
La mente también parece tener una especie de “atmósfera”, un tipo de ambiente. Una mente sumida en un ambiente negativo, partículas de ideas negativas pululando y contaminando nuestros pensamientos.
Al decir algo con mucha frecuencia, con pasión, con sentimiento, está reflejando esta atmósfera negativa, y nuestros pensamientos y nuestras acciones también estarán reflejando esto. Tristemente muchas personas basan sus comentarios y conversaciones en decir cosas negativas. Muchas veces, creen que son más realistas por pensar de esa manera, como si creer y pensar en las posibilidades positivas fuese parte de una tonta idealización.
Cambiar la puntada El cambio es estar presente, es no hablar de manera mecánica. Es ser conscientes de lo que pensamos, de lo que decimos, de las consecuencias que se ven reflejadas en nuestras acciones. Cambiar la puntada, contener las palabras antes de que salgan, en principio, es una manera. A veces se puede, otras no. Entonces la costura será en zigzag y eso es bueno.
Poder dar movimiento y cierto vuelo a nuestros pensamientos, ya es muy importante porque cada vez que podemos es una que le ganamos a la mente mecanizada, al discurso con piloto automático, a la confianza en no sotros mismos. Para algunos, los que se creen muy realistas, pueden pensar que esto es una forma de autoengaño. No lo parece, somos nosotros los que elegimos darle prioridad a lo negativo, lo positivo o la negación que es muy diferente. En definitiva, y como casi todo, es una cuestión de elección íntima y personal. Después de todo es un pequeño cambio en el lenguaje, o en la puntada.
Se puede cambiar Los adultos tenemos ideas y creencias que se muestran en nuestras palabras, en frases negativas e incluso autodestructivas. Es posible revertir esa conducta.
Tips Elegir las palabras que decimos y aprender a afirmar en positivo. La actitud positiva, como la negativa, es contagiosa. Estar con gente negativa nos influye tanto como estar con gente positiva.
16 mil palabras decimos por día aproximadamente. Tal vez sea difícil cuantifi car la cantidad y la calidad de lo que decimos, pero refl exionar un segundo antes de hablar aleja la negatividad.
¿Será posible? Un experimento hecho con arroz demostró que el arroz que había recibido palabras positivas estaba blanco y el arroz que había recibido palabras negativas estaba en mal estado.
Nada se olvida Lo que decimos queda grabado, las palabras develan nuestros pensamientos. En un entorno hostil y negativo es muy difícil desarrollar la felicidad.
Lo que transmitimos a nuestros hijos Qué madre no ha vaticinado un “te vas a caer”, así, categórico. Esto no quiere decir que dejemos que los niños caminen por una cornisa, sino que por economía de lenguaje, decimos frases sin pensar. Explicarles los riegos y las posibles consecuencias es la mejor alternativa al lenguaje mecánico. Podemos cambiar esa frase por una que afirme lo positivo: “Tené cuidado, la silla es para sentarse”. Se trata de enseñarles a tener confianza en sí mismos brindándoles la información necesaria para que puedan explorar y encontrar sus límites sin sentirse paralizados, en un entorno y ambiente seguros siempre supervisado por adultos. Este aprender a estar en el presente, en lugar de responder mecánicamente y sin pensar, es intentar una crianza consciente.
Experimento: Cuentan que en un colegio, los niños hicieron un experimento con dos frascos de arroz. Se trataba de tener en el salón de clases dos frascos con arroz cocido y colado, hasta la mitad y tapados. Durante dos meses los chicos, al empezar la clase, se acercaban a uno de los frascos y le hablaban con palabras positivas: gracias, te bendigo, sos muy rico, te quiero, entre otras. Al otro frasco debían decirle cosas negativas como te odio, sos muy feo, no me gustas, no servís para nada.
Al cabo de los dos meses, repitiendo esto todos los días, comprobaron el resultado. El arroz que había recibido las palabras positivas estaba blanco y el arroz que había recibido las negativas estaba en mal estado. Una fácil y linda experiencia para hacer en casa y comprobar el poder de las palabras.
Las palabras de amor como “te quiero” o “eres lo más importante para mí”, nos hacen sentir muy bien y tienen efecto en nuestras vidas.
Las palabras que decimos a nuestros hijos pueden construir un ser armonioso o todo lo contrario. Muchas veces nos quejamos de que nuestros hijos se portan mal, deberíamos prestar atención a cómo nos dirigimos a ellos, qué frases les decimos y repetimos siempre.