Diversos investigadores sugieren que el prejuicio y los estereotipos operan como una red de asociaciones cognitivas. Esto significa que, a lo largo de nuestra vida, vamos formando asociaciones entre conceptos y evaluaciones negativas o positivas

Décadas de estudio en diversos campos brindan datos que nos permiten reflexionar sobre la naturaleza del prejuicio. De manera cada vez más contundente observamos que no se trata necesariamente de un proceso racional que surge de la hostilidad. En cambio, el prejuicio suele ser implícito, es decir, involuntario, no-intencional, y, en cierta medida, incontrolable.

Diversos investigadores sugieren que el prejuicio y los estereotipos operan como una red de asociaciones cognitivas. Esto significa que, a lo largo de nuestra vida, vamos formando asociaciones entre conceptos y evaluaciones negativas o positivas. Y, por supuesto, actuamos en función de ellas. Impactan entonces en nuestra vida cotidiana, en cómo nos comportamos con los demás. Las podemos observar en los procesos de selección de personal para un trabajo, en la conducta del voto cuando hay elecciones e, incluso, en la práctica de la medicina.

Un paradigma ampliamente utilizado en estas investigaciones se llama Test de Asociación Implícita que permite medir la fuerza de las asociaciones a través de cuantificar el tiempo que tardamos en hacerlas. Cuando las asociaciones son fuertes, resulta más fácil y rápido conectar los conceptos.

Una explicación interesante sobre los prejuicios se da a partir del estudio de los mecanismos de la empatía, que consiste en una respuesta afectiva hacia otras personas. De acuerdo con Emile Bruneau, investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), lo que falla cuando hay hostilidad y rechazo entre grupos es justamente la adopción de ese doble foco necesario para entender y compartir sentimientos con los demás. Propone entonces el concepto de “brecha de la empatía”, clave para comprender y desactivar estas conductas. Contrariamente a lo que se suele suponer, la falta de empatía hacia otra persona no se relaciona tanto con una pobre capacidad empática sino con el grado de identidad con el propio grupo, al que suele asignársele características superiores, y con la separación que se hace respecto de los demás al exagerar las diferencias que se tiene con ellos. Bruneau observó que en esos casos el cerebro silencia la señal empática con el fin de evitar comprender y ponernos en los zapatos de nuestro enemigo. Por eso, cuanta más identificación sesgada hay con el propio grupo, menor es la empatía hacia el otro.

Las investigaciones han mostrado que el prejuicio implícito puede ser reducido e, incluso, revertido mediante cambios adecuados en el entorno social. Por ejemplo, el contacto positivo con personas de otros grupos sociales puede reducir las actitudes prejuiciosas. La reconceptualización del prejuicio debe considerar estas estrategias que operen sobre toda la sociedad porque el prejuicio no es una propiedad de unas pocas personas malintencionadas, sino que involucra la arquitectura cognitiva y la dinámica de las relaciones sociales.

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