El excéntrico deseo de Eustoquio Díaz Vélez hijo generó una historia al lado de donde hoy está la ex Casa Cuna. Cuando el amor estaba en su momento cumbre, una fiera cambió el final feliz.

En Barracas existe una leyenda urbana que cuenta que un extravagante millonario decidió tener leones en su casona y eso desató una tragedia en su familia. La propiedad de estilo francés está ubicada sobre lo que hoy es la avenida Montes de Oca al 100, al lado de la ex casa cuna y actual Hospital de Niños “Pedro Elizalde”. La citada casa fue adquirida por Eustoquio Díaz Vélez (h), uno de los hombres más ricos de mediados y fines del siglo XIX.

Además fue el menor y único varón de los tres hijos del general Eustoquio Díaz Vélez, quien había sido impulsor de la Revolución de Mayo y uno de los principales soldados defensores de la Independencia Argentina. La fortuna de Díaz Vélez hijo era comparable a la de los Anchorena, los Alazaga, los Guerrero y otras familias de la clase alta de la Ciudad de Buenos Aires.

Mascota guardiana

El muy buen pasar económico de Eustoquio se basaba principalmente en las grandes extensiones de tierras que tenía en las costas del sur de la provincia de Buenos Aires. Sus estancias y la actividad ganadera le redituaban importantes ingresos que lo colocaban en las altas esferas de la sociedad porteña. Era millonario y también extravagante. Ese es el tema que derivó en la leyenda de la casa de los leones.

En 1880, Díaz Vélez decidió vivir en Barracas, más precisamente en la calle larga (hoy Montes de Oca). Compró la mansión, se casó con su sobrina Josefa Cano y con ella tuvo dos hijos. Para prevenirse de los robos en lugar de tener perros guardianes, Díaz Vélez decidió comprar leones, por los que sentía pasión. Los animales estaban sueltos en el jardín por la noche y durante el día de los dejaba en jaulas que estaban debajo de la casa. Cuando había eventos nocturnos en la mansión, los leones quedaban en sus jaulas para evitar alguna desgracia con los invitados.

Corría el año 1911 cuando María Mathilde, hija de este poderoso y adinerado estanciero, decidió contraer matrimonio con Juan Aristóbulo Pittamiglio, un joven de familia originaria de Italia que había prosperado como productor ganadero en Uruguay. Para ello se organizó una fastuosa y elegante fiesta de compromiso en la mansión. Don Eustoquio se encargó personalmente de los preparativos del evento.

Llegó la noche y las mesas estaban sobre el jardín. Una orquesta amenizaba la fiesta con música de fondo. En la entrada a la mansión se encontraban Díaz Vélez y doña Josefa para recibir a los invitados. Como era costumbre, los leones estaban encerrados. Sin embargo, un error humano, dejó una jaula mal cerrada: el león movió la puerta, ésta se abrió y el animal salió con sigilo.

La música y tertulias fue interrumpida por el novio, quién solicitó la atención de todo el público presente. Agradeció a todos su presencia e invitó a su amada a acercarse. Le pidió matrimonio y le entregó un anillo en muestra de su amor. Es en ese instante, según cuenta la leyenda, el león apareció de un pequeño matorral que había en la medianera de la casa para abalanzarse sobre el novio. Mientras el hombre luchaba contra el gigantesco animal y gritaba de desesperación, su novia y los invitados también gritaban de pánico. Don Eustoquio fue hasta su despacho y tomó una escopeta, la cargó y desde la ventana apuntó y con mucha certeza derribó al animal matándolo en el acto. Era tarde, el novio yacía destripado y muerto en el jardín víctima de las garras y colmillos del león. La fiesta había terminado en tragedia.

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