Después de ganar la Champions League derrotando en forma muy ajustada al PSG, el equipo alemán parece haberse instalado como la foto irresistible del fútbol mundial, aunque vale la pena interpelar esa calificación y sumarle un interrogante.

Con la consagración como vencedor de la Champions League el pasado domingo frente al París Saint Germain, en el siempre errático ambiente del fútbol llegó la hora de hablar maravillas del Bayern Munich. Que es un muy buen equipo, no hay duda. Que tiene funcionamiento, tampoco existen dudas. Y que expresa un fútbol muy aplicado, potente y desequilibrante, no admite opiniones en contrario.

Pero de ahí a sobrecalificarlo como una máquina o como un equipazo infernal, encuadra en la permanente amplificación de las virtudes que la prensa le suma a aquellos que ganan. Y Bayern ganó. Por la mínima diferencia frente al PSG, no demostrando precisamente un volumen de juego demoledor. Le alcanzó para ganar bien, pero con lo justo. Y ganó además porque en el arco Manuel Neuer (imposible olvidar el penalazo no sancionado a Higuaín en la final del Mundial 2014) tapó tres mano a mano determinantes para el rumbo del partido, en resoluciones ofensivas muy discretas. O mediocres.

Esta lluvia interminable de claveles, papel picado, serpentinas y cotillón festivo que en este caso la aldea variopinta del fútbol argentino le dispensa al Bayern, no puede sorprender a nadie. Forma parte del registro habitual que saluda con reverencias absolutas al conquistador de turno, pintándolo como si encarnara la perfección más acabada del fútbol moderno.

Por supuesto que ya ocurrió en numerosas oportunidades. Por ejemplo, cuando Uruguay ganó la Copa América disputada en la Argentina en 2011, poco menos que se dijo que aquella selección que dirigió Oscar Washington Tabárez era la fiel representación de un trabajo brillante que había que reproducir en nuestro país. Era un buena selección la del Maestro Tabárez. Pero de ninguna manera había dejado una huella ni nada parecido.

Lo fundamental es que había ganado y eliminado a Argentina en cuartos de final en definición por penales. Tres años después, Uruguay, luego de hacer una primera fase destacada, cayendo con Costa Rica 3-1, venciendo 2-1 a Inglaterra y 1-0 a Italia, quedó eliminada en octavos de final perdiendo 2-0 contra Colombia y no existió consenso para seguir reivindicando a Uruguay. La derrota suele quemar los mensajes del pasado.

Algo similar ocurrió cuando Alemania se consagró campeón del mundo en Brasil 2014, derrotando 1-0 a Argentina con el gol agónico de Mario Gotze. Las medallas simbólicas que la patria mediática le regaló a la selección germana que condujo Joachim Low, denunciaban una admiración desproporcionada por las formas y los contenidos futbolísticos que según las exageraciones triunfalistas del momento, parecían rememorar a aquella Holanda extraordinaria de 1974, liderada dentro del campo por Johan Cruyff y entrenada por Rinus Michels. La victoria había embellecido la conquista.

Prácticamente esa misma Alemania y con el mismo técnico, cuatro años después, en Rusia 2018, quedó eliminada en primera ronda, perdiendo contra México 1-0, venciendo a Suecia 2-1 y sumando una nueva derrota por 2-0 frente a Corea del Sur, en lo que terminó configurándose como la peor producción de Alemania en un Mundial.

Este deslumbramiento sin freno de cara a equipos o selecciones que tienen valores, méritos y cualidades individuales y colectivas que nadie podría subestimar, no dejan de ser relieves que dejan al desnudo juicios de valor con una carga de sobreactuación notable. Quizás por esto, el Bayern Munich es considerado hoy una especie de diseño y pintura perfecta del fútbol actual.

Nadie le niega estructura, orden, disciplina y funcionamiento. Pero no tiró ninguna casa por la ventana, aunque le haya convertido 8 goles a esa versión crepuscular del Barcelona. Alemania en 2014, también le había hecho 7 goles a Brasil. Y la pusieron por el cielo. No era para tanto. Igual que el Bayern. No es para tanto.

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