Hace 34 años, una movida alentada por grandes protagonistas de la Selección nacional intentó arrinconar a la FIFA. Hoy, con la omnipresencia del coronavirus, los futbolistas acompañan todas las decisiones ajenas sin revelar una postura ni una forma de comunicar una idea.  

En ocasión del Mundial en México 86 y de la organización de varios partidos en horarios en que el cóctel de temperaturas agobiantes, el smog siempre presente y la altura sobre el nivel del mar del Distrito Federal configuraban un escenario nada recomendable para jugar al fútbol, el preparador físico de Maradona, Fernando Signorini, le acercó a Jorge Valdano una idea que el delantero del Real Madrid hizo propia en comunión con Diego y con el apoyo posterior del brasileño Sócrates: intentar imponerle condiciones a la FIFA presidida por Joao Havelange para que modifique los horarios de algunos partidos.

Esa iniciativa que pretendió conquistar la adhesión de todos los jugadores participantes en México 86, finalmente no prosperó. Maradona se había perfilado como el principal protagonista del reclamo. Y la FIFA lo asumió como el anticipo de una rebelión insostenible y todo se terminó diluyendo, hasta concluir en un episodio muy recordado.

Aquella auspiciosa semilla de organización colectiva de los futbolistas que Signorini sembró en la subjetividad de Valdano y que luego transfirió a Maradona, nunca encontró vías de realización muy efectivas. Quizás alcanzaría con reproducir lo que está ocurriendo en la Argentina con la propagación dramática del coronavirus y con las presiones del ambiente que reciben los jugadores para entrenarse y estar preparados para salir a la cancha y jugar al fútbol como si nada significativo estuviera aconteciendo.

Naturalizando los riesgos propios y los de sus familiares más directos en sintonía con el diluvio que genera el Covid-19, los futbolistas parecen no interpretar que son propietarios de una voz que debería escucharse, en el caso que tengan algo para decir. Porque la industria del fútbol puede necesitar sponsors, merchandising, prensa, televisión con abono por el pack, lobbystas que venden humo, obsecuentes y serviles de todo tipo y calibre circulando por las alfombras de los poderes mediáticos, pero antes que nada, precisa a los jugadores. Sin ellos, no hay absolutamente nada.

¿Son conscientes los jugadores que tienen la sartén por el mango, en la medida en que puedan abrazarse a una causa colectiva que los termine integrando, más allá de algunas diferencias eventuales? Porque la realidad de todos los días indica que explotaron y continúan explotando los casos de coronavirus en Boca, River, Racing, Independente, San Lorenzo y Argentinos Juniors y Tigre, entre otros clubes y no se perfilan resistencias de los futbolistas a seguir actuando en burbujas totalmente permeables a la infección.

Tampoco hay expresiones públicas de Futbolistas Argentinos Agremiados (FAA) que revelen una postura definida respecto a la actitud que deberían asumir los jugadores en tiempos tan comprometidos. Una actitud que no tendría que ser la subordinación explícita a decisiones en las que no están consideradas sus opiniones.

Estalla a la vista de cualquiera que incorpore un contenido valioso de sentido común que las practicas activas del fútbol en estas circunstancias (por supuesto también nos referimos a los entrenamientos) no pueden ni deberían desarrollarse, aunque desde distintos sectores del show bussines se incentive y se promueva su realización en nombre de los estándares que existen en otros países.

Exponer a los futbolistas, entrenadores, utileros, masajistas, ayudantes y distintos grupos de de colaboradores en función de las necesidades del mercado, tira por la borda cualquier explicación racional. El fútbol en su conjunto no puede ser rehén de los apuros y urgencias que pretende imponerle su propia industria. Y de los voceros infaltables de esa industria.

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