La consagración xeneize no puede caracterizarse como una revancha, pero le da aire para fortalecer su convicción de cara a la Copa Libertadores. El cambio de expectativas. La transición de Alfaro a Russo bien administrada. La influencia silenciosa de Riquelme. Y un festejo que fue un desahogo

El envión final de Boca lo catapultó a ganar lo que parecía no podía ganar. Y el declive final de River en las dos últimas fechas (empates ante Defensa y Justicia y Atlético Tucumán, con un arbitraje otra vez muy pobre de Patricio Loustau, perjudicando notoriamente al equipo de Marcelo Gallardo) lo terminó frustrando.

No hubo diferencias notables entre Boca y River. Sosteníamos hace una semana en esta misma plataforma que Boca se había acercado a River en la tabla y en el juego. Y se había acercado porque River venía mostrando una merma evidente en su funcionamiento. Habían bajado su rendimiento varias individualidades y el equipo no lograba disimular esas caídas. Se mantenía arriba con muchísimas dificultades. Y dejaba entrever que le costaba demasiado expresar esa superioridad colectiva que el ambiente del fútbol argentino le reconoce.

Las discretas producciones ante Defensa y Atlético revelaron, sin dejar ninguna duda, que a River no le sobraba nada. Por el contrario: le faltaba mayor consistencia y frescura en sus movimientos para encarar la última recta de la Superliga. A Boca tampoco le sobró nada. Pero en los momentos decisivos, no claudicó.

Esto por supuesto no significa que Boca haya denunciado ser un equipazo ni nada por el estilo. Lo que hay que valorarle es que la transición que abarcó la etapa de Gustavo Alfaro a Miguel Angel Russo la administró subiéndole la temperatura al equipo. Mejoró Boca con Russo como entrenador y con Juan Román Riquelme como observador muy calificado de los nuevos tiempos.

Esta mejoría le permitió disminuir las diferencias de calidades que le llevaba River. Y no ser el favorito para ganar el campeonato fue una ficha que lo benefició. Porque no cargó Boca con la mochila del equipo obligado a quedarse con el título. Si no lo conquistaba no pasaba nada. No iban a existir reproches ni gritos desgarrados de bronca y dolor. Y si pegaba el sartenazo como finalmente lo hizo, lo suyo sería calificado como una consagración con reminiscencias de la mística y la gloria xeneize.

Ocurrió lo que no era muy probable que ocurriera. Y Boca, con lo justo, desbancó a River. Por lo menos por ahora. No es poco, teniendo en cuenta los últimos antecedentes que indicaban la supremacía real de River en instancias decisivas que incluyeron cinco episodios consecutivos que arrancaron en el segundo semestre de 2014 en la semifinal de la Copa Sudamericana.

La dimensión de esta conquista de Boca por el momento no está definida. La van a definir los próximos cruces directos o indirectos entre Boca y River. Si se abre un nuevo ciclo entre ambos o sí esta coronación de Boca forma parte de un paliativo circunstancial que no genera ninguna tendencia.

Este es el interrogante que podría configurarse en una pregunta: ¿Boca le cerró a River la etapa de los grandes éxitos? La respuesta puede ser temeraria, pero despojada completamente de certezas.

Lo que se ve sin esfuerzo, es que Boca se sacó un peso de encima. La sombra de River lo estaba asfixiando. Le ganaba en la cancha y en los escritorios. Y le ganaba también en esa figura que el fútbol de todos los tiempos incorpora como una especie de paternidad futbolística sui generis. Porque River se había convertido en el victimario de Boca.

Por una consagración doméstica, esto no cambió de manera radical. Pero le da aire a Boca. Lo fortalece de cara a la Copa Libertadores que está jugando. Lo estimula a superar ese perfil dominante que le venía imponiendo River desde que el Muñeco Gallardo asumió como técnico.

Esto es lo que también logró Boca. Así lo sintió su gente. Así lo vivieron los jugadores dibujando en el aire un espíritu de revancha con rasgos sobreactuados. Porque Boca no venció a River en esos duelos directos a todo o nada. Lo venció en la suma de puntos. Y lo festejó desnudando todo lo que tenía guardado. Quizás por eso más que un festejo pareció un desahogo. Una liberación. Un grito transformado en miles de gritos que durante un lustro estuvieron silenciados, reprimidos, ocultos.

Construyó Boca este momento. Que no es por supuesto la revancha de la Copa Libertadores perdida ante River en Madrid. No lo es. Pero es algo. Y cuando uno encuentra algo significativo en medio del temporal, le da una dimensión especial.

Por eso tiene que apreciar muchísimo Boca este episodio con pretensiones de extenderse . Cuando River otra vez parecía disponer de la sartén por el mango, lo asaltaron los fantasmas del pasado. Y la fiesta fue de Boca. Con Riquelme como un estratega sin estridencias. Y con los sonidos que la liturgia de Boca nunca abandona.

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