Darío Grandinetti es el hijo de un militante revolucionario desaparecido con resquemores y cuentas pendientes en Te Esperaré, el film de Alberto Lecchi que se estrenó el jueves y que parte del retrato de la relación padre-hijo de dos generaciones para hablar de las heridas abiertas de la historia reciente argentina así como de la persistencia del odio, del miedo y la intolerancia.
El director de El Juego de Arcibel pone de relieve los efectos que tuvieron los caminos emprendidos por los desaparecidos en sus familiares y seres queridos.
Grandinetti es Ariel Creu, un arquitecto argentino casado con Laura (Inés Estévez) y padre de Federico (Juan Grandinetti, hijo de Darío), al que el hallazgo de los restos de sus padres desaparecidos y la aparición del escritor español Juan Benítez (Juan Echanove), que escribe sobre su padre, le despiertan traumas sepultados durante años.
La vida de Miguel Creu, quien participó de distintas insurgencias revolucionarias en el siglo XX y encontró su final a manos de la dictadura, es conocida a partir de la reconstrucción elaborada por Benítez. La aparición del escritor en Buenos Aires abrirá una hendija en la relación entre Ariel y Federico por la insistencia del más joven por conocer la historia de su abuelo, que su padre prefiere olvidar.
l ¿Qué te atrajo de la propuesta?
-Laburo con Lecchi hace mucho y sabe que si me llama yo estoy. A mí me interesa hablar de lo que habla la película, porque si no, pareciera que lo que pasó fue el producto de algún trasnochado que mandó a veinte pibes a la calle a luchar por la libertad. Me gusta que se personalice a través de esta familia, me parece que es enriquecedor porque habla de lo que sigue ocurriendo, de las consecuencias que todavía hoy mucha gente sigue sufriendo. La gente como el personaje que hago, que duda, que no sabe, que tiene rollos porque claro, se cargó vidas esa lucha y dejó ausencias.
l Te parece entonces que este tipo de películas son necesarias.
-Sí, claro, y ojalá se hagan más, independientemente de la suerte que corran y lo bien que te salgan. Me gusta que la historia esté contada a través de un personaje de ficción, de alguien que no vemos y con el imaginario que eso genera. Un especie de Che Guevara impoluto, crear la imagen de un hombre por encima de la media.
l ¿Qué contribución hace la película al debate actual acerca de los militantes de los ‘70?
-Es muy difícil hablar tantos años después del marco en el que mucha gente pensaba que la lucha armada era inevitable. Nosotros no vivimos el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, pero esa generación sí o lo tuvo muy cercano. Era un mensaje que decía “si querés hacer política te van a matar” ¿y entonces qué hacías? Te preparabas para eso. ¿De qué manera podrían haberlo hecho si no era así? ¿A lo Gandhi? Por supuesto que hoy, a la distancia, no hay ninguna organización que se lo plantee.
l ¿Cómo conectaste con tu personaje, Ariel, un hijo de desaparecidos en el difícil momento en el que le devuelven los restos de sus padres después de 40 años?
-Hay mucho material escrito y publicado de gente que ha vivido eso. Pero no encontraba algo como lo que le pasa a Ariel, que siempre supo quién era su padre, conocía toda la historia, y tiene un reproche, un reclamo personal con él. Admirándolo, pero a la vez recriminándole la ausencia.
l Y ante el daño ocasionado a esa generación que representa Ariel, con el dolor que lo lleva a querer olvidar, el personaje de su hijo Federico aparece para destapar, volver a poner el tema sobre la mesa.
-Es lo que pasa, es lo que está pasando. No nos queda otra que confiar en que los que vienen logren lo que nosotros no hemos podido. Creo que a través del personaje de Juan está representada esa necesidad de saber, de que no nos vuelvan a engañar, despojados de muchos temores.