Cielo oscuro sobre la Ribera, como aquel día de la asunción de Carlos Bianchi en su tercer ciclo como entrenador de Boca. Tras un año de turbulencias, del calor soportado en este verano y de la lluvia de pronósticos pesimistas en cuanto al arranque de la competencia oficial, llegó la tan anunciada tormenta, con amenaza de un tornado que puede arrastrar todo lo que encuentre a su paso, incluyendo algunos nombres de peso, si es que la semana se completa con otro par de resultados negativos, ante Rafaela y Estudiantes.
No se trata de un juicio apresurado ni de movimientos desestabilizadores, sino de la cruda realidad de un balance de esta nueva era del Virrey al frente del xeneize, que tras casi un año y dos meses de rodaje jamás arrojó saldo positivo. Penúltimo en el Final 2013 (la peor ubicación del club en toda su historia), con algo de luz en la Libertadores (llegó hasta Cuartos de Final) y con un tibio certamen Inicial (séptimo), donde amagó con pelear el título pero se quedó en los últimos metros, este arranque de 2014 suponía un semestre de definiciones, sin lugar para el error, tanto por la continuidad del entrenador como la del máximo ídolo, Juan Román Riquelme. Sin embargo, los primeros pasos de este certamen Final 2014 no hicieron más que acentuar lo malo que se vio el año pasado y que se había prolongado en el verano con las derrotas en los superclásicos.
Atrás quedó un debut esperanzador, con empate ante Newell's, en Rosario, donde se vio la imagen de un equipo más ordenado; y también el primer tiempo ante el propio Belgrano donde superó claramente al rival, ya que el mínimo contratiempo volvió a dejar al descubierto a un equipo sin respuestas, débil de personalidad y con escasos argumentos para rebelarse ante la adversidad.
Una escena repetida en este ciclo, que ha provocado un desgaste en todos los niveles. De los dirigentes, que ante los micrófonos pregonan su apoyo al técnico pero que por lo bajo creen que el ciclo está cumplido; de los jugadores, que no entienden el mensaje del Virrey y hasta se molestan por algunas de sus declaraciones, como cuando puntualiza la falta de actitud; de los hinchas, que ya se cansaron de tantos cachetazos y empiezan a considerar que el técnico ya no es el mismo que alguna vez les dio tantas alegrías; y del propio entrenador, que si bien todavía tiene crédito, es conciente que no le encuentra la vuelta al equipo, que se equivocó en los refuerzos y que hasta se quedó demasiado solo en su lucha, sin poder siquiera recurrir a Riquelme, su jugador fetiche.
Con todo este panorama, y en la medida que no logre una victoria (lleva seis partidos oficiales sin ganar) el jueves visitando a Rafaela, o el domingo recibiendo a Estudiantes, los tiempos se irán acortando y la crisis se agudizará al máximo, tensando una cuerda que ya no resistirá demasiado, sobre todo si se tiene en cuenta que el torneo local es la única competencia del xeneize en esta primera mitad del año.
En el seno de la dirigencia hay mucha preocupación, pero tienen claro que no tomarán ninguna decisión drástica, por la aureola de intocable de Bianchi. La estrategia pasa porque el propio técnico, en la medida que no se le den los resultados, sea el que de el paso decisivo para cortar el vínculo. El plantel, en tanto, dividido entre los que lo apoyan a muerte y los que ya muestran su fastidio por los reiterados fracasos, no parece tener el carácter como para salvarlo. Y por último, la gente, será seguramente la que dará su veredicto el domingo, en una Bombonera repleta, si es que Estudiantes termina de darle el empujón final a un equipo que viene a los tumbos. La paciencia está por agotarse y parece tener plazo sólo por una semana.
comentar