Esa audacia que se le reconoce y valora para plantear los partidos, se estrella con el perfil mezquino y conservador que expresa para volcar sus conocimientos en tribunas públicas. En esa nube de misterio que adoptó se encierra su figura de personaje infranqueable e incapaz de confiar en alguien.
Dicen todos los que lo admiran que Marcelo Bielsa (tentado por la Federación peruana para hacerse cargo de la selección) es una especie de rebelde consagrado que agita las aguas de un fútbol despojado de audacia y valentía. Y que él interpreta esas deudas e interpela la mediocridad del ambiente y por supuesto de los técnicos con rigor, austeridad y convicciones.
 
Las capacidades profesionales que ha denunciado poseer Bielsa son realmente inobjetables. Así, con autoridad, reivindica el oficio de entrenador desde su entrega, su mirada y su trabajo dentro y fuera de un campo de juego. Lo demostró en la Argentina y en el exterior. Con más o con menos resultados positivos. Ese saldo, en definitiva, es anecdótico. Lo que cuenta es su labor y sus ideas.

Pero a la vez es mezquino Bielsa. Es conservador. No en el fútbol que promueve. No en la idea que persigue. Allí, en ese escenario y en ese territorio, es audaz. En cambio, es mezquino y conservador a la hora de expresar lo que siente y piensa. No habla públicamente. Ni con los enemigos ni con los amigos. La dinámica de las conferencias de prensa es una formalidad que él adoptó, precisamente, para eludir el diálogo.

En esa nube de misterio que viene abonando desde hace un par de décadas largas, su figura de personaje inaccesible fue adquiriendo dimensiones propias de un gurú que no se detiene frente a los hechos cotidianos. Los análisis los hace para él. No comparte nada. No abre ninguna puerta. No socializa el conocimiento. No quiere poner sobre la mesa lo que él sabe.

Y se cierra. Cada vez más. Se podrá argumentar, con razón, que está en su derecho. Que cuenta con sobradas muestras para desconfiar de los medios y de los periodistas de aquí y de allá, a los que siempre prefiere evitar. ¿Pero no encuentra ninguna excepción, Bielsa? ¿Nadie se salva del incendio según su criterio selectivo? ¿Ni uno siquiera?

La estrategia del silencio egoísta e interminable para hablar del fútbol y de otras cosas que suceden alrededor del fútbol, delatan un vínculo quebrado con los hinchas. Esa decisión, sumamente meditada, revela la medida de su encapsulamiento.

Es verdad, le fue bien a Bielsa caminando en su laberinto. Observando sin dejarse observar. Mirando sin querer ser mirado. Espiando sin pretender ser espiado. Preguntando, como preguntaba a destajo desde sus inicios en Newell's cuando Jorge Griffa manejaba las inferiores y José Yudica entrenaba a la Primera, sin admitir que le pregunten nada, salvo detalles accesorios en alguna rueda de prensa a la que asiste con inocultable disgusto y fastidio.

Esto también es dramatizar el fútbol. No hablar mano a mano con alguien (puede ser periodista, sicólogo, almacenero, contador, maquinista, escritor, colectivero, estudiante o desocupado) es dramatizarlo. Es poner al fútbol en los lugares ocultos. Es intelectualizarlo hasta por encima de los intelectuales. Y es vincularlo a las minorías.

Está bien que Bielsa privilegie sus intereses particulares. Y que circule por rutas ajenas a los estruendos, la farandulización del fútbol y a sus oportunistas mediáticos.  ¿Pero no confía absolutamente en nadie? ¿O lo que prefiere en nombre del egoísmo y la especulación es no compartir nada con nadie?    

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