p AUNQUE ANTES DEBAN ELIMINAR A PALMEIRAS Y GREMIO, RESPECTIVAMENTE, YA SE OLFATEAN DUDAS, TEMORES Y TENSIONES DESDE AMBOS BANDOS. PARA LOS HINCHAS HABRIA UN ANTES Y UN DESPUES DE UN CHOQUE ASI.

Pasados los cuartos de final de la Copa Libertadores, River y Boca siguen en competencia, ubicados entre los cuatro mejores equipos de América.

Y en esa carrera, aunque todavía les queda por delante superar la instancia de semifinales frente a dos duros equipos brasileños, la situación no hace más que alimentar el morbo en cuanto a la posibilidad cierta de que se produzca una final histórica entre los gigantes del fútbol argentino.

Una instancia increíble, para disfrutar por el espectador imparcial, pero que sería de tensión máxima para ambos clubes, para sus protagonistas y en especial para sus hinchas. Imaginando ese momento son varios los interrogantes que se abren, no sólo por las chances futbolísticas de uno y otro, sino por el entorno y las consecuencias de un choque que quedaría en la historia, para bien o para mal, de ambas instituciones.

En ese sentido, de los dos lados declaran públicamente que sería bueno jugarla, pero íntimamente y hasta en algún comentario involuntario, o no tanto, dan a entender que esperan por la caída del rival de siempre en semifinales.

No es para menos, ese morbo que flota en el aire es una presión extra para todos, donde están mezclados los dirigentes, los técnicos, los jugadores y hasta los propios hinchas.

En el primero de los casos, el que se juega casi todas las fichas es el presidente de Boca, Daniel Angelici, quien desde que ejerce el cargo prometió un futuro venturoso en cuanto a competencias internacionales.

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Sin embargo, la suerte le ha resultado esquiva y el xeneize sólo pudo festejar en los certámenes domésticos, con el agregado de haber sido superado en dos cruces por el propio River, que encima terminó siendo campeón. Para su par millonario, Rodolfo D’Onofrio, todas son flores, pero también sabe que perder una final de esta dimensión casi que borraría la amplia sonrisa que hoy ostenta.

Ni que hablar del momento de Guillermo Barros Schelotto, bicampeón del fútbol argentino, pero sin logros fuera del país desde que es técnico de Boca. Su contrato vence en diciembre y una eventual caída supondría el empujón decisivo para la no renovación, que ya viene siendo anunciada por la falta de una identidad de juego.

Su colega Marcelo Gallardo tiene todas las cartas ganadoras en la mano, pero al igual que con D’Onofrio, una derrota sería un golpe duro de asimilar, sobre todo imaginando que la consagración xeneize sería en el propio Monumental.

¿Quedaría marcado para siempre el Muñeco por una derrota en una final ante Boca, aunque es ídolo total en el mundo Millonario?

Igual panorama para los futbolistas, presionados por ser los reales protagonistas, quienes pueden ser héroes o villanos en 90 o 120 minutos de juego, dependiendo también de ello su futuro deportivo.

Y en el medio de todo, las suspicacias por los arbitrajes, el VAR, la Conmebol, las influencias del poder, el ida y vuelta de declaraciones. En fin, un juego apasionante pero al mismo tiempo demoledor desde lo psicológico.

Por todo esto, ¿realmente querrán enfrentarse en una final o preferirán que el rival de siempre caiga antes y así evitar la ruleta rusa de un resultado que puede marcar a futuro?.

En lo inmediato, está más que claro que tanto River como Boca quieren ser finalistas, no sólo por lo deportivo, sino por los ingresos económicos que están en juego.

Y ahí sólo basta mencionar que por llegar al partido decisivo hay un premio de 3 millones de dólares y en caso de quedarse con el trofeo 6 millones más. Una suma demasiado tentadora como para no arriesgar en el intento. Con el agregado de poder participar luego en el Mundial de Clubes, en búsqueda de un mayor prestigio futbolístico pero también de cifras alucinantes para las arcas del club. Un combo que atrapa, más allá de las lágrimas y sonrisas que puedan quedar en el camino.

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