A los 24 años, Ricardo Centurión juega cultivando la pausa y viviendo en un microclima de grandes urgencias. En esa carrera que emprendió acelera y choca una y otra vez. Los episodios no deseados que lo dejan pegado. Descubrir y ser descubierto es una tentación que supera largamente al ex media punta del San Pablo y Racing. Todo lo que da el fútbol. Y todo lo que puede quitar.

Siempre estuvo en la selva Ricardo Adrián Centurión. Siempre. Como tantos otros que no conocemos. O que conocemos muchísimo menos. Y en la selva nadie queda indemne. Nadie puede escupir para arriba. Por más omnipotente que se sienta. Por más intocable e impune que se vea. La realidad, con sus sumas y restas implacables, tiene otros contenidos. Y diferentes finales. Finales abiertos.

Ya escribimos en este mismo espacio el 25 de mayo del corriente año que Centurión es una víctima y un victimario del sistema. Lo que viene haciendo y lo que quizás seguirá haciendo fuera de una cancha posando con armas más cortas o más largas, siendo protagonista de distintos incidentes en las noches del suburbio o cargando con la acusación de ejercer violencia de género contra su ex pareja Melisa Tozzi, van dentro del combo completo de Centurión como jugador de fútbol.

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Centurión es todo. Como cada uno de nosotros, con aciertos y errores, somos todo. Como Diego Maradona es todo lo que es. O el Loco Corbatta. O René Houseman. O Angel Clemente Rojas. O el Burrito Ortega. O Garrincha. O George Best. Nadie puede fragmentarse, dividirse, atomizarse. Contar con la habilidad y el ingenio ofensivo de Centurión en un plantel es contar también con la parte no deseada de Centurión, más allá de la contención psicológica que le puedan ofrecer aquí o en Europa. O dónde vaya.

“Acá es muy profesional”, comentaban hace unos días sus compañeros. Definición que hasta tomó como propia el vapuleado Guillermo Barros Schelotto. Debe ser cierto. Y debe ser cierto el compromiso que había asumido Centurión con el equipo. “Acá lo vamos a ayudar”, repetían todos: jugadores y cuerpo técnico. No había motivos o razones para sembrar el escepticismo. Las palabras denunciaban de manera inequívoca una corriente de afecto y en algunos casos de empatía con el ex media punta del San Pablo y Racing.

El problema central es que Centurión protagonizó episodios que con frecuencia quedan expresados en todas las plataformas que la tecnología dispone. Y en las que no dispone también. Antes también existían ese tipo de excesos y de violencias domésticas y públicas. Y los jugadores no quedaban tan pegados porque la dimensión del show mediático era infinitamente menor. Hoy, en cambio, el reivindicado exhibicionismo, el universo privado convertido en afiche y hasta cierta necesidad existencial de aparecer como una estrella del camino que deja una huella por cada lugar que pasa, termina sometiendo cualquier registro de mínima sobriedad y de equilibrio.

Lo que se advierte es que va demasiado apurado Centurión. Como si las pausas necesarias que se toma en la cancha para frenar, amagar y enganchar no pudiera trasladarlas a su vida cotidiana. Entonces acelera en las rectas y en las curvas. Acelera siempre. Y choca. Una y otra vez. Como ya chocaron otros en repetidas oportunidades. Choca y quizás se arrepiente. O no. Pero siempre son tardíos los arrepentimientos, aunque puedan ser sinceros. El tumulto en la acción, en la selfie editada y en la palabra escrita ya dejó sus evidencias. Y sus efectos.

Lo persigue la fama futbolística a Centurión. No porque sea un auténtico crack consumado. O un verdadero fenómeno de estos tiempos. No lo es. Por lo menos hasta ahora. Y difícilmente lo sea. Pero su juego de potrero y la camiseta de Boca que vistió le dieron aire para sentirse un elegido con acceso directo a los VIP de los boliches con su juego de señas y contraseñas.

Descubrir y ser descubierto es una vieja tentación que por supuesto trasciende largamente a Centurión. Descubrir también el perfume de la guita virtual y real que abre muchísimas puertas, muchos brindis, muchos amigos, muchas sombras. Salir de la anécdota no es sencillo ni fácil para nadie. Menos aún para el que la está interpretando. Y pasándola muy bien o muy mal en esa interpretación. O en ese plagio que las luces enfocan y encandilan.

Los consejos, las sugerencias y otros detalles por el estilo que se filtran por todos los rincones, suelen subordinarse a las pulsiones de cada uno. A los estímulos más primarios o más sofisticados de cada uno. Como sosteníamos en el arranque, siempre estuvo en la selva Centurión. Antes sin un mango. Ahora con los bolsillos llenos. El fútbol le dio esa chance. Y el fútbol también se la puede quitar.

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