Aquella caída de hace un mes ante River por la Supercopa Argentina le bajó las defensas y debilitó de manera notable la autoestima de Boca. Las apariciones que cada vez aparecen menos. Porque Boca es un equipo de apariciones que hasta logró relativizar el funcionamiento. Cómodo en la tabla, muy incómodo en el plano del juego. El escenario del temor, la angustia y las urgencias que también están presentes.

No sorprende la claudicación de Boca en la recta final del campeonato. Lo venía anunciando el equipo partido tras partido, más allá de sumar puntos en la agonía de los encuentros y mirar al resto desde el escalón más alto de la tabla.

No sorprende ni debería sorprender a nadie (también incluimos al plantel y a Guillermo y Gustavo Barros Schelotto) que se le mueva el piso, porque en realidad se le estaba moviendo desde hace bastante tiempo.

Los buenos resultados, como es habitual en una aldea que se consume en el veneno que siempre irradia el exitismo, tapaban todo. O parecían taparlo todo. Aquel que criticaba las producciones mediocres de Boca era poco menos que bastardeado. De inmediato se le mostraba la tabla de posiciones haciendo referencia a los días, las semanas y los meses que el equipo era puntero. Un argumento de jardín de infantes.

Se hablaba de números y no tanto de rendimientos. Como si el fútbol se nutriera de una planilla de logaritmos. O de una planilla de Excel.

Pero las evidencias delataban que se venía cayendo Boca. Cayendo no desde las alturas, porque este equipo nunca frecuentó las cumbres futbolísticas, pero cayendo en el plano de los recursos individuales que cada vez se hacían más espaciados, más erráticos, más desconcertantes, más discretos.

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Boca no era ni es otra cosa que un equipo de apariciones. De buenas apariciones. O de estupendas apariciones como las de Benedetto, en algunos casos las de Pavón (muy sensible al tumulto y al apuro), algo de ese jugador de rasgos violentos que es Pablo Pérez, algo de Gago administrando la velocidad de la pelota y poco más. Porque Tevez, ya con las espaldas cansadas y las excusas fáciles, no está para hacer la gran diferencia. Está para acompañar bien en la medida en que a él lo acompañen mejor.

Que Boca esté claudicando y cosechando dos derrotas consecutivas ante Defensa y Justicia e Independiente a cuatro fechas del cierre del campeonato no significa que está en la lona. Para nada. Ni que va a perder todo lo que tiene por delante. Significa que se le fue corriendo el velo. Que está más al desnudo. Que quedó muchísimo más expuesto. Y que aquella caída nunca subestimada por 2-0 frente a River por la Supercopa Argentina en Mendoza del 14 de marzo pasado le bajó demasiado las defensas.

Porque entre otras cosas debilitó su dañada autoestima. Y aunque Guillermo repita con tono encendido que fue apenas “un episodio”, ese episodio sigue perturbando y jugando en la subjetividad de los jugadores, del cuerpo técnicos, de los dirigentes, de los hinchas y de la prensa adicta subida al carrousel de Boca.

River le clavó un aguijón muy tóxico en un momento muy inoportuno para Boca. Y lo terminó desacomodando por completo en el juego y en sus reservas anímicas.

Continúa pagando Boca esa derrota. La continúa elaborando, aunque intente olvidarla. Pero no la olvida. Porque está demasiado presente como esas visitas o encuentros circunstanciales no deseados.

Boca llega al final del campeonato que siempre lideró con una sensación de angustias y urgencias difíciles de metabolizar. La angustia existencial que el fútbol siempre incorporó. Es lo que Jorge Valdano identificó hace muchos años como “el miedo escénico”, o lo que el Loco Gatti con menos elegancia y más suburbio supo definir como “el cagazo”.

En este escenario crepuscular y sinuoso, atravesado por las lesiones, suspensiones, victimizaciones desopilantes de la agenda mediática y los bajos rendimientos, Boca igual es el primer candidato a dar la vuelta olímpica. De 12 puntos que quedan por disputarse, le lleva 4 al sorprendente y lejano Godoy Cruz. En otro momento esta ventaja podía considerarse muy holgada. Y lo es. Es cierto, Boca está cómodo matemáticamente en la punta. Pero está muy incómodo en la cancha.

Esas apariciones que antes le resolvían los partidos (funcionamiento nunca tuvo) y que eran el rasgo más distintivo y desequilibrante del equipo, hoy entraron en corto. Por eso las dudas que el filósofo español José Ortega y Gasset habría revelado como “la jactancia de los intelectuales”, pero que en el fútbol suelen ser fatales, están instaladas. Igual que los nuevos y viejos temores que están al acecho.

Boca tiene la palabra. Habrá que ver si es la palabra autorizada.

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