En Independiente esa aparición todavía no se concretó. Quiere salir bien del fondo, quiere ser prolijo para manejar la pelota, quiere tomar la iniciativa, quiere ser filoso y desequilibrante a partir de tres cuartos de cancha, pero transmite una sensación inocultable: encuentra serias dificultades para lograrlo.
¿Qué tipo de dificultades? De interpretación. Y de precisión. Con tener la pelota no alcanza. Es indispensable tenerla para advertir cual es el momento exacto en que hay que agredir, cambiar el ritmo y darle otra velocidad a la pelota para darle otra velocidad a la maniobra. Eso no está. La precisión imprescindible para un equipo que intenta jugar a favor del control de la pelota, tampoco está en una buena sintonía. Es cierto, recién comenzó, pero nunca hay que subestimar los primeros mensajes porque pueden establecerse como tendencia.
La presión alta y sostenida que promueve Milito como estrategia defensiva y ofensiva, no se expresó en los encuentros informales con la convicción y determinación que demandan estos movimientos. No metió un pressing furioso Independiente como parecían asegurar las palabras previas de Milito antes de ponerse al frente del plantel. Fueron más intentos individuales que respuestas colectivas. Y cuando uno corre mucho para recuperar y otros dos miran más de lo que participan, no hay pressing. Hay un simulacro. Ese compromiso si no es colectivo sirve de poco. Porque denuncia falta de convencimiento. O temor a quedar desairado ante un adversario que mueva bien la pelota.
El 4-3-3 que plasma Milito en la cancha, como todos los sistemas, por sí solo no dice nada relevante. No se ganan los partidos con los sistemas. Ni antes ni ahora. Son apenas un punto de partida. Nada más. Milito no parece ser un clásico rehén del tacticismo. Pero es un admirador de los sistemas. Por eso además de Pep Guardiola, reivindica al Cholo Simeone y a José Mourinho, apasionados por los sistemas. ¿Está mal? No. Ni bien ni mal. Es una elección.
Quizás esa debilidad por los sistemas explica, por ejemplo, la función que le da a Leandro Fernández por la banda derecha, cuando es un delantero que va por el medio. Fernández no tiene características para jugar como una especie de puntero cuando ataca y de volante cuando retrocede, pero Milito lo coloca ahí. Y Fernández tiene que adaptarse al sistema.
Lo mismo con Martín Benítez. No es armador. No es enganche. No es diez. Milito lo ubica ahí, para hacer lo que en el Barcelona hace Andrés Iniesta. Benítez está para jugar detrás del primer punta, como suele comentar Bochini. Para salir de la gambeta e irse al gol o meter un pase gol. No para
arrancar a 50 o 60 metros del arco rival. En este caso, Milito también privilegia el sistema.
La realidad es que Independiente está buscándose. Y está encontrando muchas complejidades para expresarse bien. Para jugar bien. Milito no asoma, por ahora, como un entrenador que cultiva simplezas inteligentes. Como lo fue el Pato Pastoriza, por citar un ejemplo tan sensible a la liturgia y el paladar rojo. O Alfio Basile. O el Flaco Menotti en una dimensión superior. Milito precisa un auténtico laboratorio futbolístico para construir su proyecto. Y esto puede ser muy positivo o muy negativo. No hay términos medios. Mientras tanto la cuenta regresiva ante Defensa y Justicia ya está en marcha.
comentar