En el juego de opuestos, de contrastes violentos entre cotizaciones de futbolistas, títulos y poderío institucional, el Deportivo Merlo estuvo cerca de la hazaña ante River.
En la cancha no hubo diferencias entre el Millonario y uno de los más humildes. Y el empate en cero entre River y Deportivo Merlo hizo que la noche del sábado se cierre con el orgullo y el festejo de los Charros que emprendieron el regreso al Oeste al grito de “un minuto de silencio, para River que está muerto”. Y la reflexión del capitán Leonel García, el jugador con más partidos en la historia del club y la figura de la cancha, sirve para entender una parte de esta historia: “Lo disfrutamos mucho, lo vivimos con mucha intensidad, tuvimos una actuación digna y nuestra gente se fue orgullosa. Fue un partido que uno no se olvidará jamás y que se lo contará hasta a los nietos”.
Claro que fuera de la cancha, en el juego de las comparaciones, muy pocas veces se da un contraste semejante entre dos rivales. Las diferencias, de historia, títulos, poderío económico, infraestructura y otros rubros, entre River Plate y Deportivo Merlo van mucho más allá de un resultado deportivo que, en este caso, dejó feliz al más pobre.
Porque, más allá que hoy conviven en la misma categoría, bien podrían marcar los dos extremos del fútbol profesional de estas latitudes.
Si bien la historia no la escriben sólo los que ganan, vale recordar los 33 títulos locales y las 5 conquistas internacionales que acumula River. Mientras que, en la vereda de enfrente, las alegrías se resumen en dos campeonatos de la “C” a la “B” y otros ascensos, como el último de la “B” al Nacional, que se dieron a través de otras vías como una Promoción o Liguilla.

Famosos vs. ignotos
Si de cotizaciones de los equipos (los titulares que salieron a la cancha) hablamos, está claro que una estimación podría ubicar en unos 30 millones de dólares a los once del Millo contra unos 3 millones (el diez por ciento) del Deportivo Merlo. Y ni qué hablar de la fama y la trayectoria de los Alejandro Domínguez, Fernando Cavenaghi y compañía contra muchachos que cuentan con un currículum armado en las categorías del ascenso y que, seguramente, cuando cierren sus campañas deberán buscar la manera de ganarse la vida.
Hasta en la figura de los entrenadores hay datos puntuales que sirven para ilustrar esta nota. Es que Matías Almeyda, sin experiencia como cabeza de grupo, pero con el peso de su trayectoria como “5” y símbolo, viajó directamente y sin escalas del campo de juego al banco de suplentes. Mientras que Felipe De la Riva, uruguayo, llegó a mediados de la década del ´90 para jugar en varios clubes del ascenso hasta que, siendo muy joven, se retiró y se puso el buzo de DT. Claro que en esta función tampoco nada se le hizo sencillo. Muy cuestionado, muchas veces de manera injusta, por su forma de parar los equipos, siempre se las ingenió para hacer muy buenas campañas. Consiguió ascender con Acassuso, a la “B” y con el propio Charro al Nacional. Lo suyo siempre estuvo lejos de las marquesinas con luces y más de uno recién ayer lo conoció en sociedad (a tal punto que en la mismísima transmisión de TV se lo presentó como Felipe De la Rúa). 

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