Fue una noche tremendamente especial. Única. Con un marco adentro de un escenario que no suele verse de tal modo, tan majestuoso, con un pueblo que llegó dispuesto a gozar de un gran logro, el segundo a nivel internacional, después de aquella Conmebol de 1996 ante Independiente Santa Fe, de Colombia. Lanús deja su nombre como marca registrada a nivel sudamericano e internacional y el fulgor de su masa humana redondeó un 11 de diciembre de 2013 que jamás olvidará. Y aquí repasamos el derrotero de esta jornada difícil de superar...
Todos los caminos conducen a la Fortaleza. La previa de anoche modificó el circuito de circulación de la zona céntrica de Lanús Este. El tránsito peatonal comúnmente va y viene por la 9 de julio entre la estación de trenes, hasta la galería de Oncativo. La gente hormiguea entre las ofertas de los locales a la calle ofertan la mercancía con la que tientan Papá Noel para el arbolito, pero lo que ayer se respiraba no era Navidad. Era otra cosa, los rostros tenían la inconfundible mueca que encerraba ansiedad, sonrisa y algo parecido al miedo. En las finales, también, el miedo es un sentimiento que se hace un lugar.
Desde temprano, aunque el partido era a la noche, la gente no caminaba el circuito habitual: el epicentro era la cancha, un estadio que cada vez luce más imponente y desde varios minutos antes del partido, y como nunca desde las últimas reformas, estuvo lleno. Mucha gente, hinchas de siempre, simpatizantes de alguna vez, vecinos, barrio, grandes, chicos y camisetas de todas las épocas. Hasta hinchas brasileños hubo.
CUENTA REGRESIVA
La cuenta regresiva al pitazo inicial fue insoportable, los segundos corrían como en los viejos relojes sin cuerda. Por fin los equipos salieron a la cancha, fuegos de artificio en el cielo, la noche calurosa y la final, ahí en Guidi y Arias, donde hasta hace un ratito las tribunas eran de madera. Es el Grana, que lleva el mismo nombre que su ciudad y que siempre fueron un reflejo uno del otro pero que hoy el club es su mejor exponente.
La salida en conjunto de los equipos hizo desgranar las gargantas y el pitazo inicial le anudó el estómago. Hasta Carlos Araujo, uno de los más bajitos del plantel, era un gigante adentro de la cancha. Todo se magnifica en el campo, se pierden los detalles y justo cuando el capitán Paolo Goltz ve en la cara de algunos compañeros los mismos rostros que en las tribunas, esa mezcla de ansiedad y miedo, hace palmas para despertarlos, para que los veintipico de mil simpatizantes no sean una presión sino un respaldo.
Y el nudo en el estómago al fin se desató. Se lo deben a Ayala y a Ismael Blanco. El desahogo refrescó la memoria y apareció en el recuerdo Banfield y la dedicatoria de una (nueva) copa que se empezaba a alzar y no es de las que cualquiera pueda tener a mano, para el brindis, sino de esas que se lucen en las vitrinas.
LÁGRIMAS Y SONRISAS
Lo que siguió fue dispar. Bastaba con girar la cabeza, dejar de ver el partido, y ver hasta donde la vista permitía. El hincha de Lanús, ya no tenía ese gesto uniforme de la previa. Había lágrimas, sonrisa, cantos y saltos desenfrenados, estaba quien trataba de no moverse para que nada cambie, el que se abrazaba, otro que prometía claudicar con el cigarrillo si se completaba la fiesta y algún insaciable que pronosticaba la continuidad de la alegría en Rosario.
En Navidad, Papá Noel se va a poder saltear varias casas. El regalo ya está hecho y si las cosas siguen así, hasta los Reyes Magos van a terminar antes la recorrida. La noche buena, en Lanús, fue ayer. El regalo fue el mismo para todos y nadie se quejó: todos comparten la alegría y el más costoso de los que alguna vez soñó.
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