La dirigencia del Barcelona y el técnico Ronald Koeman pretendieron utilizar una estrategia muy dominante con el astro argentino para mostrarlo debilitado frente a un nuevo orden. Lo que no aguardaban fue una respuesta demoledora que pone en jaque la estructura del club catalán.

El entrenador holandés, Ronald Koeman, seguramente llegó al Barcelona con la iniciativa propia y ajena de imponer autoridad y de hacerles sentir a sus futuros dirigidos que él expresa el poder real. En definitiva, que tiene la sartén por el mango. Y que los jugadores tendrían que subordinarse por completo a sus perfiles, formas y maneras de conducir. Algo así como plantear sin preámbulos que al que no le gusta que se vaya y se busque otro destino.

Es muy probable que Koeman y el vapuleado presidente del Barça, Josep María Bartomeu, no esperaban que nada menos que Lionel Messi los dejara girando en falso con su fulminante decisión de abandonar el club catalán sin mediar protocolos ni diálogos burocráticos.

El autoritarismo sobreactuado de Koeman, incentivado por ese pésimo piloto de tormentas que denunció ser el desconcertado Bartomeu, le terminó provocando al Barcelona un cismo mayor al que había generado el 8-2 que les había regalado el Bayern Munich hace unos días.

Koeman pretendió actuar como un cacique que desde el primer día coloniza a toda la tribu. Entre ellos, a Messi. Pero este Messi que ya acusa 33 años, dejó de ser un muchachito iluminado por inocencias naif. Si se lo querían llevar puesto como método indicativo de la fortaleza de Koeman y Bartomeu para mostrarle al plantel cuáles iban a ser los nuevos lineamientos disciplinarios, es indudable que equivocaron el diagnóstico. Y en lugar de denunciar una convicción granítica, revelaron debilidades flagrantes a la hora de conducir.

Que Messi, bandera extraordinaria del Barça, huya del club que lo recibió con los brazos abiertos cuando apenas tenía 13 años, habla a las claras de un estado de situación catastrófico que nadie sabe como terminará. Lo que si se sabe es que la partida anunciada de Messi abrirá un antes y un después en la aldea blaugrana, caracterizada por un nivel de soberbia indisimulable.

No es cuestión de dorarle la píldora a Messi, avalando cada una de sus actitudes dentro y fuera de la cancha. Pero en este caso, la ausencia de timming para relacionarse con él fue evidente. Cuando hablamos de timming también hablamos de capacidad para interactuar con un jugador que le dio al Barcelona lo que nadie pudo darle en su historia centenaria.

Decir como dijo Koeman que con su llegada se iban a terminar los privilegios delata una torpeza argumentativa propia de un profesional desubicado, que necesita despertar en el plantel una subordinación explícita para poder elevarse. Esta estrategia confrontativa si expresa algo en particular es miedo al escenario que se le presenta, aunque parezca todo lo contrario.

¿Cualquiera que frecuente el fútbol podría imaginarse como habría reaccionado Diego Maradona ante una circunstancia idéntica? ¿Y que tenor hubiera tenido esa breve charla con Koeman? Nadie dudaría que habría terminado muy mal en el plano de las palabras y en la esfera de los hechos.

Messi, por lo que indican todas las informaciones, no se enredó en un largo ida y vuelta con Koeman. Pero su posterior determinación fue un estruendo. Pocas palabras, muchísima acción. Y nada de tibiezas. Lo que queda sobre la superficie es que el fútbol en muchísimas oportunidades suele replicar situaciones que se dan en cualquier ámbito. Lo que hizo Messi fue correr el telón y dejar todo al descubierto ante la mirada impávida de audiencias universales.

La batalla operativa y judicial que rodeará a Messi en función de su futuro profesional, será una cuestión no esencial. Lo verdaderamente esencial es como se paró el mejor jugador del mundo frente a la dinámica del nuevo poder. Koeman, por lo pronto, se estrelló. Bartomeu también. Y el Barça es hoy un pollito mojado.

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