"A Bianchi no le lustro ni los zapatos", declaró Gustavo Alfaro en los últimos días a partir de ciertas comparaciones que se fueron construyendo y que provocaron que el actual técnico de Boca le tirara centros a corazones sensibles.

Suelen decir sin estridencias aquellos que lo frecuentaron y lo siguen frecuentando, que Gustavo Alfaro tiene extraordinarias dotes de orador. Exageran. Y lo sobrecalifican. Habla bien el entrenador de Boca. Construye su pensamiento con palabras atinadas, denuncia que elabora previamente lo que va a declarar, pero tampoco es Jorge Valdano o el Flaco Menotti.

Lo que ocurre es que en el país de los ciegos el tuerto es rey. En la variopinta fila de los técnicos del fútbol argentino abundan los profesionales que encuentran severas dificultades para construir una frase afortunada, un mensaje valioso o algo en particular que incorpore una armonía dialéctica que se distinga.

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En ese panorama muy discreto en el que se festejan las bravuconeadas y las expresiones más reaccionarias y vulgares, al estilo de Oscar Ruggeri; Alfaro saca algunas ventajas en consonancia con su perfil de hábil declarante. Por lo pronto, ahora en funciones en Boca, su audiencia es masiva. Y él, funcional a este privilegio, envía señales. Una de las últimas, fue su apreciación cortesana, in extremis, sobre ese gran protagonista de Boca que es Carlos Bianchi, ya retirado de la actividad.

Comentó Alfaro hace unos días ante la inminencia de superar en puntos el arranque del Virrey en Boca en 2003: “A Bianchi no le lustro ni los zapatos”. Y después del 2-0 a Banfield del pasado viernes, cuando la marca fue superada (conquistó 30 puntos sobre 39 posibles), afirmó: “Es imposible compararme con Bianchi. Carlos es una figura sublime”.

Es cierto, Bianchi ya quedó inscripto en las páginas gloriosas de la historia boquense. Pero Alfaro, fiel a ese instinto de hombre que pretende quedar muy bien parado frente a un poder simbólico, se rebajó utilizando un lugar común muy afín a la obsecuencia: “No le lustro ni los zapatos”.

Pareció demasiado. Semejante grado de admiración no la había manifestado antes. Sería como si estuviera en River y planteara que “a Labruna no le lustro los zapatos”. Lo mismo si fuera entrenador de Independiente y recordara al Pato Pastoriza. O en Estudiantes a Osvaldo Zubeldía. O en Ferro a Carlos Griguol. O en Huracán a Menotti. O en Racing a Tito Pizzuti. O en San Lorenzo al brasileño Tim. O en Central al Viejo Zof. O en Newell’s a Bielsa.

Alfaro sabe jugar esta clase de partidos tan particulares buscando alimentar su capital político. No habría que olvidarse que apenas arribó a Boca le faltó muy poco para canonizar a Carlos Tevez. Habló de que era “un abanderado del equipo y un auténtico emblema a la altura de Riquelme y Rojitas”.

Estas caracterizaciones que surgen de Alfaro no son construcciones totalmente espontáneas. Están colocadas arriba de la mesa para acariciar en ciertas circunstancias corazones sensibles. Ahora, justo ahora, comienza a extenderse por la pradera del fútbol nacional la versión de que Alfaro está armando un equipo a la medida de lo que fue aquel Boca multicampeón que dirigió Bianchi en sus dos primeras etapas en el club.

Y en aras de ese diseño se interpreta que Alfaro tiene como fuente de inspiración a Bianchi. Porque los métodos nada sofisticados del Virrey serían los que siempre reivindicó. Si Alfaro se mira en el espejo de Bianchi es una novedad que el ambiente del fútbol argentino desconocía. Y quizás Alfaro también hasta que se vinculó a Boca hace tres meses.

En otro plano, la buena marcha que hoy registra Boca se asoma mucho más firme y efectiva en los resultados que obtiene que en los desarrollos de los partidos. Y esto es peligroso para el equipo. ¿Por qué? Porque existe la posibilidad concreta de que se enamore de su gran eficacia ofensiva. De jugar con la regla de cálculo debajo del brazo. Y de resignar la elaboración en virtud de su contundencia.

Es verdad, aquel Boca de Bianchi tenía juego directo, pero además elaboraba. Primero con Riquelme y después sin Riquelme, ya despojado el equipo de su pausa inteligente. Alfaro, quien venía repitiendo que estaba muchísimo más cerca del retiro que de proyectarse en el tiempo, vive por estos días una primavera que no imaginaba.

¿Si todo esto lo desvela? Nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que el hombre de 56 años quiere transmitir que la adrenalina que lo activa es la que siempre lo acompañó. Y no es así. Boca, en este punto, también produce transformaciones que cada uno procesa como puede. Y no como quiere.

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