Las asimetrías y diferencias de nivel futbolístico entre los dos equipos están muy presentes en la previa del partido, lo que no necesariamente significa que está todo resuelto, porque la posibilidad de trascender los propios límites obligan a ejercer una prudencia políticamente correcta

Se percibe. Se huele. Se adivina. Boca le teme a River. Le tiene miedo como quizás nunca le tuvo. Y esa potente sensación nunca deja de causar efectos, aunque se intente disimularlos. Porque los miedos siempre se tapan, se ocultan, se niegan. Son como esas zonas erróneas que queremos conservar en la intimidad para no quedar expuestos a las miradas y paladares ajenos.

El partido de este martes por una de las semifinales de la Copa Libertadores que van a disputar Boca-River en La Bombonera está capturado por el miedo a perder. No es que River no sienta nada en particular en la inminencia de un desafío decisivo. Pero es sencillo advertir que llega al encuentro respaldado por antecedentes que lo enfocan como un equipo claramente superior a su adversario. Superior en juego y en ese valor intangible pero real que es la plenitud anímica. Y se exhiben esas fortalezas. La ven todos. Hasta los que no quieren verlas.

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Boca, por el contrario, denuncia una figura claudicante, fallida, insolvente. Y revela aunque es lo último que pretendiera revelar, que lo persiguen los duelos que en los últimos cinco años viene perdiendo ante River, desde aquella semifinal por la Copa Sudamericana de 2014 cuando Leo Pisculichi con un zurdazo quirúrgico al segundo palo de Agustín Orión clavó un gol definitorio que comenzó a dibujar un nuevo rumbo en la historia de los Superclásicos.

A partir de allí, todo lo importante fue de River. Eliminó a Boca en los octavos de final de la Copa Libertadores 2015 con el recordado episodio del gas pimienta. En 2018 venció a Boca en Mendoza por la final de la Supercopa Argentina. Y también en 2018 derrotó a Boca en la final de la Copa Libertadores, en Madrid. Ahora, otro mano a mano en que River ya pegó primero con el módico 2-0 del 1º de octubre en el Monumental. ¿Por qué módico? Porque River en el marco del desarrollo del partido pudo conquistar una ventaja más amplia, más holgada y más contundente. Boca estaba para la gran boleta. Y zafó.

Se suele decir en estos casos que tiene otra vida. Habrá que ver cuál es la calidad de vida que puede expresar en La Bombonera. Lo único que le queda es desbordar a River, que no está defendiendo bien los espacios. No desbordarlo con fútbol porque no lo tiene. Desbordarlo desde el empuje y el ímpetu que intentará mostrar, por lo menos como punto de partida.

La esperanza de Boca está depositada en el escenario emotivo. No en el juego colectivo. No en la elaboración. No en la circulación de la pelota. No en la inteligencia para interpretar las necesidades del partido. Todo eso, hoy es patrimonio de River. Boca es la excitación, el voluntarismo y la incertidumbre. Allí, en ese territorio completamente alejado del funcionamiento, se afirma su ilusión. ¿Será suficiente? En el fútbol nadie sabe nada. Y nadie puede anticipar las coordenadas de ningún partido.

Lo que no pueden negarse son las notables asimetrías futbolísticas entre Boca y River. Todo lo que tiene uno. Y todo lo que le falta al otro. Sin embargo, nada está escrito. Porque nadie gana en la víspera. El Maracanazo de Uruguay en 1950 cuando se llevó el Mundial de Brasil en un estadio congelado, fue la síntesis más perfecta y abrumadora de la anarquía saludable que gobierna al fenómeno del fútbol.

Boca quizás tendría que inspirarse en aquel Maracanazo que se construyó hace 69 años en Río de Janeiro. Porque en los papeles no tiene chances. En la previa del partido está fuera de combate. En el análisis siempre subjetivo, pierde. En el único lugar donde todavía no perdió es en la cancha de Boca. Es el billete de lotería que guarda en la mesita de luz. Es la fe en el caso que la tenga. Es la parte de la religión en el caso que profese una religión.

Independiente en la final del Nacional de 1977 que se jugó el 25 de enero de 1978 frente a Talleres en Córdoba, perdía 2-1 con ocho jugadores por las expulsiones apresuradas de Trossero, Galván y Larrosa. Y se coronó campeón con ese golazo crepuscular de Bochini cuando todo hacía presumir que Talleres se quedaba con la gloria y con una estafa deportiva casi sin equivalencias.

La diferencia es que Independiente tenía un formidable equipo, aun en la gran adversidad. Y un gran técnico como el Pato Pastoriza. Boca no tiene un formidable equipo ni un gran entrenador. Lo de Independiente fue una hazaña. La respuesta de Boca por ahí tendría que andar, considerando que debe levantar un 0-2 y que un gol de River lo obligaría a hacer cuatro para clasificar.

En Boca se lee una especie de súplica comprensible: no nos den por muertos. Tienen razón. Es la posibilidad de trascender los propios límites. Y los miedos que en Boca, naturalmente, nadie blanquea. Pero que son inocultables. Tan inocultables que cualquiera los puede ver

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