Las imágenes siempre evocadas de Italia 90 devuelven al presente la calidad y esa sintonía fina de un punta siempre reivindicado por Maradona y que hasta el momento no pudo tener en la Selección ningún heredero     

El Mundial de Italia 90, muy sensible a la emotividad de los argentinos, dejó algunas sensaciones muy potentes, que hoy a 30 años de aquella final disputada por la Selección frente a Alemania en el Estadio Olímpico de Roma, sigue dejando un amplio espacio para que las memorias del fútbol continúen floreciendo.

Más allá de Bilardo, de los cuatro penales que atajó Goycochea (dos a Yugoslavia en cuartos y dos a Italia en semifinales), del tobillo hecho pelota de Maradona y del penal inventado que en la final el árbitro uruguayo nacionalizado mexicano, Edgardo Codesal, le regaló a los alemanes, se filtra una observación ineludible: el desequilibrio y la frescura ofensiva que hace tres décadas revelaba Claudio Caniggia.

La figura de Caniggia nunca tuvo en la Selección un reemplazo a su altura. No porque solo pongamos en primerísimo plano sus dos goles determinantes ante Brasil e Italia. Aquel Caniggia atrevido, encarador, potente, veloz como muy pocos y con un registro de fútbol de ataque de altísimo impacto, supo expresar durante el desarrollo del Mundial que era un crack sin pinta de crack.

Porque nunca se lo consideró a Caniggia como un crack. Ni aquí ni en Europa. Se lo calificó como un delantero que podía autoabastecerse, muy influyente en la dinámica de cualquier partido, agresivo y filoso para ganar en el uno contra uno, pero esa chapa de crack que ostentan los elegidos no formó parte de su estuche futbolístico.

Como si no alcanzara a dar el target de un crack consumado. Pero en realidad lo era. Con o sin la compañía irrepetible de Maradona. Quizás Diego fue quien en privado y en público más lo valoró y reconoció. Y hasta por aquellos días pudo haber quedado la imagen de cierta exageración de Maradona a la hora de destacar las notables cualidades de ese flaquito de pelo largo, de Henderson, que por instantes parecía volar en el terreno cuando metía la quinta marcha con absoluta naturalidad.

Ese Caniggia desbordante tenía extraordinarias condiciones para barrer todo el frente de ataque. Para ser punta o media punta. Para ir por derecha, por el centro o por la izquierda. Para entrar y salir de la jugada sin acusar ni denunciar problemas de perfil. O para arrancar y en pocos metros congelar a un rival amagando sobre la pelota a máxima velocidad.

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Se construyó en soledad, Caniggia, aunque en no pocas oportunidades haya rescatado a Bilardo en su rol de entrenador. También habría que señalar que Bilardo cuestionaba en privado cierta indolencia que siempre aparentó el delantero. Y dudaba de convocarlo al Mundial de Italia. Y mucho más dudaba de incluirlo como titular, hasta que saltó a la cancha en el segundo tiempo frente a Camerún, cuando a pesar de la derrota por 1-0 terminó armando unos desparramos inolvidables que lo confirmaron como un jugador fundamental en la estructura del equipo.

Bancado a full por Maradona, quién siempre lo vio como un punta con alta capacidad de resolución ofensiva, Caniggia construyó en Italia 90 la fuente de inspiración de una gran variedad de delanteros identificados con su línea y su juego.

La realidad es que nadie logró ser su heredero. Constituido en un jugador muy funcional a integrar un equipo de ataque o un equipo contragolpeador, sus características físicas, técnicas y su versatilidad estratégica lo ubicaron en el podio de los irreemplazables.

La Selección nunca encontró a alguien ni siquiera parecido. El crack que no tiene el perfil clásico de un crack (como en otro estilo, por ejemplo, lo fue Bochini y también Riquelme), nos sigue devolviendo imágenes de su pasado que las memorias del fútbol argentino siempre agradecen. Casi como volver a ver los flashes de un viaje inolvidable.

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