Desde su despedida de la Selección luego de la Copa América en 2007, nunca más encontró Argentina un central de gran jerarquía que respalde al equipo, lo que nos proyecta a unas palabras de Aguirre Suárez cuando planteó que siempre jugó de dos "para defender a los pobres".

Aquel miércoles 22 de agosto de 2001, Ramón Alberto Aguirre Suárez (durísimo zaguero central de ese Estudiantes multicampeón de la década del 60, fallecido el 29 de mayo de 2013), nos explicó en el marco de una entrevista para la revista El Gráfico, algo que seguimos recordando casi como una confesión existencial: “Siempre jugué de dos. Ya en Tucumán desde chico ese era mi puesto. Yo sentía que jugando de dos defendía a los pobres. No sé, no me pregunten, pero es lo que sentía siendo el último hombre de la línea de fondo. Y me gustaba muchísimo esa historia de defender a los pobres y de estar donde le hiciera falta al equipo, porque en el fútbol si no hay equipo no hay nada. Es más: el equipo es todo”.

Antes de arrancar el diálogo en una pequeña parrilla céntrica de La Plata, nos dijo a modo de presentación: “Mire que a mí no me gustan nada los periodistas. Desconfío de lo que hablan y de lo que escriben”. Le respondimos en tono solemne que entonces habíamos empezado bien y que coincidíamos, porque nosotros también desconfiábamos de los periodistas.

El Negro Aguirre Suárez, recio, rocoso, granítico, vehemente y por momentos violento, en sintonía con el clima de época del fútbol argentino, atinó a sonreírse, quizás algo sorprendido por ese reconocimiento. El hombre que después de una hora larga nos había hecho partícipe de esa estupenda película de jugar de dos “para defender a los pobres”, parecía un amigo de toda la vida.

Aquel Estudiantes utilitario y ventajero dirigido por Osvaldo Zubeldía construyó una muralla delante de ese formidable arquero que fue el Flaco Alberto Poletti. Aguirre Suárez fue el temerario defensor que barría el fondo. Y lo barría sin sutilezas de ninguna naturaleza. A todo o nada. Es tan así que en aquel ida y vuelta que compartimos con él durante un mediodía que se prolongó hasta el atardecer, nos reveló un pensamiento (título de la nota) de una potencia inapelable: “No fui Drácula ni la Madre Teresa”.

Evocamos ese encuentro a la distancia para ubicarnos en el presente. Y sobre todo en el presente de la Selección nacional. No es que esta Selección que conduce Lionel Scaloni que tiene en el horizonte próximo los cruces ante Chile el 5 de septiembre en Los Angeles y frente a México el 10 en Texas, esté necesitando un número dos hecho a imagen y semejanza de Aguirre Suárez. Esta no es la idea.

Pero lo evidente es que le falta un central que “defienda a los pobres”. Un central de gran jerarquía. No lo tiene hoy la Selección. En la reciente convocatoria aparecen Nicolás Otamendi, Germán Pezzella, Leonardo Balerdi, Lucas Martinez Quarta y Nicolás Figal, más el regreso de Marcos Rojo, que puede actuar de lateral y de segundo central.

El dos, el último hombre con relieve de figura impasable, aunque nadie lo sea en realidad, no se perfila en el plantel. El último exponente de categoría probada que tuvo la Selección en esa función fue Roberto Fabián Ayala, quien se despidió vistiendo la camiseta argentina en la Copa América de 2007, en Venezuela, con aquella derrota en la final por 3-0 contra Brasil.

Después de él, nadie más se adueñó del puesto ni quedó en la memoria de los hinchas como un protagonista muy importante de la Selección. Ayala cerró esa etapa que no encontró grandes continuadores o herederos. Otamendi parecía encarnar al central que reunía las mejores condiciones. Pero nunca se estabilizó. Nunca, en definitiva, se consolidó como un auténtico indiscutible.

Y la Selección continuó buscando a ese jugador. Al símbolo del dos que banca fuerte al equipo. Como, por ejemplo, lo bancaba Aguirre Suárez a Estudiantes, Roberto Perfumo a Racing y River, Hacha Brava Navarro y Hugo Villaverde a Independiente, Héctor Cuper a Ferro, José María Silvero, Julio Meléndez y el Patrón Bermúdez a Boca y Roberto Trotta a Vélez, entre otros intérpretes muy influyentes de la solvencia defensiva.

Ese jugador, esa bandera, ese escudo que protege el área propia como si fuese su casa, no está en cartelera. Y la Selección lo viene padeciendo en todas las competencias. No porque los que juegan ahí sean hojas en el viento. Pero no denuncian fortalezas determinantes. El que más se mantiene es Otamendi, aunque en el Manchester City de Pep Guardiola no es un titular fijo. El resto, son pruebas. En esas pruebas el que rindió bien en la Copa América de Brasil, aunque ahora no ha sido citado, fue Juan Marcos Foith en la plaza de lateral aunque también puede actuar de central.

La preocupación por las flaquezas que revela la Selección en el centro de la defensa no son ajenas al cuerpo técnico que lidera Scaloni. Son motivo de charlas frecuentes con sus colaboradores Roberto Ayala y Walter Samuel. E incluso el Flaco Menotti también enfoca esa área. La imperiosa necesidad de hallar una respuesta defensiva más sólida para respaldar las aspiraciones del equipo no es una cuestión accesoria. Sin jerarquía atrás, la estructura colectiva se debilita.

A falta de grandes defensores capaces de resolver en el uno contra uno desde la capacidad individual, es condición excluyente encontrar un buen funcionamiento. Y “defender a los pobres” con la convicción altruista del Negro Aguirre Suárez

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