Nunca se reivindicó como un arquero, porque siempre explicó que él se sentía un jugador que en el área podía utilizar las manos y esa ventaja la capitalizó con un talento que lo convirtió en un intérprete con particularidades destacadísimas.

“El tiempo no para”, cantaba Cazuza, ese gran poeta y músico brasileño, fallecido el 7 de julio de 1990, con apenas 32 años, victimizado por el HIV. Es cierto, el tiempo no se detiene nunca. Quizás alcanzaría con recordar que hoy lunes 19 de agosto, Hugo Orlando Gatti cumple 75 años.

El Loco Gatti, cuando andaba por los 44, decía que viviendo una década más estaba hecho. Que no soportaría la decrepitud. Y muchísimo menos estar gordo. “Antes me pego un tiro”, sostenía.

La pasó mal el Loco el año pasado cuando tuvo que internarse de urgencia por tener dos arterias tapadas y un corazón claudicante. Ahí, en tiempo de descuento, ese arquero total que siempre fue Gatti, logró anticiparse al ocaso. Y siguió. “Yo nunca me hice controles de ningún tipo, pero ahora tengo que hacerlos”, planteó ya recuperado.

Esa máscara de tipo imbatible la supo mantener a pesar de las adversidades que no le perdonan la vida a nadie. Ni a los que vuelan ni a los que sienten el temblor bajo sus pies. La realidad es que Gatti fue uno de los protagonistas del fútbol que le hizo bien al fútbol. Es cierto, hay muchos que fueron y van en esa dirección, pero no todos.

Inspirado en esa gloria que expresó el gran Amadeo Carrizo, el Loco tuvo alas y atrevimiento para resignificar la función de arquero. Amadeo fue el creador del arquero que veía lejos. Gatti pretendió ver más lejos que Amadeo. Adivinar la jugada del rival. Anticiparla. No volar por volar. No vender destrezas físicas. No ser un atleta consagrado de los tres palos. No, eso no. El quería leer el partido. Leer las jugadas. Y quedarse con la pelota jugando al achique.

Si achicó más o menos que Amadeo, no es relevante. Nunca lo acompañó la carrocería. No imponía respeto a partir de su delgadez, sus piernas flacas sin músculos y una leve inclinación de su espalda. Pero tenía lo que no se compra ni se adquiere: talento. Y ausencia de miedo. O en todo caso un miedo controlado.

“Yo supero el cagazo”, nos comentó hace unos años en una casona de San Isidro. Y agregó convencido: “El cagazo siempre está. En algún momento lo tenemos todos por distintas cosas que pasan. Pero esas batallas las gané. El arquero que se caga se muere debajo del arco. Y eso yo no me lo podía permitir. Tenía que seguir jugando como siempre jugué. Arriesgando. Tomando iniciativas. Saliendo a cortar en un mano a mano al descampado, poniendo la carita. Y lo hice sin dejarme vencer por las dudas. Aquel que en el fútbol duda, pierde”.

La convicción del Loco fue abrumadora. Tuvo competencias dentro de su estilo: Néstor Errea, Alberto Poletti, Angel David Comizzo, Carlos Fernando Navarro Montoya, Germán Burgos y otros de menor alcance. Pero Gatti fue el auténtico heredero de la escuela clásica y moderna de Amadeo, al que chicaneaba en privado y en público cuando se incorporó a River en 1964.

Sabía venderse en ese arte sinuoso del hombre que hace lobby a favor de sus condiciones. En ese punto de la autopromoción también fue un verdadero adelantado. Gatti se construyó el perfil del transgresor que no ofende, que no despierta enojos, que no hiere, que no somete. Y que por el contrario, genera empatías con audiencias que trascienden el color de la camiseta que defendía.

Por eso no sufrió grandes rechazos. Ni insultos de tribunas ajenas. Promovió adhesiones. Cultivó elogios. Y le dio al fútbol un barniz de optimismo que iba más allá de su productividad específica. Porque despertaba interés verlo. “Ojo que yo no atajo, yo juego”, sostenía una y otra vez. Y fue creíble.

Esa actitud de jugar aun al borde del abismo no la resignó nunca. Ni en Atlanta donde debutó en Primera el 5 de agosto de 1962, ni en Gimnasia, ni en Unión, ni en Boca donde se despidió cuando el Pato Pastoriza en su rol de entrenador, el 11 de septiembre de 1988 en el partido ante Deportivo Armenio, le bajó la cortina. El Loco quería continuar. Decía que a los 44 años estaba entero. No era cierto. El lo sabía. Porque lo sabían todos. Pero no quería irse como se fue, reemplazado de la noche a la mañana por el Mono Navarro Montoya.

Por supuesto que dejó un legado, Gatti, por encima de todo lo que ganó o perdió. Su figura contempló lo que no suele contemplarse: la generosidad con el espectáculo. Y la profesionalización alejada de solemnidades caretas. Atrapó a generaciones de hinchas de fútbol. Y siempre transmitió su pasión por el juego. Aquí o en España, donde vive por lo menos seis meses al año, participando como panelista en un programa como los que abundan en la televisión argentina.

Ese es otro Gatti. El que nos queda flotando en la memoria es el de la vincha, el pelo largo, las bermudas, las medias caídas, la piel descansando en el sol y su calidad para entender la dimensión del tiempo y el espacio. La comprensión certera de esas coordenadas le permitieron elegirse y ser un elegido. Por eso que hoy el Loco cumpla 75 años nos parece un número que impacta.

“El tiempo no para”, cantaba a fines de los 80 el malogrado y brillante Cazuza. Tenía razón. Pero además el tiempo no olvida.

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