Las semillas que el entrenador arrojó en Rosario Central las terminó cosechando en Racing con un equipo que desarrolló un fútbol ofensivo y que supo encontrar la medida de un buen funcionamiento para consagrarse campeón, más allá de algunas sombras imposibles de ocultar.

La consagración de Racing en la sobrecalificada Superliga ubica a Eduardo Coudet en el escenario que venía buscando con una perseverancia reconocida: salir campeón. Y salió campeón Coudet conduciendo a un buen equipo como lo es Racing. No un gran equipo. Tampoco un equipazo. Podrá serlo en el futuro, pero hoy no alcanza esa valoración.

A diferencia del campeonato que ganó Mostaza Merlo en el 2001 y de Diego Cocca en 2014, esta coronación de la Academia llegó a partir de una oferta de fútbol que salvo un par de rendimientos mediocres, fue ambiciosa. Fútbol ofensivo, en definitiva con mayores o menores luces.

En cambio, el equipo que dirigió Merlo se caracterizó más por el empuje y la lucha que por la elaboración, mientras que aquel Racing de Cocca terminó siendo colonizado por el contraataque y por la polenta desequilibrante de Gustavo Bou, en estado de gracia durante esa etapa.

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Coudet le dio a Racing una convicción para ganar los partidos tomando iniciativas. Esto que quizás no parezca importante, es muy significativo porque revela una manera de interpretar el juego. Cuando Coudet le propuso al equipo especular, resignando el control estratégico del partido, Racing ante River quedó reducido a la figura de un partenaire. Perdió con baile incluido 2-0 en el Monumental (el 29 de agosto de 2018 había caído 3-0 por los octavos de final de la Copa Libertadores) y las cifras pudieron ser catastróficas. Frente a Independiente ganó 3-1, pero el resultado confundió a más de uno: no dominó Racing el encuentro y por largos pasajes fue superado por su rival. Claro que el triunfo tapó todo.

Racing fue Racing cuando fue al frente. Cuando intentó y logró imponer condiciones de local y de visitante. Cuando se plantó en el rol de banca y no de punto. Cuando pretendió ser frío y calculador, se expuso y mostró su cara más frágil y permeable. Porque Coudet, ni antes como jugador ni ahora como técnico, se siente pleno cuando retrocede y se ve obligado por las circunstancias del desarrollo a defender los espacios. Él siempre fue un volante con más ida que regreso. Con más predisposición a atacar que a volver. Como entrenador, igual. Proponer lo contrario, como lo hizo en un par de oportunidades, puede salirle bien como ocurrió ante Independiente, pero no expresa el pensamiento futbolístico que lo identifica. Ni es el libreto que mejor lo interpela.

Decir que en la actualidad Coudet ya es un gran técnico a favor del título que conquistó con Racing, no deja de ser una observación imprudente y también oportunista. Quizás habría que recordar lo que nos explicó hace varios años Menotti (con quien el Chacho mantiene una buena relación producto de los largos encuentros que tuvo en México en el segundo semestre de 2007, cuando el Flaco dirigía a Tecos y él jugaba para San Luis y luego para Necaxa) a propósito de los tiempos para hallarle un rumbo perdurable a una profesión: “Yo recién me sentí entrenador cuando estuve en el Barcelona en el 83. Y eso que ya había salido campeón con Huracán en el 73 y había manejado la Selección durante ocho años en dos mundiales, más allá de mi paso por los juveniles en aquel equipazo que se consagró campeón en Japón en el 79 con Maradona, el Pelado Díaz y otros pibes que brillaron”.

El tránsito de Coudet como entrenador es, sin dudas, valioso. O muy valioso. Pero tiene que superar obstáculos. ¿Cuáles? Por ejemplo, no repetir la mala praxis que denunció con Ricardo Centurión, al que el plantel le terminó dando la espalda y los hinchas silbándolo (aún en su ausencia) en la noche de coronación, con una crueldad innecesaria.

En este episodio que se le fue de las manos, aunque parezca lo contrario, Coudet quedó mal parado y rehén de la posición inicial que adoptó. Un conductor o líder de un grupo no debería exhibir su imposibilidad de armonizar con un jugador ni apelar desde el facilismo punitivista a sanciones extremas que estigmatizan a un futbolista. No es un síntoma de fortaleza y autoridad excluir, separar y borrar a un jugador de naturaleza vulnerable como lo hizo con Centurión. Por el contrario: es un síntoma evidente de debilidad manifiesta para resolver un conflicto que por otra parte no resolvió, aunque amplios sectores de la prensa lo hayan respaldado.

Como es otro síntoma de debilidad, victimizarse (“Racing es el club grande pero no el poderoso”, dijo el 15 de marzo enfocando a Defensa y Justicia), agarrarse la cabeza con desesperación, agitar los brazos sin dar una indicación clara y gritar por gritar al costado del campo de juego mientras se juega un partido. Podría comentarse que Coudet está aprendiendo, como tantos otros de sus colegas. Aprendiendo la profesión. Como todos tenemos que seguir aprendiendo lo que en algún momento elegimos. Pero tendría que controlarse porque esa imagen que suele brindar lo muestra indefenso y muy sensible a la crítica.

Si a Coudet lo banca más o menos Menotti o si goza de su simpatía, no acerca ningún dato concreto ni relevante. Menotti también supo reconocer a Gallardo, Guillermo Barros Schelotto, Alfaro, Almirón y Beccacece.

Coudet integra esa lista. “Armó un equipo de la nada”, dijo el Flaco hace algunas semanas. La sentencia del director de selecciones nacionales le subió el precio al técnico de Racing, quien hoy mira el panorama desde las alturas que facilita la victoria.

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