Hace 16 años, el escritor Ernesto Sábato, en su biblioteca de su casa en Santos Lugares, reivindicaba al fútbol como una expresión que contenía "una belleza artística". Y elogió a Maradona. Riquelme también reivindica ese fútbol. Y ese arte inclasificable que nadie puede controlar ni transferir.
   Dos horas antes del mediodía del martes 27 de de enero de 1998, en la biblioteca de su casa de Santos Lugares, el extinto escritor argentino, Ernesto Sábato, después de reconocer su admiración por Maradona y su deseo de haber sido protagonista de aquel golazo inolvidable que Diego le convirtió a Inglaterra en México 86 ("¿A quién no le hubiera gustado meter ese gol?", se preguntó convencido), nos explicó en el marco de una entrevista concedida a la revista El Gráfico, lo que para él representaba el fútbol: "Siempre pensé que el fútbol muy bien jugado contenía una belleza artística. Por eso siempre lo disfruté. Porque es un arte lo que hacen algunos jugadores. Como Maradona, por ejemplo".

   Si consagramos y adherimos a aquellas palabras que Sabato pronunció hace 16 años, habría que suscribir, sin dudas, que Juan Román Riquelme también reivindica el arte aplicado al fútbol. Porque juega como un artista. En otra dimensión a la que frecuentó Maradona, pero tributando en los escenarios de la creación. 

   Ese artista irrepetible que es Riquelme, más allá de jugar por estos días en Argentinos Juniors y generar que el presidente de Boca, Daniel Angelici tuviera que decir contra su voluntad que "si Arruabarrena me pide por Riqueme, lo charlaría con él"; es indudable que ya dejó un legado para las futuras  generaciones.

   Lo más valioso es que Román a los 36 años, sigue encarnando lo mejor del fútbol. No por los goles o golazos que conquistó. Ni por los títulos que ganó en su extensa y estupenda carrera. Su legado es el conocimiento para abordar el juego. Allí, en ese campo interminable del conocimiento, radica lo fundamental. 

   "El fútbol es simple; el tema es que hay técnicos que lo quieren hacer muy complicado", afirmó Riquelme en su primera etapa en Boca. Se refería a búsquedas tácticas muy pretenciosas. Y a esa necesidad tilinga de algunos entrenadores de distinguirse y preocuparse más por el esquema y el dibujo táctico que por el juego colectivo.

   Riquelme siempre resistió, sin claudicaciones, los embates del fútbol laboratorista. Del fútbol encerrado en un pizarrón. Del fútbol que quieren promocionar y vender los chantas profesionalizados que están en todos los ambientes y en todas las áreas. El, en cambio, es uno de los grandes cultores del fútbol pensado, entendido y ejecutado. Como lo fueron antecesores ilustres de Boca de la talla de Angel Clemente Rojas y el Beto Márcico, por citar apenas dos casos notables.

   Nunca creyó Riquelme en las recetas milagrosas que los profetas del fútbol chamuyado suelen insistir en colocar en primer plano. Porque no puede existir nada predeterminado en el fútbol. Todo es espontáneo, hasta lo que no pretende serlo. El gran secreto sigue siendo el engaño, el tiempo y el espacio. En ese territorio que dominan los cracks, el ex 10 de Boca y hoy de Argentinos, sacó ventajas indescontables. Por eso convierte en simple lo complejo. Porque juega y piensa antes que el resto. 

   Ya no quedan jugadores de la estirpe y el talento de Riquelme. Ni aquí ni en otras geografías más cercanas o lejanas. Increíblemente, no son pocos a los que Riquelme continúa perturbando con su fútbol. Porque parece irritarles su fútbol. Y sus formas. Y sus palabras o silencios. Son los que quieren uniformar todo. Y controlar todo para quedarse tranquilos. Son los mediocres y los reaccionarios de siempre. El problema es que Riquelme una y otra vez los deja en ridículo.

   Y los expone. Los desnuda. A los que tienen un poder prestado. Y a los cruzados obedientes que hacen fila para tenerlo. Mientras tanto, seguirá jugando Román. En Argentinos y probablemente mañana con otra camiseta. Y hará lo de siempre. Le dará al fútbol "una belleza artística". Como interpretaba Ernesto Sábato en aquel mediodía del martes 27 de enero de 1998.            
 
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