El cruce decisivo de River-Boca en Madrid por la final de la Copa Libertadores, trasciende largamente el espinel futbolístico y adquiere una relevancia y una influencia que se expande a otros escenarios.

El partidito o el partidazo que podrá jugarse este domingo en el estadio Santiago Bernabeu entre River y Boca por la final de la Copa Libertadores encierra un dato de la realidad inobjetable: se reconvirtió en una cuestión de Estado.

Así lo entendió el presidente de la Nación, Mauricio Macri, cuando en los días previos a los dos Superclásicos expresó en los medios y redes sociales su deseo de que se organizaran con público visitante, considerando que “es una oportunidad de demostrar madurez y que estamos cambiando y que se puede jugar en paz”.

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Ese deseo se frustró rápidamente. Ni las autoridades de Boca y River aceptaron esa posibilidad que les ofrecía Macri planteando cuestiones de logística y sin decirlo públicamente, dudando de la seguridad que podían tener los espectáculos.

Seguridad que por otra parte no existió en las proximidades del Monumental cuando Boca visitó a River el pasado sábado 24 de noviembre y el micro que trasladaba al plantel, en una zona liberada, fue vandalizado por una lluvia de piedras.

Boca fue víctima, pero también sobreactuó in extremis su victimización para tratar de obtener una ventaja deportiva determinante y ganar la Copa Libertadores en los escritorios de la Conmebol, recordando su eliminación ante River por los octavos de final de la Copa en 2015, cuando el episodio del gas pimienta lo sacó de la competencia.

Si es sumamente importante para River la resolución final del duelo en Madrid, para Boca es crucial. Lo sabe su presidente Daniel Angelici, vapuleado por los hinchas en las últimas semanas. Lo sabe el titular de AFA, Claudio Tapia, quien llegó a ese cargo en una operación y articulación política que trascendió el ámbito del fútbol. Y por supuesto lo sabe Macri, incluso desde su prolongada experiencia como presidente del club en el período 1995-2007.

Una derrota de River tendría efectos futbolísticos potentes. En cambio, una derrota de Boca (hoy el club con mayor poder simbólico y real del fútbol argentino) proyectaría sombras muy amenazantes sobre hombres muy próximos a Macri.

En este caso, Angelici, quien como uno de los protagonistas influyentes del círculo rojo de Macri, no debe desconocer en absoluto todo lo que se juega en términos de presente y futuro inmediato. Porque Boca, más allá de su folklore, su gloria, su liturgia y su enorme penetración en las clases populares, es un espacio de poder muy sensible y funcional a lo que se caracteriza como el oficialismo gubernamental que gira alrededor de la figura de Macri.

El triunfo de River será solo el triunfo de River. El triunfo de Boca también será el triunfo de otros espacios que interactúan y empatizan con Boca. Por eso esta versión del Superclásico offshore a jugarse en Madrid adquiere relieves de alcance político que le dan una entidad y una dimensión que en su desarrollo histórico en muy pocas oportunidades tuvo.

El partidito o partidazo que construirán los jugadores y la chapa final marcada a fuego, será un punto de partida. La llegada tiene final abierto.

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