El hombre de 35 años hoy juega más afuera que adentro de la cancha. Arma estrategias, construye políticas, opera en las luces y en las sombras y convierte a Carlos Bianchi casi en un subordinado. El poder que detesta es también el poder que ostenta.
 "Yo soy menos inteligente de lo que los periodistas suponen que soy", afirmó hace unos meses Juan Román Riquelme, midiendo cada palabra y cada silencio en una de las tantas conferencias de prensa que brindó. Siempre cultivó la ironía el ídolo de Boca. Se siente a gusto en ese territorio. Porque esa ironía y falsa modestia también contempla el engaño y la simulación.

   Sabe engañar y simular adentro y afuera de la cancha, Román. Adentro, piensa mejor que la mayoría de sus colegas. Interpreta lo que otros no entienden. Ve lo que otros ni espían. Y sabe lo que otros desconocen, aunque los 36 años que cumplirá el próximo 24 de junio le pasan la factura de los tiempos biológicos que padecen los jugadores.

   En el crepúsculo inevitable de su brillante carrera hace lo que siempre pretendió hacer: liderar. Y lidera aunque lo niegue con cara de "yo no fui". Arma y desarma estrategias. Construye políticas de comunicación que trascienden la dinámica de un equipo de fútbol. Opera en las luces y en las sombras.

   Y disfruta de una ascendencia que la plana mayor de Boca no puede desarticular. Ni antes bajo la presidencia de Mauricio Macri ni ahora con Daniel Angelici. Riquelme siempre detestó los espacios de poder que le eran ajenos y a los protagonistas de esos espacios. En este caso el espacio de poder que ostentan los dirigentes, a los que desde que era un adolescente miró con gran desconfianza. Después, con los años, a esa desconfianza inicial le sumó desprecio. Tanto que a la raza de los dirigentes los clasificó con una palabra que no admite ambiguedades: "ratis".  
  
 "Es un líder negativo", exclamó hace unos años Angelici, refiriéndose a Riquelme. La relación, con muchos sobresaltos, posteriormente se recompuso. Un frágil matrimonio por conveniencia, en definitiva. Se bancan o se soportan porque no les queda otra. Esos mundos enfrentados entre el titular xeneize y el máximo exponente futbolístico del club, quizás pueda expresar el tránsito demasiado errático y desconcertante que viene acompañando a Boca, aún con la conducción de Carlos Bianchi.

   Plantear sin elegancia que Riquelme minimizó el poder de Bianchi parece un juicio temerario. Pero es lo que se deja ver. Lo que se transmite. Lo que se percibe. Ya sabía el Virrey que corría estos riesgos en el caso de volver a reencontrarse con Román. En los círculos muy cerrados que frecuentan a Bianchi, unas palabras certeras alertaron sobre esta posibilidad: "Riquelme ya no es el mismo pibe dócil de antes. Carlos no lo desconoce. Por eso mientras esté Román en el plantel, él no va a regresar a Boca para ahorrarse problemas".

   Cuando Bianchi retornó en el arranque de 2013 para inaugurar su tercer ciclo, Riquelme estaba afuera de Boca desde hacía 6 meses. Pero apenas empezó el año y después de una derrota de verano ante River, volvió. Casi con más ausencias que presencias en el equipo, pero sin resignar influencias ni poder.

   Esa pulsión de Román por bajar línea más allá de los límites de una cancha, se transmite en vivo y en directo en cada intervención suya. En los silencios que promueve y en las respuestas que medita. En lo que da, en lo que quita y en lo que les pide a los pocos periodistas con los que mantiene un contacto recíproco para enviar sus mensajes.   

   Las circunstancias indican que el hombre nunca da puntada sin hilo. Regula los tiempos. Especula. Mide. Manda. Y ejecuta. Con la pelota, cada vez manda y ejecuta menos, aunque igual su fútbol no lo negocia.

   Sin la pelota, maneja todo. Hasta a los fotógrafos para que lo retraten en la tapa de los diarios cuando abre los brazos, se queda congelado un par de segundos festejando un gol y los invita a que lo conviertan en una postal.

   Y la postal reivindica su deseo. Ser Riquelme en todos lados.            
      

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