Riquelme, hasta por cuestiones de orígenes y clase social, nunca soportó la presencia, los modos, las chicanas, los desconocimientos y las características personales de Macri para comunicarse con los jugadores. Angelici, casi naturalmente, fue el continuador explícito de Macri. Y la relación con Riquelme transitó por la misma pendiente: desconfianza mutua, intereses absolutamente distantes, sensibilidades opuestas, y una disputa que siempre trascendió el ámbito público.
Angelici, en definitiva, puso sobre la mesa una agenda de poder para lidiar con Riquelme. En esa puja simbólica y real a la que también adhirió Macri como un protagonista muy influyente, la plana mayor de la dirigencia de Boca perdió de vista algo esencial en cualquier negociación que exceda el marco privado: el consenso social. Y la condena social.
Un club de fútbol no es una empresa. Por lo menos en la Argentina. Y los jugadores no son empleados formales en relación de dependencia. Se desconcertaba antes Macri y ahora Angelici cuando intenta establecer acuerdos con los jugadores (y en especial con Riquelme), reivindicando la lógica empresarial del empleador y el empleado.
No manda Angelici en Boca, aunque sea el presidente elegido por los socios. Si en algún momento interpretó que esa era una de sus funciones más importantes, se equivocó. Como se equivocaron tantos presidentes de clubes ( Javier Cantero, Daniel Passarella, Germán Lerche, Javier Cogorno y Carlos Abdo, entre otros) denostados por los hinchas.
Angelici es y será apenas una anécdota irrelevante en la vida de Boca. Riquelme, en cambio, es y será una bandera inolvidable de Boca. El contrato que prolongaría la carrera de Riquelme en Boca durante 18 meses, no dejará de ser un papel accesorio, más allá de las cifras y de su duración.
La realidad es que por encima de un contrato, acá estuvieron y están en juego otros valores, otras historias, otros presentes. Quizás Riquelme expresa la memoria de Boca. La de antes y la de ahora. La memoria del fútbol que quiere permanecer. Mientras Angelici y compañía pretendieron, en vano, adjudicarse la propiedad de bloquear al artista. De silenciarlo y desalentarlo.
Muy lejos estuvieron de lograrlo. Y perdieron. Si Riquelme no continuara en Boca y mañana tuviera que partir, el resultado ya estaría puesto. Alcanzaría con mirarle la cara al suburbio. Y mirarle la cara a Angelici.
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