Todo lo que Marcelo Gallardo tenía previsto en el plano de las búsquedas ofensivas de River, quedó desactivado desde el arranque; Gremio lo asfixió en toda la cancha y desnudó la impotencia del equipo argentino que la próxima semana jugará la revancha en Porto Alegre.       

Después de la derrota del último viernes por 1-0 frente a Colón, en Santa Fe, Marcelo Gallardo se enfocó en la semifinal de la Copa Libertadores ante Gremio. Y planteó a modo de anticipo: “Vamos a ser avasallantes”.

Nada de eso ocurrió. River ni se acercó a esa pretensión voluntarista que había manifestado Gallardo. ¿Qué le pasó? La pregunta sigue rebotando en los pasillos del Monumental. Quizás una respuesta es que River se cebó con ese ímpetu que viene reivindicando para abordar encuentros decisivos.

Porque ser avasallante no significa necesariamente jugar bien. Está más vinculado con la potencia física para imponer condiciones que con cierto perfil individual y colectivo que transmita superioridad. Y hasta ser avasallante puede estar emparentado con demoler al rival en base a una entrega y una actitud que haga la diferencia.

La realidad es que River siempre jugó confundido. Desde el arranque hasta el final. Confundido con y sin la pelota. Por eso empujó y metió muchísimo más de lo que jugó. Como si se hubiese creído el papel del equipo que solo acompañado por el temple y la garra camina por arriba de cualquier otra virtud técnica y estratégica.

El temple y la garra son argumentos valiosos. Como hacerle sentir al adversario una presencia vigorosa. Pero no siempre alcanza para irse de la cancha con los tres puntos en el bolsillo. River no hizo lo fundamental: manejar bien la pelota y entender las características del adversario y del partido.

Porque Gremio no es livianito. No se lo lleva por delante cualquiera sacando chapa de equipo que puede ganar de guapo. Y River quiso ganar en ese escenario. No en el plano del fútbol violento. Pero mostrando esa máscara que expresa en los compromisos internacionales. Una máscara de equipo que se la banca en el palo y palo simbólico y real. En ese reparto de fricciones para ir a cada pelota dividida sin mezquinar nada. Y reclamándole al árbitro peruano Víctor Carrillo todo. Igual que Gremio.

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La inoperancia e impotencia de River fue monumental. En ataque no generó ni una sola maniobra clara. Ni por arriba ni por abajo. Nada. Apenas un cabezazo de Maidana. En el ámbito de esa orfandad ofensiva imaginar un gol pareció un verdadero exceso. O un tributo aplicado al optimismo. Nunca preanunció un gol River. Trasladó y trasladó. Y en el traslado despojado de ingenio y desequilibrio para ganar en el uno contra uno, se manifestó como un equipo perdido en la noche. Atrapado en el laberinto propio y en el laberinto ajeno.

Cuando Gremio en un córner desde la izquierda clavó en el segundo tiempo el único gol con un cabezazo de Michel en el primer palo que reveló una salida tardía de Armani (no se tiene confianza para ir a cortar los centros), quedó toda la impresión que la ventaja iba a ser definitiva. Y lo fue.

River no tuvo juego ni fuego para encender lo que Gremio terminó congelando con autoridad. Y decepcionó su producción porque no aparecieron respuestas inteligentes. Ni Gallardo desde el banco atinó a promover un cambio de orientación en el rumbo del partido. Y quedaron flotando en la superficie algunas palabras que dijo Bochini después de la caída frente a River por la Copa: “Independiente respetó demasiado a River. Y River no es un equipo que merezca tanto respeto”.

¿Se equivocó el Bocha? ¿Exageró? ¿O exageran los que ven en River a un equipazo? Por lo menos ante Gremio, ese equipazo con que algunos sectores del ambiente del fútbol argentino lo señalan, no acudió a la cita. Y cayó comprometiendo en gran medida su pase a la final, considerando que tendrá que viajar la próxima semana a Porto Alegre para disputar la revancha.

Gremio, en apariencia, tiene la sartén por el mango. Pero nadie gana en la víspera. Ni aún con el viento a favor que por ahora disfruta el equipo brasileño.

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