En las horas previas al cruce decisivo frente a Tigres, en el Monumental, por la final de la Copa Libertadores, Gallardo afirmó: "Esta Copa no se nos puede escapar en casa. No podemos dejar pasar esta posibilidad. Tiene que ser una cosa natural. Ellos eran favoritos en su cancha y nosotros vamos a serlo en la nuestra".
En los dos momentos y en las dos respuestas el entrenador de River transmitió una convicción muy firme: River se sentía ganador. No porque anticipara que la Copa Libertadores ya tenía un propietario, pero expresaba Gallardo una actitud tan positiva como determinada. Eso, precisamente, instaló Gallardo en River desde que asumió hace un año reemplazando al Pelado Díaz.
Pero faltaba la gran confirmación en la noche del miércoles 5 de agosto de 2015. Esa cita no admitía ningún tipo de claudicación. Ni anímica ni futbolística. El 0-0 en México lo obligaba a ganar en el Monumental para conquistar por tercera vez la Copa Libertadores. Y en lo posible ganar imponiendo condiciones y jugando bien. Porque no siempre juega bien River, aunque los resultados que sacó el equipo bajo la conducción de Gallardo hayan sido muy favorables.
La gran confirmación deseada llegó cobijada por la holgura de una chapa no muy frecuente para una final. El 3-0 demoledor frente a Tigres, que se desvaneció después del gol de Lucas Alario sobre el mismo cierre del primer tiempo, dibujó la postal de una noche invencible para el sentimiento riverplatense. Por la consagración propia y por las dedicatorias infaltables a Boca. Por la identificación plena de Gallardo con La Banda y por el futuro inmediato que se le presenta en el plano internacional, con Barcelona en un horizonte probable en el Mundial de Clubes a disputarse en la segunda quincena de diciembre.
Retroceder en el tiempo y pensar que River arribó a los octavos de final cuando parecía que se quedaba prematuramente afuera de la Copa tras una primera ronda muy errática y plagada de desniveles, hoy parece un paisaje que nunca existió. La realidad es que River entró a octavos en zona de milagros. Pero no fue un milagro su conquista. La fue construyendo desde aquel momento. Y cuando se cruzó contra Boca y lo eliminó en aquella jornada en La Bombonera que quedó marcada en la historia por la nube tóxica del gas pimienta, se fue derechito a levantar la Copa Libertadores, a pesar de que todavía faltaban superar las escalas de Cruzeiro, Guaraní y Tigres.
Le debe River a Gallardo un reconocimiento inmenso. Por supuesto que los jugadores son siempre los principales protagonistas. Son los que deciden. Los que resuelven. Los que aciertan. Y los que se equivocan. Pero la mención destacada al Muñeco Gallardo es imposible de evitar, aunque en el 3-0 la burocracia insufrible de la Conmebol lo privó de conducir al equipo en una medida contaminada por el absurdo.
Es cierto, no brilló River. Y durante largos pasajes del partido no encontró los tiempos ni los espacios para imponer superioridad. Pero lo que sí encontró, más allá de esa vocación por presionar bien arriba, aunque después el destino de la pelota fuera incierto, fue transparentar lo que hace medio siglo se calificaba como mentalidad ganadora.
Tuvo mentalidad ganadora River. Y se la hizo sentir a Tigres en momentos clave. Ahí, sacó la diferencia fundamental. Aún en el tumulto. Aún en las pelotas divididas. Aún sin jugar bien. Pero denunciando que tenía más chapa que su adversario. Más presencia individual y colectiva. Cuando el uruguayo Carlos Sánchez clavó el segundo de penal con un derechazo imparable, se terminó todo, aunque Funes Mori, mediante un cabezazo a la salida de un córner estampó el tercero.
En definitiva, le quedó bien la Copa Libertadores a River. La levantó con orgullo. Y la jugó con convicción. Las dedicatorias especiales forman parte del folklore del fútbol argentino. Lo más valioso es que supo reencontrarse otra vez con su historia. Y esa memoria que siempre perdura es la que también emocionó a la gente. Y la que estuvo, sin dudas, en todos los rincones del Monumental.
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