Quedó en paz River con la Copa Sudamericana. Después de retroceder un par de casilleros en el campeonato local, volvió a conquistar un título internacional apelando a la fórmula de la pelota parada. Atlético Nacional se derrumbó en el segundo tiempo y el equipo de Gallardo lo sometió sin sobresaltos.
   ¿Ya está hecho River con la conquista de la Copa Sudamericana ? Si no está hecho, pega en el palo, aunque tenga chances de ganar también el campeonato argentino, a pesar de los 2 puntos de ventaja que acredita Racing.

   Sintió la imperiosa necesidad River de ganar la Copa. Y se vio en la cancha desde el arranque. Porque eso fue lo que transmitió el equipo jugando bien o jugando regular. Esa sensación de contar con una presencia más dominante, más potente y más determinada terminó minimizando el aporte de Atlético Nacional, que en el segundo tiempo se cayó a pedazos sin promover ninguna reacción. River, mientras pudo, intentó tirarle el camión encima. Sin brillo, sin gran relieve, sin rendimientos superlativos, pero denunció en el desarrollo del partido una convicción que el adversario nunca tuvo. Y menos aún cuando le explotaron en el pecho los dos cabezazos fulminantes de Mercado y Pezzella que se transformaron en sendos goles, a la salida de dos corner ejecutados por el pie zurdo de  Pisculichi.

   No le sobró fútbol a River. Ni tampoco la claridad ofensiva que lo distinguió durante las primeras 12 fechas del torneo doméstico. Venía resignando frescura el equipo. Perdiendo dinámica y ritmo. Y llegó a estas instancias definitorias con esos signos vitales en franco retroceso. Lo advirtió tarde, su entrenador, Marcelo Gallardo. Por eso frente a Racing, en Avellaneda, en un partido crucial del campeonato, decidió jugarlo con una formación de emergencia para proteger a los titulares en el cruce inminente frente a Boca. Al Muñeco, en los episodios previos le faltó muñeca para ir administrando el aire de sus jugadores. Y casi le entregó en bandeja, con aquel 0-1 en contra, la consagración a Racing.

   Por eso la Copa Sudamericana representaba para River algo más que volver a obtener un título internacional, ausente desde la Supercopa que había ganado en 1997, con el uruguayo Enzo Francescoli quemando sus últimos cartuchos y con el chileno Salas matando en cada estocada . Esa presión intransferible que incorporaron el plantel y el cuerpo técnico no desbordó al equipo. Ni lo entregó a la locura de un ataque kamikaze, más allá de que en el primer tiempo padeció algunas llegadas claras que resistió Barovero, simplificando lo complejo. 

   A falta de repentización para generar los espacios en los últimos metros de la cancha, River mostró otro atributo valioso: tiene variantes. Puede tocar y puede buscar por otros medios. La pegada sensible de Pisculichi en la pelota parada es uno de esos medios. La acaricia y la coloca ahí, donde una arremetida o un rebote le prende fuego los libros a cualquiera.

   Ese pincel que tiene en la zurda el media punta, le permitió a River disponer de media docena de situaciones de gol. Todas parecidas, todas similares, pero siempre irrepetibles, certeras, precisas, envenenadas. Cuando River logró combinar la pegada de Pisculichi con los arribos aéreos de Mercado y Pezzella en el primer cuarto de hora de la segunda etapa, se terminó la incertidumbre. Y se cerró la novela del partido. River se quedaba con todo. Ganando por arriba lo que no había ganado por abajo, porque Teo Gutiérrez se había mostrado más errático que lo que indican sus condiciones técnicas, siempre anticipando la gran jugada, amagando y amagando.

   Esa gran jugada siempre se frustró. En el último o en el anteúltimo toque cuando hay que hacer un pase a la red. Y entonces aparecieron los lungos que no son tan lungos. Porque Mercado no es el Flaco Schiavi. Y Pezzella no es Martín Palermo, aunque en las alturas se impone con un sentido del tiempo y la distancia notable. Mejor atacando que defendiendo. Porque no es lo mismo ir a buscar al área de enfrente que rechazar en la propia. En el área rival ganando una pelota importante, puede convertirse en el jugador clave del partido. En la propia, con una sola no alcanza. Hay que sacarlas todas. O esperar que las saque el arquero. La diferencia no es menor.

   Atlético Nacional se fue desvaneciendo sin oponer resistencia. River ya lo había anestesiado. Y la Copa era una realidad con las dedicatorias del caso, que nunca son pocas. Le queda algo más a River en el cierre de temporada. Algo que parecía suyo hace apenas 4 semanas. Algo con lo que hoy sueña Racing. Pero como planteamos en el arranque, ya está hecho River. Aunque el fútbol siempre tiene la última palabra. Y la última sorpresa.       

      Embed