La victoria agónica por 1-0 ante Marruecos no debería tapar o esconder la pobrísima producción de Argentina, incapaz de armar algo parecido a cierta estructura futbolística que por ahora no alienta expectativas

Por el momento, si el foco apunta a la Selección Argentina mejor sería vivir de recuerdos o no hablar de ciertas cosas como decía ese rocker urgente y sensible (a su manera) que resultó ser Luca Prodan mientras lideraba en los 80 aquella banda de culto que fue Sumo.

Porque el presente de la Selección se consume en la mediocridad. Demasiada mediocridad galopando sin obstáculos, más allá del 1-0 insufrible ante Marruecos. El panorama, en definitiva, no es desolador, pero por ahí anda. Y no es cuestión de dramatizar ni de buscar chivos expiatorios.

Esta es la actualidad del fútbol argentino. Sin Messi ni Agüero, la Selección no tiene jugadores de gran nivel. No están en cartelera esos jugadores. Y no se insinúan otras apariciones. Esa generación que incluyó a Messi y al Kun no pudo conquistar ni una Copa América ni un Mundial, pero existían expectativas porque se advertía el potencial, las calidades, la posibilidad del gol inminente. O en todo caso se veía que algo podía suceder en la medida en que las individualidades pudieran conectarse, armonizar y construir sociedades de altos recursos que no siempre se concretaron. Pero la ilusión siempre se mantuvo. Incluso en las grandes adversidades.

Ahora, en cambio, se visualiza otro escenario. Muchísimo más despojado, más llano, más discreto, más pobre. Messi partió a Barcelona después del papelón reciente frente a Venezuela, Agüero no fue convocado por Lionel Scaloni aunque el Flaco Menotti anticipó que podría ser llamado para la Copa América y la Selección demostró que tiene menos vuelo que una mariposa enjaulada.

La victoria frente a Marruecos debería enmarcarse en el rubro de las casualidades. Es cierto que fue buena la maniobra de Correa (entró a los 15 minutos del segundo tiempo por De Paul) previa al gol, pero también es cierto que el partido fue un espanto desde el arranque hasta el final. Por eso, quedarse con el triunfo sería un triste homenaje a las teorías resultadistas más recalcitrantes de la historia.

180 minutos negativos

La suma de los 180 minutos ante Venezuela y Marruecos da un saldo netamente negativo. Scaloni experimentó en los dos encuentros. En relación al primer partido hizo ocho cambios. Pero la realidad es que no cambió nada. Por lo menos nada importante. Nada valioso. Nada que valga la pena rescatarse. Quizás por eso, precisamente, recordamos aquellas palabras de Luca Prodan cuando afirmó que mejor no hablar de ciertas cosas.

¿De qué cosas por ejemplo? De la orfandad futbolística que padece la Selección luego de comerse a la generación que participó en los últimos mundiales. Los reemplazos naturales no dejan de ser apenas una aspiración. Y habría que retroceder mucho en el tiempo para observar lo que hoy se observa: esta Selección argentina es una Selección del montón. No hay jerarquía. No hay un plantel que promueva esperanzas colectivas.

Eso no está. Por lo tanto, sin Messi ni Agüero, hay muy poco. Y con Messi y Agüero adentro del plantel, tampoco van a aparecer respuestas que pongan a salvo a la Selección. Esto ya quedó demostrado largamente. El camino que se presenta es muy complejo. Tan complejo como el que tuvo afrontar Menotti cuando en octubre de 1974 asumió como el entrenador de Argentina. La labor que desarrolló Menotti construyendo el perfil de la Selección fue fundacional y extraordinario. Porque la Selección era una figura decorativa hasta que Menotti la reinventó en el plano del juego para competir mano a mano con las potencias europeas. Y vencerlos.

Ahora, a 45 años de ese lejano 1974, la Selección tiene la necesidad impostergable de volver a reinventarse. De volver a construirse. Tiene a Messi como genio y a Agüero como ladero, pero alrededor debe armar un equipo a favor de una idea que ahora debe estar en los libros escritos en el pasado. Sin una idea que convenza a los jugadores, la Selección puede parecer un rejuntado de buenos y aceptables jugadores.

Pero un rejuntado nunca consolida un equipo. Esto transmite la Selección. Y esto hay que reformularlo a la brevedad. Scaloni se encuentra ante este desafío mayúsculo. Un desafío monumental que no es para cualquiera. Porque demanda no solo una gran capacidad de trabajo y planificación a corto, mediano y largo plazo, sino un talento significativo para interpretar las necesidades, para analizar a los protagonistas y para tomar decisiones centrales a la hora de armar un plantel sin cometer errores flagrantes.

¿Scaloni puede hacerlo? Linda pregunta. El también se la debe hacer. Las circunstancias indican que a Scaloni lo van a acosar las urgencias ajenas y propias, considerando el arranque de la Copa América el 14 de junio. Hasta allí lo van a esperar. Y lo evaluarán. Si es por lo que expresó hasta ahora, tendría que dar un vuelco fenomenal la Selección para que Scaloni caiga bien parado.

En el mientras tanto, si ponemos en relieve a la Selección, como señalamos en el comienzo, lo mejor es vivir de recuerdos. Y apelar a aquella poesía existencial del suburbio que Luca Prodan derramó sobre los escenarios.

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