Fue menos Perú de lo que indicaban los antecedentes. Pero Argentina terminó siendo un rehén de su propia mediocridad. No acertó nunca la Selección en el área rival. Falló siempre. Y falló en la resolución y hasta en cierto perfil resignado que reveló. Sería sencillo en estas circunstancias vapulear a todo el plantel y el cuerpo técnico. Pero esta indignación reclamada es pirotecnia sin valor. El héroe que no apareció.

Es fácil ser tremendista y dramático por estas horas. Es fácil en las vísperas de un probable naufragio tirar gente por la ventana con la impunidad de los reaccionarios. Es fácil incendiar la pradera en momentos tan adversos. Porque la Selección Argentina hoy está en zona de fuego, aunque igual queda una chance el próximo martes ante Ecuador en la altura de Quito.

Es fácil decir y escribir abrazando las peores descalificaciones. Pero no sirven este tipo de desahogos fuera de control. No le sirven a nadie. Salvo a los indignados de siempre que canalizan mal sus broncas y frustraciones.

La realidad es que no tiene combustible la Selección. O tiene muy poco. Lo fue perdiendo después de la final en Brasil 2014. Y a pesar de que llegó al último partido en la Copa América 2015 y al año siguiente en la Copa América Centenario, cayendo en las dos instancias en la definición por penales frente a Chile, ese despertar casi resignado que mostraba Argentina era el perfil de algo que lo trascendía. ¿Qué era? La mediocridad que se estaba comiendo al plantel.

Ese nivel de mediocridad fue in crescendo. Y no se salvó nadie. Ni a los dirigentes de antes ni a los de ahora. Ni a los técnicos ni a los jugadores. Habría que retroceder demasiado en el tiempo para ver la orfandad que hoy revela la Selección. La orfandad es el vacío futbolístico. La inexpresividad. Las búsquedas desesperadas. El gol como una aventura tan lejana como incierta. Habría que viajar hasta antes de la llegada del Flaco Menotti como entrenador de Argentina en octubre de 1974, cuando ni los jugadores querían ser convocados para salir del foco de conflicto. Y para no ser pulverizados por el peso de la Selección.

LEA MÁS:

Parecía que nunca más iban a suceder esos episodios. Pero regresaron los fantasmas. Los viejos fantasmas del pasado. La sensación inevitable del fracaso estruendoso. Los técnicos que asumen y se van. O los echan. Como antes. Como en los 60. Como en los primeros años de los 70, cuando su buscaban explicaciones y respuestas donde solo había ruido y cambios de planes permanentes.

Este Perú que enfrentó a Argentina en La Bombonera (repetir a esta altura que el estadio de Boca les mete miedo a los rivales es un insulto a la inteligencia) no perdió por goleada simplemente porque la Selección no termina bien ninguna jugada. Ni hasta las maniobras que construye bien las ejecuta bien. Malogra todo. Despilfarra todo. Como le pasó en esta oportunidad a ese goleador implacable que es Benedetto cuando viste la camiseta de Boca. O al Papu Gómez. O Di María. O Messi, siempre impreciso para resolver el último toque, más allá de algunas pelotas muy profundas que metió, especialmente en el segundo tiempo.

Perú no fue un adversario ni áspero ni duro ni potente ni ventajero. Fue frágil. Fue endeble. Fue accesible. Muy accesible. Se amontonó atrás desde el arranque. Y no cambió nunca. Cada vez más atrás. Cada vez más refugiado en el fondo. Cada más cerca de su arquero. Aguantando el cero. Prendiéndole velas al empate.

Y todo a favor de la Selección. La pelota, el terreno, los rebotes, las chances, hasta algunos fallos del árbitro brasileño Wilton Sampaio, acompañando esa ilusión óptica de cancha inclinada. Todo para que se produzca la victoria tan deseada de Argentina. Pero no acertó nunca. Chocó siempre. Chocó hasta con espacios para desequilibrar. Y chocó Messi en esa puñalada ofensiva que no encuentra. Porque está bien que habilite a un compañero destapado. Pero él no la finaliza. No la hace completa. No la puede hacer. No le sale un pleno. No inventa la gran jugada. La jugada de un supercrack. La jugada que, en definitiva, esperan todos. Incluso aquellos jugadores que lo rodean. Y entonces, casi irremediablemente, priva el desconsuelo. Si no la hace él, ¿quién la va a hacer? La respuesta es simple: nadie.

Y fue así. En esa pintura de la agonía interminable que se trasladó a las tribunas, no hubo héroes. La noche pedía, precisamente, eso: un héroe. Alguien con un poco de inspiración. Alguien que reclamara al final de la jornada derechos de autor por lo que había logrado. Por el gol que había conquistado. Por el gol quinielero o por el gol artístico. Pero no aparecieron las firmas. No apareció aquel Passarella del 85 frente a Perú en el Monumental. O aquel Palermo de 2009 también ante Perú en un Monumental colapsado por la lluvia.

No parece predestinado Messi para estas películas épicas. Por lo menos en la Selección. Y no irrumpen en el escenario otros actores de reparto. Como si la pilcha de la Selección fuera borrando las virtudes. Asfixiando las iniciativas. Cultivando los gritos del silencio. Cerrando las puertas. Clausurando las ventanas.

Quedó al desnudo la Selección. Como hace décadas. Como la recuerdan algunos memoriosos. Volvió a quedar al desnudo la Selección. Este martes tendrá que ganarle a Ecuador para soñar. Aunque lo que está viviendo ya es una pesadilla.

Contacto

Registro ISSN - Propiedad Intelectual: Nº: RL-2025-11499155-APN-DNDA#MJ - Domicilio Legal: Intendente Beguiristain 146 - Sarandí (1872) - Buenos Aires - Argentina Teléfono/Fax: (+5411) 4204-3161/9513 - [email protected]

Edición Nro. 15739

 

Dirección

Propietario: Man Press S.A. - Director: Francisco Nicolás Fascetto © 2017 Copyright Diario Popular - Todos los derechos reservados