La suma de partidos en que San Lorenzo se adelantó en el marcador y después no pudo conservar la ventaja conquistada, seguramente deben ser puñales futboleros que un entrenador de las características y formación tácticista y conservadora que identifica a Bauza no se debe perdonar.
Si estas circunstancias que en los últimos dos meses fueron postergando a San Lorenzo le hubieran ocurrido a un entrenador de una idea ofensiva muy explícita (por ejemplo, Matías Almeyda, hoy en las Chivas de Guadalajara), la prensa y el ambiente en general, lo habrían definido como una exaltación de la debilidad y la claudicación para interpretar las necesidades y conductas de cada partido por no defender con rigor, convicción e inteligencia.
Bauza no es, precisamente, un lírico o un idealista del fútbol. Según la lógica que lo encuadra, es un clásico pragmático que no da puntada sin hilo. Que no le regala nada a nadie. Y que tiene una caja registradora en la cabeza. Sin embargo, a su equipo, con la chapa del resultado a favor, lo asaltan y sorprenden episodios futbolísticos que parecerían que no deberían sorprenderlo, porque tendría todo bajo control. Claro que no es así. Nunca fue así en la historia del fútbol.
Las evidencias de estas mentiras y falsas clasificaciones que lo definen a algunos como ilusos o giles consumados y a otros como los más piolas y cancheros del barrio, no dejan de ser fuegos artificiales para tirar debajo de un camión a algunos y para sobreestimar a otros.
La realidad es que no existen los técnicos que "cierran los partidos". Nadie puede bajarle la cortina a ningún partido. Ni aún los que están adentro de la cancha. El juego del fútbol, por suerte, siempre estuvo y está absolutamente fuera de control. Aunque quisieran controlarlo desde las miradas tácticas, siempre subordinadas a los talentos de los jugadores.
Las definiciones y gustos personales de Bauza para observar el fútbol no se ponen en tela de juicio. El lo puede mirar como se le da la gana. Y la prensa criticarlo también como se le de la gana. Lo que se pone en tela de juicio en este espacio es la falsa virtud que el ambiente le endosó a Bauza para manejar a favor de los planteos los desarrollos de los partidos. Ningún técnico maneja desarrollos. Ningún técnico, por más influyente que sea en la dinámica de un grupo de jugadores, puede definir un resultado. O sostener un resultado.
San Lorenzo es un caso testigo, entre tantos otros casos parecidos o iguales. Arranca ganando y se lo empatan o pierde, como ocurrió con Racing en La Plata. O arranca ganando y repetidamente se lo empatan. Bauza, un teórico especialista en no ofrecer espaldas descubiertas cuando su equipo parece tener el horizonte despejado, no puede hacer nada.
Salvo ponerle palabras a la impotencia. Para terminar entendiendo que todo puede desmoronarse en un par de segundos. Como una victoria urgente, que por los misterios siempre irrepetibles del fútbol, se transforma en empate o derrota.
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