Mauro Zárate abandonó Vélez y apareció en Boca, después de manifestar en repetidas oportunidades su fidelidad y amor eterno por el club de Liniers. Estos episodios que revelan conductas sociales que trascienden a Zarate y que lograron naturalizarse, producen daños y efectos difíciles de encuadrar. La búsqueda de la complicidad con los hinchas para ganar afecto y cultivar empatías. La necesidad de cortarle las alas a la mentira

Se fue de Vélez Mauro Zárate y apareció casi de la noche a la mañana en Boca. El ex jugador símbolo de Vélez, dijo tratando de justificar la llegada a su nuevo club: “Me duele en el alma defraudarlos. Hoy por primera vez falto a mi palabra”.

No pocos periodistas interpretaron lo que se suele interpretar en estas circunstancias, reiterando lo obvio: que Zárate es un “profesional” y puede elegir donde quiere seguir jugando. Esto no se discute. Si quiere retirarse para jugar en el patio de su casa o si quiere irse a jugar a Alaska también estaría perfecto.

Pero no es el caso. Ni es así la historia. Zárate había declarado en varias oportunidades que en el “único que jugaría en la Argentina es en Vélez”. Como repiten los nuevos y viejos oportunistas desde hace demasiado tiempo, las palabras se las lleva el viento.

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Es cierto, se las debe llevar el viento, como reza esa construcción folklórica, pero habría que ratificar que las palabras no son papelitos. Nunca lo fueron. Ni son globos de ensayo que se elevan y después se pinchan. Siguen siendo otra cosa. Tienen otra simbología. Otro contenido. Otra potencia. Generan identificación o rechazo. Adhesión o resistencia. Revelan conductas. Expresan grandes ideales o grandes claudicaciones. Fidelidades o traiciones.

Que Zárate sea un profesional del fútbol que hoy está allá y mañana acá, no significa que haya que festejarle su decisión de borrar lo que siempre afirmó en nombre de las libertades individuales que todos reivindicamos.

El problema que reveló Zárate por supuesto trasciende largamente a Zarate. Es la manifestación de un pensamiento atravesado por el mercantilismo más duro que se filtra en todas las superficies. Los jugadores no son ajenos a esa dinámica exacerbada por los intereses individuales. Y la naturalizaron sin reparar en ninguna consecuencia.

Las amenazas veladas o directas de los hinchas de Vélez a Zárate y a sus familiares más cercanos están afuera de cualquier consideración razonable. Son violencias despreciables que no habría que subestimar. A lo que nos referimos es a la metodología que eligen los jugadores para conquistar a los hinchas. Por ejemplo, venderse en situaciones muy puntuales como un hincha más, como lo hizo Zarate en Vélez. Los flashes de romanticismo sobreactuado no se olvidan. Permanecen ahí, en los pliegues de la memoria de la gente. Y permanecen para siempre.

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Jugar sin dar respuesta efectiva a los sentimientos ajenos para utilizarlos según el tenor de las circunstancias deja muy mal parado a quien ejecuta esa estrategia. Los jugadores después de ser recibidos como héroes a su regreso al club (como ocurrió con Zárate a principios de año), besarse repetidamente una camiseta y decir que esos colores le despiertan admiración y amor, no pueden invocar aunque lo hacen, que su ida sorpresiva obedece a las reglas del profesionalismo o a causas no explicadas.

Deberían hacer los jugadores un ejercicio de sinceridad brutal para no generar lo que se genera con estos guiones mal redactados. Y plantear apenas arriban a un club todo lo contrario de lo que declaran. Porque declaran complicidades que no sienten. Porque hacen demagogia. Y porque suelen apropiarse de los sueños de los hinchas para generar empatía. Hasta que llegan a otro club. Y recitan el mismo libreto. O un libreto muy parecido. Y así en todos los destinos.

Despojarse de ese falso rol de jugador-hincha que idealizan los hinchas sería algo tan valioso como ir diseñando una verdad. Para cortarle las alas a la mentira. Y a la hipocresía tan extendida del doble discurso.

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