En apenas ocho años, la Argentina rubricó por fin en una cancha lo que siempre había insinuado y, cuando llegaba la hora de la verdad, no podía concretar. En 1978, conducida por César Luis Menotti y como anfitriona del certamen, y en 1986, en México, en aquel inolvidable equipo de Carlos Bilardo que tuvo al mejor Maradona, la selección nacional gritó bien fuerte al consagrarse campeona mundial.
Logradas en contextos bien disimiles, las dos conquistas marcaron sendos hitos para el fútbol nacional. Una, por ser la primera vez en que Argentina se consagraba en un certamen ecuménico; la otra, por la confirmación de Diego Armando Maradona como el mejor jugador del mundo, y por sus dos antológicos goles ante los ingleses (“la mano de Dios” y el mejor tanto de la historia de los mundiales, en un furioso slalom de destreza y virtuosismo), que aún hoy siguen generando emoción.
Aquel primer grito
La epopeya del Mundial de 1978, que por fin ubicó a nuestro fútbol en lo más alto del podio, podría graficarse como un haz de luz mezclado en la oscuridad que ensombreció la vida de los argentinos durante la última dictadura militar. Y aunque cuesta despegar ambos temas, cada uno de ellos dejó su huella imborrable, aunque por razones diferentes.
La deportiva, que nos ocupa en este rincón de los recuerdos, puso las cosas en su lugar en cuanto al prestigio que los futbolistas argentinos ya tenían antes de que la camiseta celeste y blanca se llenara de la gloria que otorga una competencia tan trascendente. La undécima edición de la Copa del Mundo, organizada por la Argentina, era la gran oportunidad para quitarse de encima una vieja frustración -la del certamen de 1930, disputado en Uruguay, donde los dueños de casa ganaron el clásico rioplatense y el título- y para que la pelota les rindiera homenaje a quienes, desde el fondo de la historia, habían cavado los cimientos.
Y, pensando en un desenlace exitoso, César Luis Menotti diagramó desde 1974 una tarea cuyo primer objetivo fue el de darles a sus dirigidos un roce internacional que no tenían. ¿Cómo? Simple: jugando y jugando, probándose aquí y en el exterior ante potencias con distintos estilos y hasta ofreciéndoles un espacio a jugadores del interior. Entre las decisiones dirigenciales adoptadas para respaldar el trabajo de la selección sobresalió la de evitar que muchos jóvenes fueran transferidos al exterior. Sólo había que esperar que el proyecto se desarrollara de manera ordenada. Y que los frutos deseados cayeran inevitablemente en junio del ‘78.
Pasión y presión
A la hora de la verdad, frente a un público que jugó su papel pero que, sin proponérselo, también les metió presión a los dirigidos por el Flaco Menotti, el equipo empezó a responder con dos esforzadas victorias sobre Hungría primero y ante Francia después. La llama estaba encendida, aunque era necesario alimentarla en otro desafío bravo: contra una Italia poderosa y llena de pergaminos. No se pudo. Roberto Bettega les clavó el primer puñal a los ilusionados corazones futboleros de los argentinos y la esperanza debió cambiar de sede: de River, a Rosario, para ver si desde el Gigante de Arroyito era posible retornar al Monumental a jugar la final.
En el estadio de Rosario Central, que tanto conocía, Mario Kempes explotó en toda su dimensión cuando Argentina superó claramente a Polonia por 2-0 con dos goles suyos. Después llegaron el empate en cero frente a Brasil y las dudas generadas por la necesidad de vencer por cuatro tantos de diferencia a Perú para arribar al último capítulo de la competencia. El categórico 6-0 pasó a la historia por la contundencia del resultado, por las sospechas que luego aparecieron en escena y porque ese holgado triunfo, en definitiva, significó el pasaporte para acceder a la gloria.
Quedaba por delante la última valla. El 25 de junio, contra Holanda -sin Cruyff, pero integrada por un grupo de jugadores de primera línea-, había que ir a buscar el premio mayor. Más allá de la escenografía pintada de celeste y blanco y de la fiesta que imaginaban todos los que fueron al estadio de River, la batalla dentro del campo fue durísima y precisó de un alargue de treinta minutos. Pero con la figura descollante de Kempes como estandarte, el final fue el soñado por Menotti y por el plantel. Tras la vuelta olímpica encabezada por la imagen de Daniel Passarella abrazándose al trofeo, la gente se desahogó en todos los rincones del país. El viejo fútbol argentino ya estaba donde merecía: bien arriba.
En el 86, el mejor Diego
Difícilmente una competencia futbolística haya tenido tanta influencia de una individualidad como el Mundial de México ‘86. Tratándose de una disciplina colectiva todas las piezas deben estar ajustadas y cumplir con su rol, lo sabemos. Sin embargo, la segunda consagración argentina siempre se emparentó y se emparenta con la soberbia actuación de Diego Armando Maradona.
Carlos Salvador Bilardo, conductor de aquel equipo campeón, tomó la decisión de erigir a Diego como capitán y máximo referente. Y el 10, que quería sacarse la espina que tenía clavada desde el certamen de España ‘82, no le falló. Maradona fue a ese torneo en condiciones físicas ideales y, a un rendimiento aceitado por el entrenador, le agregó el salto de calidad que hacía falta para llevarse la Copa del Mundo.
El genio de Fiorito
¿Hace falta abundar en detalles acerca de lo que hizo el genio nacido en Villa Fiorito? ¿Hace falta recordar los dos goles contra los ingleses, los otros dos frente a Bélgica, el pase para Burruchaga en la final ante Alemania? Seguramente no, aunque todas esas pinceladas de su inigualable talento les dibujan una sonrisa a quienes las saborearon en aquellos momentos.
La primera ronda transcurrió sin mayores inconvenientes: triunfo ante Corea del Sur -con patadas para todos los gustos de parte de los asiáticos-, empate frente a la difícil Italia y clara victoria por 2-0 sobre Bulgaria. Enseguida, en octavos de final, un clásico. Uruguay era el rival. Y aunque en el tramo final sufrimos bastante, el gol de Pasculli mandó a Argentina a otro partido especial: contra Inglaterra. Los jugadores trataron de no mezclar los tantos por la inevitable referencia a la guerra de Malvinas que se hacía en todos lados, pero tomaron el desafío sabiendo que ganarlo tendría un sabor distinto. La mano de Dios y la maravilla que fue el segundo tanto llevaron para siempre la firma de Maradona. Y en semifinales, otra vez Diego fue la llave para eliminar a un duro adversario. Pero nadie se conformaba, si bien el otro finalista era una potencia como Alemania...
Maradona fue el objetivo de los germanos. Lo marcaron con la disciplina propia de su estilo, no lo dejaron ni respirar. Entonces quedó demostrado que alrededor del capitán había un equipo en todo el sentido de la palabra. José Luis Brown -un pollo del técnico, reemplazante de Passarella, quien se enfermó antes del comienzo del torneo- clavó un cabezazo promediando el primer tiempo, y Valdano les asestó el segundo golpe a los europeos durante el arranque del complemento.
¿Asunto concluido? No. Alemania peleó y empató con goles de Völler y de Rummenigge. Pero el gran Diego tenía una carta más bajo la manga: esa habilitación para que la corrida y la definición de Burruchaga hicieran delirar a los argentinos. Esta vez fuera de casa, en México, en el Mundial que consagró nuevamente a nuestro fútbol y que le calzó la corona de rey a Maradona.
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