Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

¿Qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, la maternidad y la crisis de identidad? ¿Y si comprender cómo funcionamos fuera una oportunidad para volver a escucharnos? Hay algo que me hubiera gustado saber antes de cumplir 40 años: no todo lo que nos cuesta es falta de voluntad. Y no todo lo que por años nos hizo sentir distintas significa que haya algo malo en nosotras.

Recibí mi diagnóstico de TDAH a los 40, siendo mamá. Y cuando empezás a mirar tu historia desde ese lugar, aparecen preguntas. ¿Cómo puede ser que haya llegado hasta acá sin saberlo? ¿Por qué algunas cosas me resultaron tan difíciles durante tantos años? ¿Cuántas veces me juzgué por no poder hacer algo que, aparentemente, a los de-más les salía de manera natural? Y, sobre todo, ¿cuántas mujeres estarán haciéndose estas mismas preguntas?

Porque hay algo que sucede con muchas mujeres entre los 35 y los 40: empiezan a sentirse desbordadas por situaciones que antes podían manejar. Les cuesta organizarse, recordar pendientes, terminar lo que empiezan o concentrarse en una sola cosa. Tienen mil ideas en la cabeza, pero a ve-ces no consiguen llevarlas a la práctica. Se olvidan de algo importante mientras están ocupándose de diez cosas más y, cuando se sientan a descansar, sienten culpa porque todavía queda mucho por hacer.

Ahí aparece esa voz interna que dice: “Soy un desastre”, “No me da la cabeza”, “¿Por qué no puedo hacer las cosas como los demás?” ¿Y si el problema no fuera que nos falta voluntad? ¿Y si hubiera algo de nuestro funcionamiento que nunca llegamos a comprender?

No es que el TDAH aparezca a los 40

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), es una condición del neurodesarrollo. Se origina durante el desarrollo, aunque no siempre se reconoce en la infancia.

En mujeres, el diagnóstico puede llegar más tarde porque no todas tienen la imagen clásica del chico inquieto que no se queda sentado en el aula. Algunas fueron buenas alumnas, responsables, creativas o exigentes consigo mismas. Otras aprendieron a compensar sus dificultades trabajando el doble, haciendo listas interminables, dejando todo para último momento o funcionando cuando la presión era insoportable. Desde afuera, quizás parecía que podían con todo, pero no se veía el esfuerzo.

Muchas mujeres llegan a la adultez sin saber que tienen TDAH. Durante años creen que son distraídas, desorganizadas, demasiado intensas o poco constantes. Hasta que llega un momento en que las estrategias que antes les alcanzaban empiezan a quedarse cortas.

No necesariamente porque el TDAH haya empeorado, sino porque la vida se volvió más compleja y las exigencias superaron la capacidad de compensar las dificultades. Y ahí aparece una posibilidad que puede cambiarlo todo: descubrir que no éramos vagas, incapaces ni menos inteligentes. Había otra explicación.

¿Por qué se desordena después de los 35?

Pensemos en lo que significa llegar a los 40 siendo mujer. Hay hijos, trabajo, pareja, cuentas que pagar, padres que empiezan a necesitar más atención, proyectos personales que quedaron postergados y una cantidad de responsabilidades que parecen no terminar nunca.

La maternidad requiere capacidad de organización. Hay que recordar turnos médicos, preparar mochilas, coordinar horarios, acompañar emociones, resolver imprevistos y estar pendien-tes de necesidades. Y todo eso sucede mientras intentamos trabajar, mantener una casa, cuidar nuestros vínculos y, si queda algo de tiempo, recordar nuestras necesidades.

Para una mujer con TDAH, esa acumulación de tareas puede resultar agotadora. No porque no ame a sus hijos, no sea responsable o no quiera hacer las cosas bien, sino porque esas actividades requieren habilidades como planificar, priorizar, recordar y cambiar de una tarea a otra. A esto se suman las interrupciones, el cansancio y las noches de mal descanso. Lo que antes resolvíamos con esfuerzo ahora cuesta el doble. Empezamos a olvidar cosas, a postergar más, a sentir que nunca llegamos o a reaccionar emocionalmente de una manera que no en-tendemos. Y nos culpamos.

Hay una pregunta que pocas veces se hace: ¿estoy fallando o estoy intentando sostener una vida que me exige más recursos de los que tengo disponibles? No es una diferencia menor. Porque si creemos que el problema es nuestra falta de voluntad, vamos a exigirnos más. Si empezamos a comprender qué nos sucede, podemos buscar otras herramientas.

Las hormonas tienen algo que decir

Hay otro tema del que necesitamos hablar: los cambios hormonales. Los estrógenos participan en diferentes procesos cerebrales, incluidos algunos relacionados con la atención, la memoria y los sistemas de neurotransmisión. La dopamina interviene en la motivación, el aprendizaje y la regulación de la atención.

La relación entre las hormonas y el TDAH es compleja y se necesita más investigación para comprenderla por completo. Sin embargo, algunos estudios sugieren que las fluctuaciones hormonales pueden influir en la intensidad de los síntomas en determinadas mujeres. Esto puede ser especialmente relevante durante el ciclo menstrual, el posparto y la perimenopausia, esa etapa de transición hacia la menopausia que puede comenzar varios años antes de que desaparezca la menstruación.

¿Y qué puede pasar en esos momentos? Algunas mujeres notan que les cuesta más concentrarse, organizarse o regular emociones. Otras sienten que la niebla mental, el cansancio y los olvidos se vuelven difíciles de manejar. No significa que todas las mujeres que atraviesan estos cambios tengan TDAH, ni que las hormonas sean responsables de originarlo. Significa que el funcionamiento del cerebro no está aislado de lo que sucede en el cuerpo.

Si se siente que a los 40 algo cambió, no conformarse con pensar que es la edad, el estrés o que tenés muchas cosas en la cabeza. Merecés una evaluación de tu historia y tu salud de forma integral. Comprender qué nos pasa empieza por dejar de normalizar un malestar que sostenemos hace mucho tiempo.

La mamá hacer perder de vista a la mujer

Quiero detenerme acá porque creo que es uno de los puntos importantes. La maternidad puede ser maravillosa y, a la vez, muy demandante. Podemos amar a nuestros hijos con toda el alma y extrañar nuestra libertad. Disfrutar de acompañarlos y necesitar tiempo a solas. Sentir gratitud por nuestra familia y preguntarnos, en algún momento, qué pasó con nuestros propios sueños. No hay contradicción en eso.

Muchas mujeres crecimos con la idea de que una buena madre tiene que poder con todo, que sus necesidades pueden esperar y que descansar es casi un lujo. Así, cuando estamos agotadas, en lugar de preguntarnos qué necesitamos, nos preguntamos qué hacemos mal.

Si además tenemos TDAH, podemos experimentar una carga extra de culpa por olvidos, dificultades de organización, tareas pendientes o una sensación constante de no llegar a todo. E intentamos compensar las dificultades con más exigencia. Por eso, cuando una mujer recibe un diagnóstico a los 40, no sólo comprende cómo funciona su cerebro, sino que revisa la historia que se contó sobre sí misma.

Tal vez no era mala organizadora. Tal vez necesitaba otros sistemas. Tal vez no era incapaz de terminar nada. Tal vez tenía dificultades para sostener la atención en tareas y nunca había aprendido a trabajar con ellas. Tal vez no era que no se es-forzaba. Tal vez llevaba años esforzándose mucho, pero sin comprender por qué algunas cosas le costaban tanto. Y, de pronto, una pregunta liberadora: ¿qué pasaría si dejara de tratarme como alguien a quien tengo que corregir siempre?

¿Y si ya no quiero vivir más de esa manera?

Hay algo interesante en esta etapa: a veces, mientras intentamos entender qué nos sucede, empezamos a preguntarnos quiénes somos. Construimos nuestra identidad alrededor de lo que hace-mos por otros. Somos madres, parejas, profesio-nales, hijas, amigas. Las que resuelven, que recuerdan, las que acompañan.

Pero ¿quiénes somos cuando dejamos de cumplir todos esos roles? ¿Sabemos qué queremos? ¿Qué nos gusta? ¿Qué proyectos nos entusiasman? ¿Qué partes de nuestra vida elegimos y cuáles seguimos sosteniendo porque creemos que es lo que deberíamos hacer?

A veces, el diagnóstico tardío llega en medio de estas preguntas y nos obliga a mirar hacia atrás. Podemos sentir alivio, tristeza, enojo o incluso hacer un duelo por los años en los que no supimos qué nos pasaba.

Romina Atencio

¿Y si el TDHA fuera un llamado del alma?

Esta pregunta la hago desde mi mirada más espiritual. Desde la ciencia, no hay evidencia de que el TDAH sea un llamado del alma o que exista para conducirnos hacia un propósito determinado. Es vital decirlo porque comprender nuestra condición requiere información seria, evaluación profesional y, si corresponde, tratamiento. Pero creo que también podemos hacernos otra pregunta: ¿qué hacemos con aquello que descubrimos sobre nosotras mismas?

Quizás el diagnóstico no sea un mensaje del universo. Quizás sea una información que necesitábamos para comprender nuestro funcionamiento. Pero, lo que hacemos a partir de esa compren-sión puede convertirse en una experiencia transformadora. Tal vez reconocemos que no necesitamos vivir al ritmo de los demás. Que podemos organizar nuestra vida de otra forma, pedir ayuda sin sentir vergüenza, poner límites y dejar de me-dir nuestro valor por la cantidad de cosas que hacemos por día.

Tal vez descubrimos que pasamos mucho tiempo intentando encajar en una forma de vivir que nos agota y poco preguntándonos qué necesitamos para estar bien. En ese proceso, empezamos a escuchar una voz que habíamos dejado en segundo plano: la nuestra. No porque el TDAH nos haya sido enviado para enseñarnos una lección, sino porque conocernos mejor permite tomar deci-siones conscientes.

Desde mi mirada espiritual, hay algo amoroso en dejar de luchar contra una misma. En comprender que no vinimos a esta vida a cumplir expectativas ajenas, ni a demostrar que podemos con todo. Pero no necesitamos sufrir para despertar, ni tocar fondo para escucharnos. Podemos elegir el autoconocimiento desde el amor, sin convertir cada dificultad en una prueba que tenemos que superar.

No necesitás más fuerza de voluntad

Las mujeres que atraviesan esta etapa no deben apurarse a juzgarse. Si sentís que tu cabeza no para, que cuesta organizarte, que estás más olvidadiza o que ya no podés sostener el ritmo, no significa que tengas TDAH. Hay distintas causas que pueden producir estos síntomas, y una evaluación profesional puede ayudarte.

Recibir un diagnóstico no significa resignarse a vivir desbordada. Existen herramientas y tratamientos para mejorar la calidad de vida. No se trata de exigir adaptarse a cualquier costo, sino de encontrar una manera de vivir que tenga en cuenta cómo funcionás. Y si sentís que es momento de re-visar tus prioridades, mandatos y deseos, date per-miso para hacerlo.

Quizás no necesitás convertirte en más productiva u organizada. Quizás necesitás aprender a acompañarte de forma diferente. A los 40 recibir un diagnóstico puede abrir muchas preguntas. Al-gunas tienen respuestas científicas. Otras necesitan tiempo, reflexión y acompañamiento. Y hay al-gunas que quizás inviten a mirar la vida desde un lugar nuevo.

En mi caso, ser diagnosticada a los 40, siendo mamá, forma parte de mi historia de autoconocimiento. Y hablar de esto puede ayudar a otras mujeres a dejar de sentirse solas, a buscar respuestas y a comprender que no hay nada vergonzoso en necesitar ayuda.

Comprender nuestro cerebro es una forma de amor propio. Escuchar nuestro cuerpo, una forma de respeto. Y revisar la vida que construimos puede ser una oportunidad para elegir cómo queremos seguir viviendo. Quizás no se trate de volver a ser la mujer que éramos a los 25. Se trate de conocer a la mujer de hoy.

Y de dejar de preguntarnos qué nos falta para ser suficientes, para empezar a preguntarnos qué necesitamos para vivir mejor. Porque no vinimos a esta vida a poder con todo. También vinimos a construir una vida en la que podamos ser nosotras mismas.

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