Como en el célebre disco de Gieco, pero con la sola ayuda de sus piernas, Rodolfo Rossi logró a sus 40 años cubrir corriendo todo el trayecto de la Ruta 40 a lo largo de doce provincias, desafiando todos los climas y las adversidades.

Cuando tenía 9 años, Rodolfo le pidió a su papá que lo subiera en sus hombros para observar como pasaban a la velocidad de una flecha los corredores de una carrera nocturna en una ciudad cercana a Punta del Este, durante un veraneo.

La atracción que le produjo esa imagen sin dudas marcó un punto de inflexión en su vida, ya que inmediatamente supo que esa sería su gran pasión, y que lo llevaría a concretar un hito a los 40 años al cubrir, corriendo, toda la ruta 40, desde su inicio en La Quiaca hasta Ushuaia.

Rodolfo, hoy ya con 42 años, una esposa que lo banca en todas y dos hijos, Lucía (10) y Nicolás (8) presentó días atrás su libro “Corre 40”, con prólogo de Pancho Ibánez, un ágil relato sobre su vocación por el atletismo, y las diversas etapas transcurridas desde chico hasta alcanzar una meta que parecía imposible.

Hijo de un economista que ocupó entre otros un cargo importante en el Banco Central hace un par de décadas, pero por sobre todo un hombre que apoyó las inquietudes de su hijo sin reservas, Rodolfo narra en “Corre 40” su singular experiencia recorriendo toda la Argentina a través de la ruta 40, una de las más complicadas por los accidentes que atraviesa, corriendo diariamente unos 50 kilómetros, y solo parando para descansar y alimentarse.

“Fueron en total 113 días- comenta - desde el 17 de agosto de 2015 hasta el 8 de diciembre, recorrí 5.596 kilómetros, y justo el año en que cumplí 40, lo cual no deja de tener su simbolismo”. Así, recorrió 12 provincias y llegó a subir hasta 5 mil metros en el Norte, soportando climas extremos de hasta 14 grados bajo cero en el sur, y gastando unos 9 pares de zapatillas.

Agrega que “con este desafío quise transmitir un mensaje de que todo sueño es posible si se realiza con pasión”, y aclara que “tuve un grupo de apoyo de siete personas, entre ellos una francesa, un brasileño y un turco, que se habían sumado porque les gustaba esa aventura, y que iban en dos motorhome”.

Este desafío cumplido está reflejado tanto en su libro “Corre 40” como en un documental de una hora que filmó Carlos Pugliese, ex productor de “El deporte y el hombre”. Allí se muestran momentos muy emotivos, como el cruce a Tierra del Fuego, la salida desde La Quiaca, y el encuentro con sus padres y el rector de su colegio en Bariloche.

Rodolfo no vive de correr, pero correr es su vida. Amante del deporte, practicó algo de fútbol y tenis, pero su fuerte es el atletismo. Nacido en Retiro y criado en Belgrano, hincha de Ferro (“cuando puedo me escapo a ver algún partido”), es licenciado en Administración de Empresas en la Universidad de San Andrés, especialista en Comercio Electrónico desde 1999, consultor de una importante entidad bancaria y además socio en otros tres proyectos, uno de ellos familiar, relacionados con ventas de productos del hogar y de electrónica.

Rodolfo comenta que su primer competición fue a los 11 años, aunque en tramos cortos, ya que para hacer más de 5 kilómetros es preciso tener más de 14 años.

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Apenas adolescente, se integró a un grupo de “running teams”, el primero en el país en esta disciplina. Comenta que “entrenábamos en el KDT, hoy el Club de Amigos, y el mentor era César Roces, aunque después empecé de forma más profesional en el Cenard. Desde allí corrí muchos circuitos, en todo el país y en mi último año de juvenil fui subcampeón argentino de 10 km. y record argentino en juveniles en media maratón, de 21 kilómetros, a los 18 años”.

Miembro de tres fundaciones

“El Norte es mágico, hay que verlo”, asegura Rodolfo y destaca la majestuosidad de San Antonio de los Cobres, o la hospitalidad de la gente en pequeños pueblitos como Cusicusi, y comenta que “a veces dormía en la motorhome, otras en albergues, algún gimnasio, una estación de bomberos o de policía, y hasta lo hicimos en alguna tubería bajo la ruta”. Con respecto a la Patagonia, las vivencias eran otras: “por ahí corría seis días sin encontrar un pueblo, y soportando vientos de más de 100 kilómetros, dormíamos en carpa” y agrega que “un par de veces me tocó correr en nieve, cerca de Bariloche y por San Martín de los Andes”.

Desde hace ya mucho, Rodolfo participa y es activo miembro de tres fundaciones de apoyo a chicos que quieren estudiar y hacer deporte, y no tienen los medios. Ellas son la Fundación Ruta 40, que ayuda a escuelas primarias que están sobre esa ruta; los deportistas por la Paz, que apoya a chicos en situación precaria o de riesgo, con planes deportivos; y Abanderados Argentinos instrumenta un programa de becas a través de la Universidad de San Andrés.

Una aventura que empezó en el Norte y terminó en el Sur

La primera experiencia internacional de Rodolfo fue en 2002, cuando fue invitado a la maratón de 100 kilómetros en Taiwán, una competencia en la que el rector del colegio Saint Brendan, donde cursó, fue fundamental con su apoyo.

En 2005, Rodolfo participó en el primer campeonato nacional de 100 km, en San Miguel del Monte, con un muy buen rendimiento. A partir de allí, surgió su idea más ambiciosa: cubrir los más de 5 mil kilómetros de la ruta 40, desde La Quiaca hasta Ushuaia, incluyendo los 295 km por ruta 3 en Tierra del Fuego, tras cruzar en ferry.

Luego de un entrenamiento intensivo, Rodolfo se dispuso a emprender esta aventura de unir de norte a sur el país a través de la ruta 40. Explica que “decidí empezar en La Quiaca por dos cuestiones: una de altura y la otra climática. En agosto el tiempo en el Norte es menos pesado aunque por la noche refresca, y empezar en lo alto hace que uno afronte un gran escollo al comienzo y vaya bajando luego. Por otro lado, llegar a la Patagonia casi cerca del verano también era mucho más bancable porque evitaba los peores climas”. Explica cómo era su rutina: correr por la mañana y cubrir unos 25 a 30 kilómetros, luego almorzar, dormir una siesta y seguir por la tarde hasta cubrir unos 50 ó 60 kilómetros diarios. Remarca que “no todos los días eran iguales, en la Puna entre la altura y el viento era más complicado y las noches eran muy frías. A veces la nieve, en el sur, y el mismo viento, impedían seguir ese ritmo”.

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