A diferencia de otros territorios, el Coronavirus se encuentra en ese continente con un combo letal: drama sanitario, por epidemias sin resolver; crisis económica, por la informalidad laboral; y el conflicto permanente por diferentes guerras civiles

Surgió en Asia, con su epicentro en China, y tuvo un paso tenue por Oceanía. Luego se trasladó a Europa, donde explotó, especialmente en Italia. Cruzó el océano Atlántico y en América hace crujir todavía a Estados Unidos. ¿Y África? El Coronavirus tuvo su última escala en el denominado "continente negro", y pese a que fue hace pocas semanas que arribó, y, en comparación con el resto del mundo las cifras son bajas, apenas superando las mil víctimas, las perspectivas indican que su brote podría generar una catástrofe aún más grande que en otras partes del globo.

Las razones se evidencian a partir de los diferentes dramas que se atraviesan, desde un casi nulo sistema sanitario, pasando por una informalidad laboral mayúscula que sumerge en la pobreza a millones de personas -en medio de las respectivas cuarentenas-, hasta las guerras civiles que azotan regiones específicas y enturbian las ayudas propuestas por organizaciones internacionales.

El mayor inconveniente radica en la ausencia de unidades de terapia intensiva, ítem que de por sí escasea en todo el planeta pero que en África se hace más palpable, a tal magnitud que hay un gran caudal de países que no cuentan directamente con esa estructura elemental para cobijar a los enfermos graves. Los números, en ese sentido, son contundentes: en todo el continente hay aproximadamente 5 mil a disposición, y a razón de cinco camas por cada millón de habitantes, mientras que Europa, que tiene varios flancos colapsados por la pandemia, cuenta con cerca de 4 mil por cada millón, una distancia sideral.

En ese lote, hay muchas naciones que directamente no tienen espacios de tal calibre, y aquellos que sí, como por ejemplo Sudáfrica, que es el más avanzado de la zona en torno al desarrollo sanitario, no llega a las mil unidades, por lo que podría rápidamente no encontrar respuesta ante un contagio masivo.

A ese panorama se le añade el de la falta de personal médico, ya que el promedio general es de 6 doctores por cada 20 mil habitantes, cuando en el Viejo Continente rondan los 65 para esa misma cantidad de gente. Pero si se pone el foco en la región subsahariana, la cifra baja directamente a un especialista, lo que implica una imposibilidad total para responder a la demanda de atención.

El caso emblemático es la República Centroafricana, que cuenta con muy pocos médicos y prácticamente toda su financiación depende de ONGs de distintas partes del mundo -además del aporte habitual de la Cruz Roja- hoy dificultada por la crisis económica imperante. Allí, en esa zona sin salida al mar en la que viven poco más de 5 millones de personas, se certifica un combo letal que resume lo que ocurre en varios puntos del continente: sin recursos para luchar contra el Coronavirus, esa nación está diezmada por una epidemia de sarampión sin freno, a sabiendas que la mitad de los chicos no tienen aplicada la vacuna correspondiente; y para colmo se sostiene una guerra civil que lleva, con altos y bajos, una década de duración, lo que hace aún más dificultosa la tarea de los sanitaristas, por los ataques sufridos.

Similar es la situación un poco más al sur, en la República Democrática del Congo, uno de los países más grandes del "continente negro". En su caso, el problema que se alió con el Covid-19 es el Ébola, un virus que hizo mella en varias ocasiones pero que desde el año pasado rompió el molde y generó uno de sus brotes más importantes. En marzo parecía haberse anulado, y la Organización Mundial de la Salud iba a declarar la erradicación tras 50 días sin contagios. Pero, mientras la atención estaba puesta en el Coronavirus, surgió un nuevo caso, disperso, que despertó otra vez el pánico. ¿Dónde? Bien al este, muy lejos de Kinshasa, la capital, en la frontera con Ruanda y Sudán del Sur, donde el gobierno no tiene prácticamente ingerencia y todo está supeditado a lo que realizan diferentes étnicas, en claro conflicto, por lo que también ahí se repiten los ataques a los médicos.

Dado ese drama, por lo pronto, los organismos internacionales visualizan algo tenuemente positivo: la edad de la población. La mayoría es joven, a partir de esos problemas que hunden la expectativa de vida, por lo que es factible que haya una menor mortalidad por el Coronavirus, a diferencia de otras partes del mundo.

Pero ese dato es un simple espejismo, porque, si bien es cierta la juventud, también es claro (en varios países) que se trata de una población con serios inconvenientes de salud, en sintonía con una alimentación prácticamente nula y unas condiciones de higiene aún peores, con un gran porcentaje de la gente sin siquiera poder lavarse las manos con agua y jabón, situación que es vital para evitar la propagación de la enfermedad.

Esa pauta tan elemental se asocia con una pobreza extrema que ya estaba consolidada en el continente, especialmente en los últimos años con las migraciones masivas de la mano del cambio climático y sus sequías letales; pero que ahora añade con el Coronavirus un problema más: las cuarentenas generalizadas posibilitaron que todavía no se desmadre el brote, pero la economía sufre sus avatares y la informalidad laboral resalta la imposibilidad de millones de personas de poder ser sustento de sus familias. Por eso, la lógica gubernamental en muchas naciones fue la de unas medidas administradas, por bloques, con cuatro días de confinamiento y dos de apertura para realizar las compras necesarias, repitiendo la fórmula de forma cíclica. Esa premisa es un caldo de cultivo para la enfermedad en zonas en las que, a su vez, las familias están hacinadas, pues no sólo no se logra cumplir con los periodos de incubación, como sucede en otras partes del mundo, sino que la información que se brinda de parte de los estados es escasa, lo que implica que mucha gente apele a opciones alternativas para luchar contra el virus, sin ninguna validez científica.

¿Frena allí la cantidad de problemas? No, falta el contexto. Porque, a la crisis sanitaria, los conflictos internos y la precariedad de los trabajadores, que observan cómo aumenta su drama con el cierre de las fronteras para paliar los contagios, se le añade la hecatombe de las últimas horas con el petróleo, un recurso natural que brota en varios puntos del territorio, especialmente el espacio del Magreb, en el norte. Su precio en caída libre, en su valor más bajo de la historia, a partir de su mercado a futuro, dado que no hay consumo por el párate internacional, hace que muchos gobiernos se queden sin su fuente vital de financiación, que implica aún menor capacidad de respuesta.

En esa dificultad se encuentra Nigeria, una de las potencias de la región, pieza clave en el andamiaje del oro negro. Con menos margen de maniobra, sus números en rojo implican sólo poder administrar lo que sucede especialmente en Abuja, su capital, dejando terreno fértil en otras zonas para que crezca el terrorismo, como es el caso de la agrupación Boko Haram, ligada en su momento al Estado Islámico, y que propicia ataques al por mayor. Y vaya si el panorama es complicado en ese país, convulsionado por la guerra y los inconvenientes económicos, que el Coronavirus empieza a golpear fuerte, en las sombras, matando recientemente al jefe de gabinete, uno de sus políticos más importantes.

Por todo ese combo, África está en apuros. Si bien aún no explotó la pandemia como en otros continentes, la capacidad de reacción es baja, y la ayuda es menor a la esperada, pues, a diferencia de otros ciclos que sacudieron de lleno a la región, ahora el resto del mundo también sufre la tormenta, y tiene menos sustento para brindar un guiño, algo a lo que se agrega, en paralelo, el presente de China, que en los últimos tiempos fue el complemento ideal, con proyectos de infraestructura colosales a cambio de materias primas y preponderancia en el tablero global, pero ahora está atravesando su propia crisis, y tampoco cuenta con avales mayúsculos para ayudar.

África es una bomba de tiempo que puede no sólo sentir de forma letal las consecuencias del Coronavirus, con muertes al por mayor, sino que además podría implicar, aún sin la vacuna a la vista, ser el precursor de la imposibilidad de controlar el virus, lo que daría vía libre a nuevos brotes en todas partes.

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