Nacida en 1948 en la ciudad ucraniana de Ivano-Frankivsk, hija de padre proveniente de Belarús y de madre ucraniana, Svetlana Alexievich estudió periodismo en la Universidad de Minsk entre 1967 y 1972.
Trabajó como profesora de historia y de lengua alemana, aunque pronto optó por dedicarse a su verdadera pasión, el reportaje. Así, fue redactora en varios diarios de su país.
Su primer libro, "La guerra no tiene rostro de mujer" (1983) -una obra basada en entrevistas con cientos de mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial- le costó un litigio con las autoridades soviéticas, que impidieron su publicación.
Aunque ingresó en 1984 en la Unión de Escritores de la Unión Soviética, no pudo publicar hasta la llegada de la Perestroika, en 1985, el primer volumen de su ciclo "El hombre rojo. La voz de la utopía". Traducida a más de veinte idiomas, la obra narra el costo de la victoria sobre la Alemania nazi en la Gran Guerra Patria (1941-45), como se conoce en esa zona del mundo, la Segunda Guerra Mundial. "Elegí un género donde las voces humanas hablan por sí mismos", señala en su página web la autora, que suele colocar en primer plano las historias de sus muchos entrevistados, dejando testimonios que arrojan una luz inquietante sobre tragedias como la Segunda Guerra Mundial y la guerra afgano-soviética.
Para su trabajo más conocido, "Voces de Chernóbil...", Alexievich entrevistó a cientos de personas afectadas por la masiva fusión nuclear en 1986, que extendió la radiactividad en el viento en gran parte de Europa del Este. "Todos mis libros consisten en pruebas de los testigos, las voces de vida de la gente -aseguró en una entrevista reciente a propósito de esa obra-. Suelo pasar de tres a cuatro años escribiendo un libro, pero esta vez me tomó más de diez años".
Pasó más de medio siglo desde que el Nobel de Literatura se le otorgara a escritores de no ficción, como Bertrand Russell y Winston Churchill. Comparada a menudo con Alexandr Solzhenitsin y con el polaco Ryszard Kapuscinski, la bielorrusa, autora de tres piezas teatrales y de 21 guiones para cine, se encuentra actualmente dedicada a la escritura de una nueva novela centrada en el amor
Chernóbil
La Guerra de Afganistán, acontecimiento que precipitó la desintegración soviética, es el protagonista de "Los chicos del zinc" (1989), pero desde el punto de vista de los veteranos y de las madres de los caídas en el país centroasiático. Para escribir esa obra, Alexievich dedicó cuatro años a viajar por la Unión Soviética e incluso visitó Afganistán, pero su publicación estuvo rodeada por la controversia, ya que la escritora fue acusada de profanar la memoria de los héroes de la guerra.
Una vez consumada la caída de la URSS, Alexiévich dio una nueva vuelta de tuerca en su investigación sobre el fracaso de la utopía comunista con "Hechizados por la muerte", un reportaje literario sobre el suicidio de aquellos que no soportaron el fracaso del mito socialista (1994). Voces de Chernóbil", publicado a principios de este año en España, documenta las vivencias orales sobre el trauma que supuso la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad (1986) y que puso de manifiesto la amenaza que el fallido proyecto soviético representaba para el resto del mundo.
El "homo sovieticus"
Alexievich cerró el ciclo sobre el "homo sovieticus" con "Tiempo de segunda mano", publicada en 2013, un año en el que sonó como una de las favoritas del Nobel. En su opinión, el título de ese libro alude a que los soviéticos viven de prestado, ya que no estaban preparados ni para la Revolución Bolchevique, ni para la Perestroika, ni para la pesada carga de libertad que trajo la caída del sistema comunista.
"El homo sovieticus nunca ha tenido experiencia de libertad o democracia. Creímos que nada más derribar la estatua de (el fundador del KGB, Félix) Dzherzhinski, seríamos Europa. La democracia es un trabajo duro que lleva generaciones", dijo entonces. La escritora rememora el viejo debate entre Alexandr Solzhenitsin -"el campo de trabajo hace al hombre más fuerte"- y Varlam Shalámov, quien opinaba que "el campo destruye al hombre, ya que al salir ya no puede seguir viendo, pues cree que el mundo entero es un GULAG".
Los interlocutores de Alexievich están atenazados por un profundo "sentido derrotista", no tanto por la decepción que supuso la caída de la Unión Soviética, sino por el fin de un gran imperio.
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