Empleado de una marroquinería de Lomas del Mirador y "trabajador del arte", Rubén Cisneros encontró en el hiperrealismo una forma de "canalizar su sensibilidad". Perdió a sus padres hace varios años y convive con un hermano que luchó con el alcoholismo.
La inmensidad de lo cotidiano esconde miles de historias, miles de ejemplos, miles de soberanos del trabajo humilde, del trabajo sencillo, del trabajo regado de talento, del trabajo del bajo perfil. Ellos son dueños de los silencios. Viajan al lado nuestro, no los registramos, producto de nuestra ignorancia. Son uno más dentro de la jungla urbana. No andan portando un cartel avisando que son propietarios de una especial magia. Son tipos simples, que viven volcando en el día a día su propio arte. Rubén Cisneros, 44 años, vecino de Atalaya, echó raíces en el hiperrealismo, una de las tantas ramas de la pintura y es ejemplo claro de lo expuesto.

El arte es su reposo, pero no vive de hacer lo que más le gusta. Es que Cisneros pasa buena parte de sus días en otro hábitat. Trabaja en una marroquinería, en Lomas del Mirador, de lunes a viernes, Durante 8 horas diarias, 40 semanales, dedica su tiempo a confeccionar carteras. Claro que, una vez afuera, la pintura pasa a dominar la escenografía. Y marca la diferencia entre empleo y trabajo. "El empleo es a cambio de un jornal; el trabajo, en cambio, es donde asoma la sensibilidad. Esa es la gran diferencia", define.

Pinta y dibuja desde los 5 años luego fue un pasa tiempos, pero en 2010 una situación personal funcionó como bisagra. Su madre, Julia Paula Cisneros, falleció en junio de ese año y su padre, Máximo Ramón Cisneros, en diciembre siguiente. Esto produjo, como es lógico entender, un vacío, una soledad manifiesta y buscó llenarlo con la pintura. "Me llevó a meterme más en el arte para el que tengo algún talento, condiciones innatas", afirma. La vida no fue sencilla para el artista de Atalaya, pero nada que lograra romper el amor por la pintura. Una complicada convivencia con su hermano 10 años mayor (además tiene una hermana), quien debió luchar contra el alcoholismo, al que logró vencer, le dejó marcas. A los 14 años debió salir a trabajar para ayudar en su casa porque "el mango no alcanzaba. Era para sobrevivir, no para vivir. La enfermedad de mis padres se sumó y debí cuidarlos a los dos Así, todo lo demás, pareja, arte y demás quedaba en un segundo plano", relata con algo de dolor, pero el orgullo de haber saltado ese escollo sale a colorear el momento. "Y fue el arte el que me permitió canalizar mi sensibilidad, ya que todo me afecta para bien o para mal".

Pese a que hoy debe permitir la convivencia entre la labor en la marroquinería y su lugar en el mundo, en la calle Pedro Ferré, Rubén Cisneros le da vida a su obra y busca nuevos desafíos, como empezar a incursionar en retratar la belleza femenina.

"Si tengo que definirme diría que soy un trabajador del arte", se anima y aporta que el hiperrealismo "nació en los 60 en Estados Unidos y su objetivo, dentro de la pintura, es expresar una realidad exagerada".