Peronista, militante y matancero, Benítez tiene mucho para contar, pero su relación con las letras surge, al menos, como una excentricidad benigna, bien entendida. "Soy un poeta sin escuela", se autodefine. Es que no tuvo chance de estudiar demasiado. De hecho en el servicio militar pudo hacer el tercer grado. Trabajó en alimentación, construcción y en la industria del calzado, pero el arte de escribir siempre lo acompañó por donde anduvo.
"Tenía 14 años cuando empecé a escribir, cuando las letras comenzaron a seducirme", cuenta Benítez, quien nació en Henderson, provincia de Buenos Aires (el pueblo de Claudio Caniggia) y hace 54 años se afincó en Rafael Castillo, en la calle Bedoya al 300. Y no deja escapar el agradecimiento a "Silvana Espíndola, porque fue quien me llevó a los concursos de literatura del ex Club de Leones, de Corrientes y Salguero, capital federal. Allí, entre 227 obras logré el tercer premio", destaca Benítez, que participó de siete de cursos poéticos de los cuales en seis fue primer premio.
La etiqueta de Poeta de Los Humildes guarda una anécdota, una pequeña historia dentro de otra. "En ese momento era dirigente gremial del Sindicato de la Alimentación y llevaba tarjetas que había hecho yo mismo para regalarles a mis compañeros, ya que se venía el Día de La Madre. Viajaba en el tren y subió un nene que repartía estampitas. El nene vio las tarjetas, le gustaron y le regalé una. El pequeño leyó el poema y mi dijo: señor, usted es el poeta de los humildes. Por eso me pidió que le firmara la tarjeta como el poeta de los humildes", recuerda.
Raúl Benítez se queda mirando hacia atrás. Repasa cada uno de sus momentos desde que salió de su Henderson natal. Pero se queda detenido un instante más en uno particular, en aquel que guarda su primera vez con la poesía.
Su primer poema, cuenta, fue "Mi Buenos Aires de Ayer" y el que lo movilizó definitivamente a las letras. "Luego de tres años volví a Buenos Aires y encontré todo cambiado. Y ahí la poesía apareció en mi vida", afirma el poeta matancero. "Conjugué el Mateo, el Tranvía, Carlos Gardel. Nada de eso estaba cuando volví y todo lo volqué sobre el papel y cuando lo recité en el Café Tortoni, algunos lloraron, otros rieron".